Violetas para El Astillero

El periodista, escritor y amigo Federico Medina me invitó a escribir una carta para su programa radial “Un millón de amigos”, en radiomundo 1170. El pasado 10 de abril, Leticia Ramos la leyó e hizo que pareciese mucho mejor de lo que es. Agustín Ríos sacó las fotos. Quienes conocen El Astillero se divertirán un poco; ojalá no se aburran quienes no lo han hecho, y aprovechen la oportunidad de acercarse a ese gran libro.

 Abajo está el link al programa, que vale la pena escuchar y seguir.

Sra. Angélica Inés Petrus

Estimada Anyi:

Te llamo así porque los nombres largos ya no se usan tanto. Como el mundo anda más rápido, todos tenemos diminutivos.

Nos costó encontrar tu dirección; desde que el astillero fue convertido en un shopping, nadie ha sabido de ti. En el contrato de compra/venta aparece la dirección de una pensión de la Ciudad Vieja, adonde te enviaremos esta carta.

 Siempre nos pareció muy injusto que Don Juan Carlos hablara de ti solo como la hija de Jeremías Petrus, y dijera que fuiste única, idiota, soltera;  que calificara tu risa como hipo, como tos, como estornudo. Mencionar tu cabello rubio y largo acentuaba esa imagen de heroína europea, etérea como una mariposa, con un cerebro acorde. No conocimos ninguno de tus pensamientos, solo tus acciones enigmáticas, que apenas aportan a definir tu personalidad.

Recordamos la incongruencia de tus largos y blancos vestidos. ¿Cómo hacías para tenerlos en buen estado, en medio del barro y la herrumbre del astillero abandonado? ¿Los colgabas al sol, con jabón? ¿Los lavabas tú misma, o le pagabas a alguien con tus escasos recursos?

Desearíamos conocer tu versión de los hechos. ¿Fue cierto lo de la conspiración entre Gálvez y Kunz? ¿Tu padre fue en realidad un estafador? ¿Larsen era inocente o simulaba serlo? ¿Por qué no lo denunciaste cuando supiste del robo de maquinaria? ¿Eran rusos los que compraban la chatarra? Lo dudamos, porque muchos han visto pedazos de chapa con la marca del astillero en las calles laterales de Tristán Narvaja.

Creemos que sabes bien cómo fue todo, aunque hayas mantenido silencio.

¿Estuviste realmente enamorada de Larsen o lo aceptaste por piedad? Con su calvicie disimulada por el sombrero y su sonrisa torcida, como lo define Juan Carlos, y su pesimismo acendrado, diríamos nosotras, no parece muy atractivo. Como sabes, él dijo que le dabas lástima. Si sabía que tu padre estaba en quiebra, no entendemos por qué te ofreció matrimonio. Más allá de su ambigüedad, no era tan mal tipo. Sinceramente, no lo creemos capaz de divertirse, ni aun a costa tuya. Era un hombre como tantos, en busca de trabajo y afecto, aunque sus antecedentes no eran los mejores.

Esperábamos verte en el entierro del Díaz Grey, ya que fue tu médico y tutor durante muchos años. Hay quien sostiene que estabas allí, oculta tras un gran paraguas negro, al final de la procesión; dicen que te fuiste del cementerio en la camioneta de la funeraria, sin saludar a nadie.

Santa María ya no es lo que era. Ahora recibe turistas, y eso ha cambiado un poco la idiosincrasia de la gente, aunque el espíritu pueblerino siga flotando en sus calles. Hay más automóviles y menos flores. La única librería cerró y en su lugar hay un puesto de comida al paso. Por suerte, se ven más músicos y bailarines. En la plaza hay un monumento a tu padre, pero el pedestal es demasiado alto, y quienes pasan a su lado pueden ver solo las piernas.

Ojalá en estos años hayas encontrado un verdadero amor, o hayas disfrutado de otros un poquito falsos. No hay nada malo en ello. Ojalá el perfume de las violetas no te recuerde a Larsen, y si lo recuerdas, que sea sin tristeza.

Esperamos que nos contestes, y también verte aparecer en otro escenario, con un poco más de protagonismo y menos amargura.

Hasta pronto, abrazos

Cecilia

https://open.spotify.com/episode/6EXhWKG38vuG6YSd4DdkV0

Fotos de Agustín Ríos @era.un.arbol

En vueltas y sin Vuelta

El otoño, aunque no promete, nos ofrece algunas horas de disfrute. La luz de abril es hermosa. Cuando la ciudad está semivacía, los ciclistas paseamos con menos temor por sus calles.

