Media tarde en la barra de Santa Lucía

En el kiosco de los panchos, dos hombres conversan sobre sus comidas favoritas. “Yo muero por los ravioles con tuco”, dice uno, “pero con estos calores no puedo comerlos”. Al otro no le gusta el tuco, pero sacrifica todo por un guiso de lentejas. Algo que tampoco es adecuado para el verano. Los dos se quedan en silencio, con el recuerdo de sus sabores amados, a los que volverán cuando baje la temperatura. Mientras tanto, se las arreglan con panchos.

En el restaurante, la pizarra en la pared otorga una gran superficie a la Ensalada Completa: lechuga, tomates cherry, rúcula, queso, jamón, aceitunas, berro, kale, ciboulette, huevo duro. Una profusión de ingredientes a los que yo agregué, en mi mente, el recuerdo de otros: chauchas, papas, zanahoria, remolacha, arvejas, porotos blancos, palmitos, granos de choclo. Fue esa idea previa del significado de “ensalada completa” lo que me lleva a elegirla; pero la realidad se ajusta, con precisión, al listado escrito a mano en la pared. Trago el último bocado de lechuga y sigo con hambre. Después de todo estoy a dieta, me resigno, y pienso con cariño en el kiosco de panchos.

El paseo a los humedales se frustra: apenas salir, el peso del sol sobre nuestros cráneos y la extensión de pastizales secos indican la inconveniencia de arriesgarse por los caminos de madera. Nos queda la orilla del río, que los fines de semana se llena de gente que disfruta de su picnic. Hay cinco árboles al costado de la rampa que lleva al agua, y cuatro están ocupados por parejas silenciosas. ¿Qué se dirán, si se dicen, al resguardo del calor insoportable? Tal vez disfruten del silencio en compañía, de la quietud. Nos ubicamos en el quinto árbol, que da sombra a los aparatos de gimnasia y miramos el río quieto, marrón, del cual llega una brisa benéfica. Los patos blancos se apretujan en el centro del río, para mojarse las cabezas o comer algo. Varios botes de madera, algunos con una pequeña cabina encima, descansan aferrados a sus anclas. A nuestras espaldas hay un parque de diversiones desmontable, de esos que recorren barrios y pueblos desde tiempo inmemorial, y lucen frágiles con sus juegos despintados, los fierros torcidos y el óxido que obstruye las junturas. Debe ser divertido subirse al gusano loco en el cual el amarillo es apenas un recuerdo, a uno de los autos chocadores tapados con lonas negras, o a la fragata sin velas que amenaza escaparse hacia el infinito cuando el endeble andamio que la sostiene se sacuda. Hay una especie de calesita de sillas, donde varias cuelgan de un solo cable en medio de las que aún funcionan. Faltan los niños que hacen de eso una fiesta, que no ven la decadencia, sino la posibilidad de girar en el aire durante cinco minutos, de reír a carcajadas. De sumar su alegría a la de quienes los han disfrutado por décadas.

Bajo un árbol, tres hombres jóvenes descansan apoyados en sus bicicletas y discuten qué hacer para obtener dinero. Uno propone vender asado de pescado, otro dice que es complicado, el último argumenta que nadie lo compraría. El primero, con una dicción campera, difícil de entender, jura que vio cómo la gente compraba el tal asado y los que lo vendían se llenaban de plata. Llega una pareja con bolsos y un niño de seis años; buscan la sombra y espero que se ubiquen junto a nosotros, del otro lado del árbol, pero se instalan un poco más allá, cuelgan sus cosas de una saliente de otro árbol y se tiran sobre el pasto. Me habría gustado oírlos hablar, conocer sus planes para la tarde.

El sol nos impide llegar hasta el puente, donde están los pescadores, los deportistas y los que buscan algo que comer en las entrañas ocultas del río.

Recuerdo una novela de Faulkner que leí a los veinte años: Luz de agosto. En ella la gente desaparece de día y revive al caer la noche, para huir un rato del calor, cosa que no logran, porque ese calor del verano es inexorable, en Yoknapatawpha y en Santiago Vázquez. La forma en que él contaba ese calor es inolvidable para mí.

 Los indígenas del trópico se recuestan a los árboles y permanecen inmóviles, en silencio, mientras dura la ola de calor. Nos hemos acostumbrado al aire acondicionado y al ventilador, pero, con un poco de paciencia, es posible comprobar la eficacia de ese antiguo método: respirar suave, mover solo los párpados, ser feliz cuando llega la brisa.

el universo y un viaje en ómnibus

La parada está vacía y casi pierdo el ómnibus, que venía en manada con otros, dispuesto a seguir de largo. La escasez de pasajeros que la “reducción de la movilidad” trajo ha cambiado la conducta de los choferes: los tres enormes vehículos disminuyen la velocidad al llegar a la parada, y me siento honrada por ese gesto de consideración. ¿Será una nueva política empresarial, atraer a los pasajeros sea como sea? ¿Frenar para contemplar al que corre, detenerse fuera de la parada para que suban los desprevenidos?

Me ubico en ventanilla y miro en el celular los últimos mensajes recibidos.  Eso -mirar el celular- es algo que puedo hacer en casa, entonces dejo para después la curiosidad, el anhelo de encontrar algo interesante detrás del brillo verde de las notificaciones. Cierro el bolso y miro el paisaje. Empiezo por mis compañeros de viaje. Los tapabocas hacen que, para leer la pantalla, la cabeza deba inclinarse mucho , y la mayoría de los viajeros prácticamente se sumerge en sus celulares. Uno lee un libro, otro una revista. ¿Por qué cuestionarlo? Es mejor el intercambio con los amigos, la puesta al día con las noticias o un video divertido, que la gris compañía de las calles de la Aguada y el Centro, con sus cortinas metálicas sucias, casas en ruinas con carteles de SE VENDE y bares decadentes.