La bicisenda de Bulevar Artigas, una de las más antiguas de Montevideo, ahora está señalizada con líneas blancas. Advierto que en la acera norte hay flechas indicando la dirección opuesta a la que llevo. Me da pereza cruzar, y a las ocho de la mañana el tránsito de dos ruedas es inexistente, aunque hay algunos ciclistas en la calle, quizás para sentir la emoción del peligro o porque creen que la senda es para señoras. Me atrevo por la prodigiosa y decadente Burgues y el túnel de plátanos sobre mi cabeza me hace sentir en el interior de una caja, con pequeños agujeros por donde pasan los rayos de sol. Pienso en el verso que la Inteligencia Artificial creó, luego de leer millones de poemas: te entrego esta caja de luz que una vez fue un árbol. Es hermoso, pero cualquier adolescente sensible podría escribirlo, sin mayor esfuerzo informático. Con tantos poetas en el mundo, ¿es necesario demostrar que una computadora es capaz de crearla? Los programadores dicen que es difícil, y lo seguirán intentando, como cualquiera en procura de un verso memorable o una historia excepcional. Hasta que alguien les recuerde la relación costo/beneficio.

 Los talleres mecánicos y demás negocios vinculados al automóvil aún no se han apropiado de todas las fantasmagóricas mansiones de Burgues, rodeadas de selva, y me alegra poder mirarlas desde sus portones atados con cadenas: un paraíso de lianas y telarañas, donde lagartijas y pájaros tienen el almuerzo asegurado. Una de ellas parece habitada: advierto un discreto sendero rodeado de anticuadas hortensias, que se pierde detrás de una palmera, y leo el cartelito en el muro: MOMENTOS. Hay otro motel, un poco más pequeño, en la vereda de enfrente. La prostitución sufrió las consecuencias de la pandemia; y sin duda el ambiente no fue el mejor para los amores clandestinos, que completan la clientela de estos lugares. Aunque también es posible que el aburrimiento de la convivencia obligada haya impulsado a muchos a trasladarse allí un par de horas a la semana, si no por pasión, al menos para dormir una siesta sin interrupciones, tener una conversación telefónica privada o hamacarse en los colchones de agua.  A mis veinte años, había que esperar en un cubículo de cortinas hasta que se desocupase una pieza; entre beso y beso, escuché las conversaciones más inverosímiles. Los futuros amantes hablaban de asuntos financieros, de repuestos de autos, de leyes recién aprobadas.

Vuelvo por el mismo camino, esta vez por la senda correcta. En una esquina encuentro un grupo de jóvenes, cada uno con su celular a la altura del pecho, y pienso que están fotografiando un accidente. Al dar la vuelta veo que es una cola de media cuadra frente a una fábrica textil, con la esperanza de conseguir un puesto de trabajo.

En un semáforo, dos ciclistas profesionales lamentan la suspensión de la Vuelta.

  • Ya van dos años. Lo que me da miedo es que yo nunca pueda volver a competir, dice uno.
  • Nooooo, dice el otro con el más convincente de sus tonos, pero algo en su pedalear indica que tampoco está seguro.

No escucho el resto de su argumento, pero me alegra que vea esto como una catástrofe temporaria, y no como una montaña imposible de escalar en bicicleta.

Un par de señoras piadosas delibera junto a un bulto en el piso: ¿será que duerme, será que vive? Una deja una cajita de colet a su costado, la otra promete volver con algo que sobró de la cena. Ninguna dice: es un drogadicto, un borracho, un plancha, aunque no han visto su cara ni oído su voz.

smart
smart
smart
smart

Quejas y calendarios

Hace un tiempo se hablaba de cómo los uruguayos soportábamos con paciencia – obsecuencia, inercia, cobardía, decían algunos- los abusos, tanto del panadero como de la policía. “Los uruguayos somos así, no nos quejamos” decíamos mirando las revueltas de otras ciudades, con gente trepada a los monumentos y esgrimiendo sus camisetas en protesta por tal o cual asunto que afectaba su existencia. Mientras espero mi turno, me convenzo de que eso sucedió en el pasado muy remoto, ya que los agendados para vacunarse a esta hora, todos de mi edad o mayores, demuestran saber muy bien cómo quejarse. Quizás no ante quién hacerlo, ya que el esforzado portero y la amable recepcionista son quienes reciben y sufren la queja, el reclamo o la protesta.

Veo un desfile de agitados compatriotas, a los que constatar que deberán esperar media hora más para ser vacunados les resulta un agravio. Cada uno plantea una situación particular y exige un trato especial, ya que las circunstancias lo perjudican en mayor grado que a los demás, que esperamos con paciencia. Dos o tres frases hechas y una actitud firme los hacen retornar a sus lugares, aunque algunos logran pasar, lo que despierta una ola de nuevas protestas, esta vez por la injusticia cometida. Hay quien intenta sosegar a los desesperados, explicando que quien pasó antes tenía una sola pierna, había cumplido 104 años o padecía una enfermedad más grave y contagiosa que el Covid.

Yo debería dejar mis pruritos y unirme a la actitud general, abandonar mi rareza y aceptar que también tengo impulsos irresistibles de intolerancia. Y decir, por ejemplo:

¿Ya terminó el verano? ¿Cómo es posible que, en este año especial, no nos hayan dado una prórroga, dos semanitas al menos? ¿Se suspenden las clases pero con el otoño hacemos como si nada?A mí me hace mucho mal el otoño.  Me entristezco, tengo pensamientos negativos. Lo peor es que nadie se hace cargo. Llega el 21 de marzo, se termina el verano y parece que acá no pasó nada. La prensa no se ocupa. Todo está mal organizado. Ya que gastan tanto en desayunos de trabajo y en acomodar la aplicación de las vacunas, ¿no se podrá incluir una pequeña modificación del calendario? Ya que los cultos religiosos siguen habilitados, recordemos que Gregorio XIII le quitó al mundo diez días, y sería justo recibir su devolución, si es posible actualizada. Quince días más de verano y todos contentos. Y el año que viene, vemos.

No sé quién me secundaría: veo a todos cómodos en sus abriguitos otoñales, con el paraguas bajo el brazo. Si alguien dijese: ¿qué tal tres semanas de otoño soleado, sin viento ni frío? yo aceptaría encantada, y dejaría de lado mis reclamos.

Otoño y horóscopo

Un día nublado, y todo cae en el pozo de lo gris. El verde de los árboles no alcanza a disimular las paredes despintadas ni los graffittis ininteligibles, la mayoría de los vehículos aporta su tono desvaído al paisaje y el humo se confunde con las nubes. La desazón me atrapa detrás de la ventanilla salpicada con gotas de una lluvia benéfica para los campos, amenazante para los demás. El problema del otoño no es la baja de la temperatura -que resulta agradable después del calor- ni siquiera los colores: al monocorde verde le sucede una variedad de cambiantes amarillos, morados, naranjas. El problema es que no promete, y sabemos que se acercan el frío y la oscuridad, y pestes variadas se sumarán a La Peste.

Para evitar la tristeza del panorama externo miro las cabezas embozadas de mis compañeros de viaje, y  no encuentro en ellos mayor diversión que comprobar una vez más que el celular les exige el silencio de una sala de cine. La fortuna no me regala una conversación, y levanto la vista hacia la pantalla ubicada tras el asiento de la conductora. Frases que se esfuman juegan con mi conocimiento acumulado. Me preguntan si sé cuántos músculos intervienen en la digestión y cuánto mide la jirafa más alta del mundo, me sugieren empapar mi piel con aceite de jojoba para terminar con las arrugas. A una serie de datos futbolísticos sucede una pantalla azul donde giran lo que parecen estrellas, pero no: son peces. Es el turno de la astrología, que indica que estamos en o bajo el signo de Piscis. La lista de virtudes de los nacidos en marzo parece larga y variada. Dice que son gente tranquila, paciente, amable, simpática, intuitiva y todo el mundo los quiere. En cálculos gruesos, representan el 8, 33% de la humanidad. Habrá que esperar los meses venideros para saber cuántos simpáticos, amables y sensibles hay en el 91, 67% restante. Entiendo que estos horóscopos nunca dicen que un grupo entero ( 8, 33%) son antipáticos, antisociales y violentos. O aburridos.

Para algunos el mundo está dividido en doce tipos de personas. Tienen suerte los que, al conocer la fecha de nacimiento de alguien, se hacen una idea cabal de lo que incluye su mundo. Con los ojos cerrados, ya saben qué lecturas prefieren, cómo huelen, de qué color se visten, con qué música se emocionan. Si escatiman su cariño, tienen celos excesivos, su piel es suave, se escabullen de las responsabilidades o de las papas fritas, son buenos en la cama o en los deportes de riesgo. Los que creen en el horóscopo no sufren la zozobra de quien se enfrenta, con miedo y curiosidad, a lo desconocido. “Que tengan un buen año, pececitos” dice la imagen final del video. Supongo que las pirañas, los tiburones y los extraños habitantes del suelo marino, aún recién nacidos, no entran en la categoría  “pececitos”. Pienso en las corvinas, los peces decorativos, las tarariras fluviales, todos diferentes. El agua sobre la tierra se presenta en muchas formas: lagos, mares, arroyos, ríos, cascadas, océanos. Es más divertido pensar que hay peces variados en cada uno de esos húmedos ambientes y que no son un conjunto previsible en un universo de doce opciones.