Mi padre decía que, después de treinta años recorriendo el barrio, aún encontraba cosas nuevas, y ese es el desafío: descubrir lo que no vemos. Fijar la mirada en otra cosa, estar atentos no solo a lo invisible, sino a lo visible. La filigrana blanca y negra en los tiradores de un señor mayor, la expresión soñadora del chofer, perdido en sus pensamientos, el raro peinado de una chica en shorts. Un árbol con flores anaranjadas, el arco de una ventana cerrada. Un león de cemento con la pata eternamente levantada. Veo a una mujer muy pobre dar monedas a un muchacho. ¿Será su hijo, que va a comprar algo en el almacén de la esquina, o solo alguien que pide, y ella comparte lo poco que tiene? Oigo una voz extranjera en la esquina, mientras esperamos que cambie la luz “No tengo seguridad, no tengo nada claro” dice. ¿Hablará de la seguridad social, de un sistema de alarma electrónico, o es una reflexión filosófica? Pienso en Leonor y su taller que incluye caminatas creativas por la ciudad. Tiene sentido que lo haga, en un mundo donde nadie mira más allá de un metro de distancia. Es sorprendente que no haya más accidentes; supongo que se ha desarrollado la capacidad de reaccionar ante la aparición súbita de una amenaza.

Es mediodía y la calle luce apenas poblada. La gente camina con lentitud, como desperezándose. Leo un graffitti ingenioso, y oigo una cumbia que anima la espera de un cuidacoches.

En el asiento de atrás, una señora cuya cara no veo, intercambia mensajes airados con alguien de su familia. Siento el sarcasmo y la rabia, pero no retengo las palabras, masticadas con fuerza, que se refieren a su mundo privado. En la puerta del Palacio Legislativo hay un ómnibus del SINAE[1], rodeado de vallas amarillas. Parece difícil llegar hasta allí, y de hecho no hay ningún ser humano cerca. En las paredes que limitan la rotonda, las obras multicolores de los pintores callejeros embellecen el juego de los niños.  Son cuatro o cinco que se contorsionan en el cubo de metal, tan veloces que parecen ser más, una maraña de gusanitos traviesos para quienes el mundo es una aventura.

“Toda fe tiene su razón de ser” dice mi vecina de atrás, un poco más calmada. Su interlocutora le responde con un largo mensaje que no oigo, pero suena conciliador. En una de las nuevas plazas a mi derecha, leo un cartel: ESPACIO CALISTENIA. Allí los aparatos para ejercitar distintas partes del cuerpo no tienen usuarios ( quizás llegan al atardecer) y pienso qué hermosa es esa antigua palabra. Un borracho se tambalea semidormido en un banco, y una pareja toma mate contra la pared.  En el césped varios grupos de trabajadores comen de sus tuppers, y otros duermen la siesta a la sombra de un arbusto.

Hay casas que cambiaron de color y destacan entre las demás, orondas y frescas como una adolescente que va al baile. Las que aún son grises por el hollín parecen hundirse, como si la manzana las empujase hacia adentro. “Todo converge y el universo es uno solo, así que vos y mi tía están de acuerdo, al menos en un punto” dice la señora de atrás y ríe, por lo que deduzco que el altercado terminó felizmente.  Hay parejas de jóvenes hurgando en los contenedores. Me bajo frente a un puesto de tapabocas, y me descubro juzgando la belleza y originalidad de éstos, algo que nunca imaginé que sucedería. Anoto en mi agenda comprarme algunos nuevos: el que tengo fue elegido para un uso breve y esporádico, y ya está desflecado y con el elástico flojo. Si bajo la cabeza para leer el celular, se me cae; y es por eso que, en realidad, vi y oí estas cosas.


[1] Sistema Nacional de Emergencias

El hombre en la azotea, el alcohol, la vecina

Un hombre extraño en la azotea, a menos que sea un obrero de la construcción, es sospechoso. Pero el que está frente a mi ventana es demasiado viejo para inspirar temor. Lleva saco, un sombrero, un bolso colgado al hombro. En eso llega otro, joven, corpulento, que lo agarra por las piernas y lo inmoviliza. “Su cómplice”, me digo. “Hizo algo mal y el otro lo controla”. Un vecino se acerca por la azotea, y surge la verdad: es un interno del hogar de ancianos, que quiso escaparse.  Alguien trae una escalera. Lo convencen de bajar. Tiene un pie magullado. Había subido por un árbol hasta el techo, y luego saltó un metro en el vacío hasta la casa vecina, donde lo detuvieron. Los responsables del hogar piden disculpas por la intromisión de su paciente en las tranquilas azoteas del vecindario. “Él siempre quiere irse”, dice una vecina. Desde que comenzó la cuarentena, los viejos no pueden salir al jardín delantero, y las ventanas están siempre bajas. No sé si el señor quería volver a una casa de la que fue expulsado, buscar suerte en la de un amigo, o simplemente caminar por la calle y detenerse a descansar en una esquina. Ojalá no haya perdido la ilusión, y e intente otra vez huir, cuando su pie sane.

El vendedor ambulante comenta la situación con el kiosquero, como si fuera una novedad. “No hay fútbol por el coronovirus, no hay clases por el coronavirus. No se vende nada por el coronavirus.” No creo que esté al tanto de la situación en New York ni en Madrid, ni que lea las estadísticas de contagiados, muertos y recuperados. Sin embargo no sabe menos que nosotros: que apareció de pronto, cambió la vida cotidiana, y no sabemos cuándo pasará. Entiende que debe convivir con él y adaptarse, de alguna forma, para sobrevivir.

En el día 6 de la cuarentena, el señor hizo la cola en el supermercado con una botella de aceite y otra de whisky. Al llegar a la caja, pregunta si puede llevar dos, y se va muy feliz con su provisión de alcohol para soportar el encierro. Ayer volví a verlo: se dirigía a la góndola de bebidas alcohólicas. Quizás se lleve dos botellas más. Quizás tres.