Los que pescan en la rambla sur conocen bien la diferencia entre los pescados comestibles y los tóxicos. Si alguno viajara en este ómnibus lo podría fundamentar, pero nadie porta una caña, y me quedo dudando de la verdad revelada, absoluta, del video astrológico.

Antes de bajarse, la vendedora de caramelos charla con la conductora del ómnibus sobre el cambio de clima: tema obligado en las conversaciones, tiempo atrás. Algunos, antes, pensábamos que hablar del tiempo era estúpido. Hoy escucho sus palabras con la avidez que demandaría una revelación vital, un chisme interesante, la confesión de un secreto . Quiero que en algún momento una de ellas diga que esto es pasajero, que volverá el calor, que saldrá el sol detrás de las nubes. Que después de todo es marzo, y que abril siempre fue un mes benigno. Que a pesar de la fecha, aún falta para el otoño. Pero se saludan, se desean recíprocamente una buena jornada, y vuelve el silencio.

Fotos de Nybia Ríos

Media tarde en la barra de Santa Lucía

En el kiosco de los panchos, dos hombres conversan sobre sus comidas favoritas. “Yo muero por los ravioles con tuco”, dice uno, “pero con estos calores no puedo comerlos”. Al otro no le gusta el tuco, pero sacrifica todo por un guiso de lentejas. Algo que tampoco es adecuado para el verano. Los dos se quedan en silencio, con el recuerdo de sus sabores amados, a los que volverán cuando baje la temperatura. Mientras tanto, se las arreglan con panchos.

En el restaurante, la pizarra en la pared otorga una gran superficie a la Ensalada Completa: lechuga, tomates cherry, rúcula, queso, jamón, aceitunas, berro, kale, ciboulette, huevo duro. Una profusión de ingredientes a los que yo agregué, en mi mente, el recuerdo de otros: chauchas, papas, zanahoria, remolacha, arvejas, porotos blancos, palmitos, granos de choclo. Fue esa idea previa del significado de “ensalada completa” lo que me lleva a elegirla; pero la realidad se ajusta, con precisión, al listado escrito a mano en la pared. Trago el último bocado de lechuga y sigo con hambre. Después de todo estoy a dieta, me resigno, y pienso con cariño en el kiosco de panchos.

El paseo a los humedales se frustra: apenas salir, el peso del sol sobre nuestros cráneos y la extensión de pastizales secos indican la inconveniencia de arriesgarse por los caminos de madera. Nos queda la orilla del río, que los fines de semana se llena de gente que disfruta de su picnic. Hay cinco árboles al costado de la rampa que lleva al agua, y cuatro están ocupados por parejas silenciosas. ¿Qué se dirán, si se dicen, al resguardo del calor insoportable? Tal vez disfruten del silencio en compañía, de la quietud. Nos ubicamos en el quinto árbol, que da sombra a los aparatos de gimnasia y miramos el río quieto, marrón, del cual llega una brisa benéfica. Los patos blancos se apretujan en el centro del río, para mojarse las cabezas o comer algo. Varios botes de madera, algunos con una pequeña cabina encima, descansan aferrados a sus anclas. A nuestras espaldas hay un parque de diversiones desmontable, de esos que recorren barrios y pueblos desde tiempo inmemorial, y lucen frágiles con sus juegos despintados, los fierros torcidos y el óxido que obstruye las junturas. Debe ser divertido subirse al gusano loco en el cual el amarillo es apenas un recuerdo, a uno de los autos chocadores tapados con lonas negras, o a la fragata sin velas que amenaza escaparse hacia el infinito cuando el endeble andamio que la sostiene se sacuda. Hay una especie de calesita de sillas, donde varias cuelgan de un solo cable en medio de las que aún funcionan. Faltan los niños que hacen de eso una fiesta, que no ven la decadencia, sino la posibilidad de girar en el aire durante cinco minutos, de reír a carcajadas. De sumar su alegría a la de quienes los han disfrutado por décadas.

Bajo un árbol, tres hombres jóvenes descansan apoyados en sus bicicletas y discuten qué hacer para obtener dinero. Uno propone vender asado de pescado, otro dice que es complicado, el último argumenta que nadie lo compraría. El primero, con una dicción campera, difícil de entender, jura que vio cómo la gente compraba el tal asado y los que lo vendían se llenaban de plata. Llega una pareja con bolsos y un niño de seis años; buscan la sombra y espero que se ubiquen junto a nosotros, del otro lado del árbol, pero se instalan un poco más allá, cuelgan sus cosas de una saliente de otro árbol y se tiran sobre el pasto. Me habría gustado oírlos hablar, conocer sus planes para la tarde.