La señora no sale de noche: es peligroso. No va al bar: es pecado. Bailar es una actividad desconocida. En verano usa camisas de manga larga. Nunca se suelta el pelo. No habla con extraños: es riesgoso. La función principal de las manos es el lavado. Jamás una caricia, un apretón, o un masaje. Los besos son algo que ocurre en los videos. Mira con reprobación a los que se juntan a charlar en la esquina. Era la típica mojigata: miedosa, conservadora, intolerante. Alguien a quien no tendríamos en el círculo de nuestras amigas. Hoy todas nos parecemos a ella.

Una vitrola, el carro, la merienda

Un hombre camina con una vitrola al hombro. Se detiene en el semáforo en rojo y la deja un instante en el suelo, entre las piernas. Cruza 18 de julio y sigue hacia la rambla. ¿La llevará hacia su próximo dueño? ¿Será su único tesoro? ¿Alguien se la regaló o le pagó con ella un servicio prestado? Lo miran los escasos transeúntes, los pocos que siguen en el ómnibus, quizás alguien que mira la calle desde una ventana.  En la cotidiana conversación nocturna, cuando decida no hablar más del coronavirus hasta mañana, contará que vio un hombre con una vitrola al hombro, caminando hacia el sur.

En la tercera semana de “distanciamiento social” la gente hace cola en los cajeros, tiene cara de fastidio, camina con temor de no cumplir el mandato gubernamental y social. Hay tiendas abiertas donde las vendedoras miran la calle con tristeza. Si no entra nadie, ¿por qué las tienen allí? Sería mejor estar de cuarentena, como tantos que trabajan desde sus casas. Si no entra nadie, sus puestos de trabajo peligran. Para quien gana un sueldo escaso, el seguro de desempleo no es un consuelo sino una amenaza.

Cuatro jóvenes conversan en una esquina, y los que pasan miran con envidia. ¿Cuatro es aglomeración? Tres no y cinco sí. El cuatro queda en el límite, como un desafío.

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En la madrugada pasan carros tirados por caballos. Vienen, como todas las noches, a rescatar lo que para otros es deshecho y para ellos comida o mercadería. Los residuos de la ciudad les han contado las noticias: las fábricas no producen, los comercios no venden, la gente cocina en sus casas. A varios metros del suelo, su aliento no se mezcla con el de los contagiados que van por la vereda. Lavarse las manos es una consigna lejana. Ojalá sus pulmones sean resistentes, y se salven al menos de esta peste.

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“Hoy dimos 49 meriendas” dijo mi hermana. “La mayoría inmigrantes…todos muy agradecidos por un pedazo de torta y un vaso de leche”. El resto del mundo intercambia videos con variados consejos y sabias palabras en las que inspirarse para tolerar el encierro. Adivinanzas. Juegos. Recetas. Algún poema. Largas declaraciones que nadie leerá. Promesas para cuando “esto” termine.

Ratones, uvas, miedos y silencios

A las siete de la tarde ya está oscuro. El otoño no ha llegado, pero la lluvia y el coronavirus traen visiones de invierno. En la puerta me topo con dos hombres: uno lleva un traje de gala desflecado, que no sé si perteneció a un pituco de otras épocas o fue parte de un vestuario teatral. Una galera desfondada rodea su frente (¿el disfraz sería de un mago?) y unos bigotes oscuros tapan su boca. El otro es joven, lleva una camiseta rayada y un brazo extendido. Me muestra la palma de la mano: en ella hay un pequeñísimo ratón acurrucado. Lo miro con sorpresa y me pregunto si se parece al Topo Gigio o a un asqueroso bicho subterráneo. “Ay, Ay, qué asco, ¡un ratón!” remeda la frase que yo no dije, con la voz que no usé. “Vio, señora” dice el de la galera, “si fuera como dicen, que el virus ese anda en el aire, el ratón estaría muerto”. Ambos caminan a mi lado. ¿Me pedirán dinero o me tirarán el ratón encima y me pedirán dinero para sacármelo? “Es un ratón de laboratorio” dice el que lo lleva en la mano. “Ah”, contesto, y vuelvo a mirar al ratoncito blancuzco, que está sospechosamente quieto. No parece de plástico. Creo que sus ojos se mueven. En la esquina nuestros caminos se separan. En la vereda de enfrente pasa alguien que promete más que yo. Le piden algo para darle de comer al ratoncito. No escucho la respuesta.

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Vemos pasar los ómnibus semivacíos. Mucha gente no ha ido a trabajar. El dueño de la verdulería está contento: “Se mueve, porque la gente tiene tiempo y cocina. Para no aburrirse y porque es más sano.”

Ha subido el precio de los limones, que suman a sus virtudes la de amortiguar la gripe. Pasan jóvenes y viejos con tapabocas celestes, y nos miran como si fuésemos radiactivos. La peluquera se ha quedado en casa, la veterinaria está aún abierta. Lo que más se nota es el silencio.

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Encuentro polillas escondidas entre las plantas, salen de los armarios, revolotean sobre la mesa. Unas golpean el vidrio, con ganas de pasar de la oscuridad a la luz. Otras vuelan por la casa como si fuera propia. Alguien dice que es la época, que en otoño hay que fumigar para exterminarlas. Temo que coman mi piano, o que le hagan un pequeño orificio capaz de destruirlo en poco tiempo. Si no fuera por el coronavirus, ¿las habría visto? ¿Habrían venido? No sé por dónde entraron.  Ni cómo nacieron, adónde van, qué quieren.

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El joven dominicano que trae el pedido habla como un uruguayo. “Estamos trabajando más que…” y no le sale la palabra justa. “Antes, más que antes” lo ayudo. “Sí, más que en una situación normal.”

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“Quisiera sacar todas las uvas antes de que se pasen de maduras, y larguen ese olor que atrae a las ratas”, dice mi madre. Esta vez no será fácil. Antes lo hacía un hombre que se sentaba en la puerta del bar, que ahora está cerrado. No sabe su nombre ni tiene su teléfono.

“No quiero que se llene el patio de ratas. Es a lo único a lo que le tengo miedo”. Yo sé que no es verdad.

Otro viaje al aeropuerto

La camioneta llega al hotel a la hora prevista. Está casi vacía: una muchacha rubia es la única pasajera, sentada detrás del conductor. Ambos conversan. El conductor termina una frase antes de abrirme la puerta, y por temor a interrumpir algo, me siento detrás, junto a la ventanilla. El examina cuidadosamente el papelito que le tendí, con los detalles del viaje: 24 dólares hasta el aeropuerto La Guardia. Temo que haya algún problema, y le digo que me lo dieron en el hotel. Le saca una foto que envía por WhatsApp y emprendemos la marcha.

Me dispongo a mirar por la ventana el paisaje del Upper West Side a partir de la calle 98 hacia Harlem.

Ella se da vuelta y me dice que se llama Sarah. Veo que él lleva la conversación, ella se limita a decir Yes….Ahah…Maybe..Él habla solo para ella. Dice que estudia filosofía. Que su fuerte es la filosofía feminista, a la que dedica el 75% de su tiempo libre. Comienzo a prestar atención.

“En el iris de una mujer se puede ver la cara de dios”. Tomamos First Avenue, y conduce con la mano izquierda. Con la derecha busca una foto de mujer en su teléfono, que muestra a Sarah. Luego hace innumerables clics sobre ella hasta encontrar las pequeñas líneas blancas del iris, insertas en la pupila como ejes que terminan en círculos algodonosos. Nos acerca el teléfono para que lo veamos con claridad, y nos quedamos con la duda de si para él esa es la cara de dios, o se trata de una metáfora. Ni ella ni yo pedimos aclaraciones. 

“En Australia hubo una civilización hace cinco mil años y quedaron huellas en las paredes de las minas. Las que labraban los dibujos eran mujeres, porque los hombres andaban por ahí cazando. La mujer estuvo en el principio de todas las cosas”.

Abandonamos la First Avenue y comenzamos a circular por calles en reparación. Veo que vamos en sentido contrario al aeropuerto, y supongo que es un camino que conocen los choferes.

“Si un hombre de cuarenta años está solo y vive con su madre, es porque no entiende cómo es el mundo, cómo son las mujeres.”

“Interesting, interesting” dice Sarah a cada rato. Mueve su cabeza y mira con preocupación hacia afuera, igual que yo. Hay muchos restaurantes que ofrecen pizza y sushi, en un combo inusual. Hay sol y flores en los balcones, comienza la primavera. Suben dos pasajeros más, que se ubican al fondo. En el minuto en que nos quedamos solas, Sarah se da vuelta y me dice que cree que está loco. Coincido con ella. Va a Australia a visitar a su mamá, de sorpresa. Tomó la camioneta porque tenía varias horas antes del vuelo, igual que yo. Faltan solamente tres pasajeros para completar el cupo, dice nuestro chofer.

Cuando un vehículo se cambia de senda e invade la nuestra, él le grita, se adelanta hasta quedar frente a la ventanilla del infractor y lo insulta. Sarah y yo nos miramos tímidamente, abrimos y cerramos los ojos en señal de asombro. Entramos en zona de rascacielos, donde además del vidrio hay mucho verde. La gente almuerza sentada en los escalones y luce contenta. El tráfico es cada vez más pesado, y nuestro camino más lento.

Llegamos a Middtown, un lugar de recogida que debería ser previo al mío y al de los dos últimos pasajeros.

Miro las escaleras de incendio, tan visibles y poco usadas. El chofer dice que se equivocó de calle, por culpa de sus estudios de filosofía. Media hora de viaje y estamos mucho más lejos que al principio.

Retoma su discurso feminista, ahora a media voz.

“La intuición es algo que los hombres no tienen y esto permite que las mujeres dominen el mundo. No es cierto que las mujeres son débiles y sometidas, son ellas las que hacen lo que quieren con los hombres. Eso es porque estamos en la era de Acuario, una era femenina.”

“Tú vas a oír que un hombre le pegó a una mujer, la lastimó. Esto lo hace porque es débil, estúpido. La mujer casi nunca le pega a un hombre, porque es más inteligente”

Prende la radio y un furioso hip hop llena el espacio durante diez minutos. Sube otra pasajera, que se queja por la demora. Faltarían solo dos, que ojalá viajen juntos. Nos detenemos frente a un edificio, él baja y entra. Vuelve a los diez minutos, solo, y no da explicaciones. Sarah se angustia e intento calmarla. Le digo que en todo caso podemos bajar y tomarnos un taxi. Su vuelo sale media hora antes que el mío, y si lo pierde se queda sin conexión hasta el otro día.

“El cuerpo masculino está lleno de defectos, los hombres morimos antes, tenemos enfermedades que las mujeres no tienen, porque son perfectas. El hombre es una versión imperfecta de la mujer.”

De pronto se abre la puerta del fondo y nuestras valijas caen en el cruce de la Sexta Avenida y la 49. Un estrépito que hace gritar a todos. Se detiene el tráfico, viene gente a ayudar con la recuperación de las valijas.  Por suerte ninguna se abrió. A esta altura todos estamos nerviosos.

“Vamos a John F Kennedy, ¿verdad? pregunta luego de que sube el penúltimo pasajero, también con cara de fastidio. Nooo!, gritamos todos. Él consulta su celular y nos da la razón. Sarah pregunta si falta mucho para llegar. Los demás tenemos mucho tiempo antes del vuelo, pero ella no.

Se detiene otra vez en la First Avenue, baja a la vereda y llama a sus jefes. No le resulta fácil comprender las instrucciones, pide que le repitan, y dice que no le habían dicho eso. Mientras habla se saca el gorro y lo tira al aire, lo baraja y lo tira otra vez, como un malabarista.

Al parecer el último pasajero se fue por su cuenta, aburrido de esperar.

Finalmente llegamos, aliviados, al aeropuerto. Casi dos horas por unos pocos kilómetros. La próxima vez tomo el metro. Menos emoción, pero más confiable!

Tanta naturaleza

Llegamos a Valizas bajo una lluvia fuerte y abundante.

Yo tenía una idea vaga de dónde se ubicaba el rancho. El mapa, que no había podido estudiar, estaba prolijamente guardado en la valija, y dadas las circunstancias, no era posible consultarlo. Tampoco teníamos el teléfono de los dueños.

Ante cada charco (es decir, salpicón), ante cada atasco de las valijas en el pedregullo mojado, él preguntaba: ¿falta mucho? ¿Estás segura de que vamos bien? Y yo no podía responder con sinceridad, porque no lo sabía.

A pesar de todo, llegamos. Cuando estábamos decididos a resistir hasta el otro día con un sobre de sopa instantánea y dos de té de hierbas- todas nuestras provisiones- salió el sol.

Este nos acompañó durante casi toda nuestra estadía, y nos permitió disfrutar de la playa tanto de mañana como de tarde. Algo inusual y maravilloso en el cambiante clima uruguayo.

Los primeros tres días fueron de reposo total: dormir el máximo, hacer el mínimo, ir y volver de la playa y ausencia total de toda actividad intelectual o creativa.

 Bajo el alero había una hamaca paraguaya, y tendida allí veía ondular las plantas del bañado, lo que era más que suficiente para cubrir mis necesidades de diversión.

Para él, sin embargo, descansar implica poner la mente en asuntos diversos a los que trata habitualmente.  Se llevó un par de cursos intensivos de inglés y el Manual de conducción defensiva.

Así fue que mi pacífico pendular en la hamaca, o mi estática contemplación del universo ( intercalados con sorbidos de mate por las mañanas) se combinaron con frases como: el peatón no siempre tiene preferencia en las esquinas, hay una fórmula para calcular la disminución del campo visual, el acompañante tendría que usar ropas claras en los viajes por carretera, y demás.

Hace ya muchos años que decidí no manejar, por lo tanto todo el conocimiento relativo a esa actividad me resulta inútil y no era necesario mucho esfuerzo para oírlo como quien oye llover.

Con el inglés las cosas fueron algo diferentes. Es cierto que tengo un dominio aceptable de ese idioma, pero también es cierto que estoy lejos de ser una experta en palabras difíciles y de poco uso como “clamps” “ astride”  “rudder” o “photoling”.

Es así que lo que comenzó con sencillas respuestas como “chair” “pencil” “fear” “stage” se convirtió en un ejercicio que obligaba a mi conciencia a bucear largamente en mi debilitada memoria para encontrar por allí alguna de las extrañas palabras que se necesitan para compenetrarse con el idioma imperial.

Demás está decir que a la mitad del curso 4, capítulo 7, coincidiendo con un precioso mediodía de sol, cuando las chicharras nos bendecían con su canto, se produjo un intercambio de opiniones respecto a lo que para cada uno representaban las vacaciones.

En éste no hubo acuerdo en ninguno de los temas tratados.

 Cariño y tolerancia permitieron, sin embargo, acordar una tregua en la cual la asistencia idiomática se limitó a una hora diaria, después de la caída del sol.

Estábamos en un lindo rancho de madera y piedra, por donde el viento circulaba libremente, así como la arena, cucarachas, arañas, hormigas, mosquitos y moscas. Algunos cascarudos caían desde el techo de paja, y las ranas intentaban colarse si dejábamos la puerta abierta por las noches. Una tarde entró una pequeña ratonera. También nos visitaba la perra de algún vecino, a la que invitábamos con algo de comida.

Esta presencia de animales- en su mayoría no domésticos-, propia de un balneario más o menos virgen como Valizas, lo inquietaba.  Con la ayuda de espirales, repelente e insecticida en spray, sobrellevó sin mayores problemas la superpoblación de insectos, pero una noche sucedió algo imprevisto.

De madrugada tuve que ir al baño, y bajé la escalera sin lentes. Alcancé a vislumbrar una forma grisácea que se escondió en el baño. Me detuve y grité pidiendo ayuda, y él, somnoliento pero con lentes, acudió de inmediato.  Debe ser una rana, dijo. Pero apenas se asomó al baño, gritó también él y cerró la puerta de un golpe.

– Es una rata.

Resolvimos dejar la puerta cerrada y esperar hasta la mañana siguiente.

A la luz del sol, trepados cada uno en una silla y armados con una escoba y un lampazo, abrimos la puerta. No había nada. Revisamos cuidadosamente el baño y no había señal de animal alguno. Se fue por donde vino, pensamos, y limpiamos y desinfectamos todo el baño, desechando papel higiénico, cepillos de dientes y jabón que habían estado expuestos al contacto de la desaparecida rata.Asunto concluido. 

Camino a la playa comprobé que era así para mí, dispuesta a aceptar sin muchos cuestionamientos los misterios de la existencia. Para una mente analítica, necesitada de explicaciones racionales sobre los acontecimientos, era todo lo contrario.

¿Por dónde habrá salido? Se preguntaba él. La puerta y la ventana del baño estaban cerradas.

¿Habrá sido por el inodoro? ¿Por alguna hendija del techo? ¿Por debajo de la puerta?

Qué importa? argumentaba yo. Lo importante es que se fue.

Sí, pero ¿Por dónde?  insistía él.

Al regreso, mientras yo cocinaba, él examinó el baño una vez más.

Volvió decepcionado. No había encontrado ningún lugar por donde el animal pudiese haber escapado.  Como para mí eso no tenía importancia, lo dejé especular sobre la elasticidad de las ratas, sobre la percepción equivocada que uno tiene cuando está medio dormido, y que tal vez hubiese sido una sombra, una víbora, y otras elucubraciones por el estilo. Pero el espíritu científico no da tregua, y a la hora de la siesta apareció la verdad.

  • La encontré, me dijo luego de cerrar tras suyo la puerta del baño.

Detrás del caño de la cisterna había un pequeño hueco entre los bloques de la pared. Allí estaba. Era una pequeña comadreja. Su blanco y tierno hocico apenas se veía, y tras él un par de ojitos negros, redondos y asustados, nos miraban fijamente. Volvimos a cerrar la puerta del baño, y a deliberar.

El racional analista tenía un corazón tierno, y la emotiva irracional, un sentido práctico.

No quiero matarla, dijo, y yo estuve de acuerdo.

Tendríamos que romper la pared del lado de afuera para permitirle salir, sugirió.

De ninguna manera, le dije-. ¿Cómo vamos a romper una pared ajena? ¿Cómo se lo explico a Jimena? (la dueña).

Intentemos conseguir el teléfono y le explicamos. Yo le hablo.

Imaginé a Jimena, con una niña de ocho años sin escuela, un niño de cuatro en el jardín de infantes, un trabajo recién estrenado, un perro y una tortuga que atender, un montón de cuentas a pagar, en Montevideo, a las cuatro y media de la tarde de un día caluroso. Todo eso me dictó la única respuesta posible: No.

El era partidario de encontrar algún método para forzar al animal a dejar su escondite y yo de optar porque el mismo se fuera por voluntad propia.

Una de sus sugerencias fue dar pequeños golpes del otro lado de la pared, pero esto fue descartado porque asustaría a la comadreja. También podía agrandarse un poco más el agujero para que ella saliera con comodidad, pero eso dependía de que en el pueblo hubiese una ferretería para poder reparar el daño en la pared.

Acordamos una solución provisoria: abrir la ventana, ubicar un tablón de modo que se pudiese trepar al mismo y escapar, y dejar a los pies de éste un tentador pedazo de manzana.

Al volver de la playa, la manzana había desaparecido y con ella, la comadreja. Afortunadamente no aparecieron otras preguntas como ¿y si se escondió en otro lugar del rancho? ¿la habrá comido otro animal? ¿Se habrá ahogado en el inodoro?

Antes de acostarnos, luego de encender los espirales y embadurnarnos de repelente, mientras sacudíamos la sábana para eliminar la arena que dificultaba el sueño, él me preguntó, con algo de timidez:

  • ¿Es necesaria tanta naturaleza?
rancho tradicional de piedra y madera
rancho tradicional de piedra y madera

Muchos “la más…”

Camino al hotel desde el aeropuerto de Santiago, atravesamos un túnel larguísimo, y para resistir la claustrofobia le comenté al conductor del taxi que nunca había visto uno igual.

  • Es el túnel más largo de América Latina- me dijo, con evidente orgullo, enfatizando el más.

Esa fue la puerta para enumerar la cantidad de cosas más grandes de la región, de Sudamérica y del mundo que hay en Santiago de Chile.  El shopping center, por ejemplo. La autopista. Las ventanas de un edificio.

Camino a un barrio elegante como Vitacura, son visibles amplias calles que se entrecruzan en distintos niveles, todas atiborradas de vehículos veloces, pocos de ellos públicos. Muchos árboles los rodean, en un esfuerzo por combatir el estado irrespirable del aire, empozado entre la cordillera y el mar. Me pregunto si el conductor orgulloso vive en un lugar así, o en otro, invisible a los turistas que circulan en el micromundo bello del capitalismo triunfante.

La ciudad que recibe al turista se ve limpia, tanto de basura como de pobres. El centro histórico tiene aún una plaza llamada de Armas, lo que resulta algo amenazador, y como está rodeada de viejos edificios cuadrados, grises y fríos, la sensación se agudiza.

El palacio de la Moneda sigue el mismo estilo siglo XVIII, con una gran explanada frontal, y el multicolor Centro Cultural en uno de sus costados es atractivo con sus líneas modernas y abiertas. En un pedestal alto hay una estatua de Salvador Allende, al que ya muchos no recuerdan.

Un grupo de inmigrantes haitianos, y otro de peruanos, comparten un sector de la plaza de Armas, pero cada uno en una zona diferente.

Curiosamente, en un momento de distracción de las autoridades encargadas de supervisar el patrimonio arquitectónico, surgió en el panorama neocolonial un monstruo también visible en otras partes de la ciudad; el infaltable rascacielos de vidrio celeste.

Esa línea arquitectónica conquistó la mayor parte del sector bancario y empresarial de la ciudad, donde según dicen, a la hora del almuerzo, cuando los empleados salen por un rato al aire libre, se oye hablar más en inglés que en español. Hay pequeñas variaciones en los edificios: unos levemente inclinados, otros más anchos que largos, pero todos, invariablemente,  de vidrio celeste y líneas rectas.

En la coqueta y extensa colección de restaurantes se hablan también otros idiomas, y el precio exigido por cada plato parece un método seguro para no recibir visitas indeseadas. Se ven personas muy prolijas y amables por todas partes, incluyendo los mozos.

Los varios parques de la ciudad, las callecitas con cafés y librerías atractivas hacen de Santiago una ciudad agradable, en contraste con el paraíso consumista del super shopping en el Parque Arauco  ( el más grande del cono sur, según el chofer).

Hay un mercado que mezcla puestos de venta de mariscos con locales gastronómicos, y el precio de la centolla, un recurso nativo, equivale a una semana del sueldo mínimo nacional. El mozo, diestro en manejar al extraño animal, confiesa su felicidad por la presidencia de Piñera. Por fin un hombre que se hace cargo de las cosas, dice, ignorando las grandes diferencias de ingreso, los monopolios, la concentración económica y demás asuntos que sin duda inquietan a otros de su clase.

Por la noche, desde el piso 16, se escuchan ruidos abajo: están construyendo un empalme para dos avenidas, y no descansan ni un minuto. Varios turnos de trabajadores se suceden, algunos bajo grandes y potentes focos que iluminan la tierra abierta. Unos cavan y otros plantan arbolitos.

La chilena Elvira Hernández ganó el premio Iberoamericano de poesía 2018.  Pienso que este nombramiento alegró a algunos y preocupó a otros. No porque la poesía, ni siquiera la suya, tenga algún impacto significativo sobre la sociedad ( aunque Bandera de Chile, escrita clandestinamente durante la dictadura de Pinochet, tuvo una repercusión muy grande en su momento). Es que Elvira Hernández es un seudónimo.  Pienso en los prolijos funcionarios, en las formales funcionarias que tuvieron relación con la parte administrativa del premio.

¿Cómo podían estar seguros de a quién pagarle el dinero asignado? ¿Qué certeza podían tener ante una persona que no tiene un documento de identidad, un grupo sanguíneo, una dirección electrónica, un celular, un trayecto habitual marcado por una tarjeta magnética, una cuenta bancaria a su nombre, una lista de galletitas preferidas? Quizás esto dio lugar a largas discusiones, a la búsqueda de opiniones legales, a documentos timbrados. Las dudas recorrieron la pulcra distancia entre los edificios de vidrio celeste, donde hay poco lugar para la poesía.

Elvira, la que está detrás de su nombre, se reiría: ella siempre desconfió de las clasificaciones, de las certificaciones. Quizás de ella podría haber dicho el chofer, la más grande poeta iberoamericana, pero no lo hizo.

Sala de espera

Dos largos y amplios corredores se extienden a ambos lados de la puerta de entrada, y por sus grandes ventanas entra la luz de la mañana. Allí se sentaban, ochenta años atrás, las habitantes originales de lo que hoy es una policlínica barrial. Quizás en los mismos bancos donde tejían o bordaban, hoy, en nuestra condición de pacientes, esperamos la llegada de los médicos.
En la primera mitad del siglo, una congregación católica hoy desaparecida hizo construir un refugio para señoras solas, sobrio, ascético y cómodo. Aquellas mujeres sin familia o sirvientes que las atendiesen encontraban refugio allí, y contaban, según su condición y posibilidades financieras, con una habitación propia o compartida. Los corredores eran de uso común, y desde ellos, las habitantes del lugar miraban el estrecho jardín delantero, veían pasar a los vecinos del barrio, intercambiaban noticias, se contaban sus impresiones sobre asuntos de la vida y la muerte.
Hoy somos desconocidos los que hacemos lo posible por sobrevivir a la espera. La mayoría son mujeres, todas por encima de los cincuenta años, como quienes vivían acá un siglo atrás. A diferencia de ellas, que ya se conocían, hoy hace falta romper el hielo, y el frío y la lluvia anunciados para la tarde aportan la ocasión.
Los que llegan preguntan por qué número va, y aunque desde los consultorios se llama por el nombre, la vieja costumbre del orden se impone y tranquiliza a los que deben esperar. Una mujer se marea y dice que es del campo, por eso el aire viciado de la ciudad y el movimiento del ómnibus le han hecho mal. La enfermera la lleva a un consultorio vacío y al rato vuelve, ya repuesta, no sabemos si por la coca cola o una pequeña siesta.
El peregrinaje en busca de medicamentos es constante. Se arman colas en las ventanillas de la farmacia y, luego de pagar un importe que siempre merece exclamaciones de protesta, cada cual se va con su bolsita de cajas aplanadas. Para muchos, la vida no es tal sin una buena colección de pastillas, que al llegar a casa ubicarán en cajitas de plástico con compartimientos para cada hora del día. Se vive más, sí, pero el costo es tragar diariamente una considerable dosis de químicos, para beneplácito de los dueños de las grandes compañías farmacéuticas. Por el tono de las conversaciones, me pregunto si en el pasado las enfermedades y malestares ocupaban un lugar tan importante. Parece que algunas personas viven para contar sus molestias, sean del estómago, los huesos o la piel. Las cuentan con pasión y logran ser escuchadas con atención expectante por quienes acechan una pausa donde introducir las suyas propias. El clima interno, con sus tormentas en el estómago y sus sequías en los cartílagos es mucho más interesante como tema de conversación que las amenazas generales y concretas del que sucede por fuera. El cambio climático se recibe con resignación y algún comentario sobre la pérdida de estabilidad de las estaciones. En esto también se dice que antes todo era mejor.
Llega un filósofo desgreñado, que luego de informarse sobre el consultorio en el que lo atenderán, comienza a dar sus opiniones sobre la espera y la soledad, la conducta humana y animal. Su tono es de conferencista radial, entre soberbio y campechano. Hace preguntas a los que se encuentran a uno y otro lado. Rápidamente consigue la atención de su pequeña audiencia y llega mi turno sin que pueda terminar de escuchar su lección del día.

 

Cambios en la explanada

El antiguo edificio del Banco de Previsión Social, en la calle Colonia, tiene una gran explanada que se extiende frente a su puerta principal. Hace muchos años, esa explanada albergaba largas colas de ancianos que, durante varias horas cada mes, esperaban su turno para cobrar la jubilación. Muchas líneas de ómnibus pasaban por allí, a veces dando grandes rodeos para llegar desde Colón o el Paso de la Arena a la Ciudad Vieja, con el objetivo de facilitar la visita mensual al lugar de cobro de tanta gente.
La informática, la inclusión financiera y la tercerización hicieron desaparecer aquellas largas colas de gente resignada, a veces enferma, y su consecuente séquito de acompañantes y de ladrones.
El sitio se ha transformado, en parte, en una placita con juegos infantiles y unos pocos bancos largos donde almuerzan los oficinistas de los alrededores.
Una pareja discute, otra parece ultimar los detalles de una actividad importante, una chica se concentra en la lectura de las propiedades de la suma mientras come un alfajor, una señora mayor aprovecha el escaso sol y teje una pieza delicada con agujas finísimas, un policía bebe un jugo de cajita. Un señor muy serio pasea con su perro minúsculo. El vendedor de tapones para caravanas ofrece a viva voz su producto mientras camina por la cuadra, y dice a quienes le compran que su puesto, que consiste en él y su bolso con el producto, se ubica siempre a la altura de 18 de julio, pero a causa del frío ha bajado una cuadra hacia el norte. ¨Ya en setiembre me encuentran otra vez allá¨, dice, anticipando un invierno corto.
La vieja explanada se ha convertido en un lugar de reposo y juego, alegres sustitutos de la incomodidad y la espera.
No todo el espacio pasó a un democrático destino: gran parte de la explanada se transformó en rectángulos de pasto cercados, lo que permite el solaz de la mirada, y no el de otros sentidos. El viejo monumento al canillita, oficio que casi nadie recuerda, está convenientemente protegido del acercamiento, indebido o no.
Otra gran porción de la antigua sala de espera al aire libre ha sido convertida en estacionamiento para los vehículos de algunos funcionarios. Miro las rayas pintadas en el piso, manchadas de aceite y marcas de neumáticos. La comodidad de algunos afea el paisaje, como lo hace, en otros barrios, la incomodidad de muchos. Desde lejos miro ambas porciones: ocupan más o menos el mismo espacio. Ocho lugares para automóviles que no siempre están allí miden y pesan lo mismo que un espacio de juegos infantiles y descanso.
Camino con temor entre los autos que entran y los que salen, sin entender cuál es la ruta correcta. Fastidio al cuidacoches que con una mano me hace señas de apartarme y con la otra da vía libre a los conductores. Como todo estacionamiento, tiene momentos de gran quietud. Los potentes motores duermen más tiempo que los gatos. Se detienen temprano en la mañana y no vuelven a moverse hasta el fin de la jornada laboral. Miles de dólares inmovilizados e improductivos, diría un economista actual, y el ecologista estaría de acuerdo.
Me sorprendo ante el tamaño de algunos automóviles, largos, anchos y altos. ¿Qué virtudes tendrán sus dueños, proyectadas en el volumen de sus vehículos ostentosos, demasiado grandes para el estacionamiento privado, que sin vergüenza alguna rebasan por ambos lados las estrechas franjas asignadas, por algún reglamento interno, a las mayores jerarquías? ¿Será que el orgullo de la propiedad espanta la incomodidad de ser como un elefante en el bazar, cuando circulan por las antiguas y estrechas calles de Montevideo?
En la vereda de enfrente, la feria de los techitos verdes, que tantas resistencias levantó en su momento, languidece por la humedad y el frío de las recientes semanas. Las tormentas han agredido los techos de lata, y se ven piedras y trozos de ladrillo encima de algunas casillas, protegiéndolas del viento.
Hoy ha salido el sol, y los feriantes se ven contentos, recostados contra la franja luminosa, compartiendo mate y anécdotas. Mujeres reales, de pelo desarreglado y championes gastados, se sientan en sillas de plástico mientras el público pasa frente a su mercadería: calzas que se ofrecen sobre tiesos culos de utilería, que prometen lucir espléndida si pagas los pocos cientos de pesos que indican los carteles de cartón, escritos a mano. Hay también esféricos soutiens de colores estridentes, tangas sugerentes e incómodas, que anticipan noches de pasión. Jóvenes de locos peinados se ríen con la inocencia de su edad, aferrados a sus bicicletas de reparto. Un cuidacoches se da una vuelta para conversar, mientras revolea su palito de plástico rojo. Algunos liceales estudian con atención los agujeros en las piernas de los vaqueros colgados en una percha, en los que el blanco que rodea cada rotura contrasta con el azul nuevo del resto de las prendas. Quizás no adviertan que sus pantalones comprados sin uso hace un par de años lucen hoy más auténticos que los que pretenden comprar ahora, bajo protestas de progenitores más cuidadosos en el arte de cuidar la plata.
Tres amplios carros de chorizos, hamburguesas y panchos se reparten dos de las cuatro esquinas, y ofrecen un paraíso de pickles, salsas, hongos en escabeche, lechuga y tomate. Los consumidores de la zona no parecen sensibles a la nueva corriente de la comida sana, y disfrutan del chorizo cyber con todo y la hamburguesa power doble completa, lo que indica cierta actualización de las ofertas, o quizás apenas del lenguaje empleado.
Un vendedor de figuritas del mundial, un mes después de terminado el campeonato, ofrece aún su mercadería y lo que es más curioso, tiene varios clientes.
Una muchacha a cargo de un puesto de ropa para niños se queja de que las cosas no son como antes, pero me quedo sin saber si habla de economía, de moda o cambio climático.
Las líneas de ómnibus no han cambiado su recorrido, pero la zona es aún un centro comercial, y son muchos los pasajeros que bajan y suben en los alrededores. Una gran torre de apartamentos, aún sin terminar, promete nuevos clientes para los sufridos comerciantes de la humilde galería a cielo abierto.
Quizás la plaza quede chica, y alguien decida que no habrá espacio para el estacionamiento.