El sol nos impide llegar hasta el puente, donde están los pescadores, los deportistas y los que buscan algo que comer en las entrañas ocultas del río.

Recuerdo una novela de Faulkner que leí a los veinte años: Luz de agosto. En ella la gente desaparece de día y revive al caer la noche, para huir un rato del calor, cosa que no logran, porque ese calor del verano es inexorable, en Yoknapatawpha y en Santiago Vázquez. La forma en que él contaba ese calor es inolvidable para mí.

 Los indígenas del trópico se recuestan a los árboles y permanecen inmóviles, en silencio, mientras dura la ola de calor. Nos hemos acostumbrado al aire acondicionado y al ventilador, pero, con un poco de paciencia, es posible comprobar la eficacia de ese antiguo método: respirar suave, mover solo los párpados, ser feliz cuando llega la brisa.

el universo y un viaje en ómnibus

La parada está vacía y casi pierdo el ómnibus, que venía en manada con otros, dispuesto a seguir de largo. La escasez de pasajeros que la “reducción de la movilidad” trajo ha cambiado la conducta de los choferes: los tres enormes vehículos disminuyen la velocidad al llegar a la parada, y me siento honrada por ese gesto de consideración. ¿Será una nueva política empresarial, atraer a los pasajeros sea como sea? ¿Frenar para contemplar al que corre, detenerse fuera de la parada para que suban los desprevenidos?

Me ubico en ventanilla y miro en el celular los últimos mensajes recibidos.  Eso -mirar el celular- es algo que puedo hacer en casa, entonces dejo para después la curiosidad, el anhelo de encontrar algo interesante detrás del brillo verde de las notificaciones. Cierro el bolso y miro el paisaje. Empiezo por mis compañeros de viaje. Los tapabocas hacen que, para leer la pantalla, la cabeza deba inclinarse mucho , y la mayoría de los viajeros prácticamente se sumerge en sus celulares. Uno lee un libro, otro una revista. ¿Por qué cuestionarlo? Es mejor el intercambio con los amigos, la puesta al día con las noticias o un video divertido, que la gris compañía de las calles de la Aguada y el Centro, con sus cortinas metálicas sucias, casas en ruinas con carteles de SE VENDE y bares decadentes.

Mi padre decía que, después de treinta años recorriendo el barrio, aún encontraba cosas nuevas, y ese es el desafío: descubrir lo que no vemos. Fijar la mirada en otra cosa, estar atentos no solo a lo invisible, sino a lo visible. La filigrana blanca y negra en los tiradores de un señor mayor, la expresión soñadora del chofer, perdido en sus pensamientos, el raro peinado de una chica en shorts. Un árbol con flores anaranjadas, el arco de una ventana cerrada. Un león de cemento con la pata eternamente levantada. Veo a una mujer muy pobre dar monedas a un muchacho. ¿Será su hijo, que va a comprar algo en el almacén de la esquina, o solo alguien que pide, y ella comparte lo poco que tiene? Oigo una voz extranjera en la esquina, mientras esperamos que cambie la luz “No tengo seguridad, no tengo nada claro” dice. ¿Hablará de la seguridad social, de un sistema de alarma electrónico, o es una reflexión filosófica? Pienso en Leonor y su taller que incluye caminatas creativas por la ciudad. Tiene sentido que lo haga, en un mundo donde nadie mira más allá de un metro de distancia. Es sorprendente que no haya más accidentes; supongo que se ha desarrollado la capacidad de reaccionar ante la aparición súbita de una amenaza.

Es mediodía y la calle luce apenas poblada. La gente camina con lentitud, como desperezándose. Leo un graffitti ingenioso, y oigo una cumbia que anima la espera de un cuidacoches.

En el asiento de atrás, una señora cuya cara no veo, intercambia mensajes airados con alguien de su familia. Siento el sarcasmo y la rabia, pero no retengo las palabras, masticadas con fuerza, que se refieren a su mundo privado. En la puerta del Palacio Legislativo hay un ómnibus del SINAE[1], rodeado de vallas amarillas. Parece difícil llegar hasta allí, y de hecho no hay ningún ser humano cerca. En las paredes que limitan la rotonda, las obras multicolores de los pintores callejeros embellecen el juego de los niños.  Son cuatro o cinco que se contorsionan en el cubo de metal, tan veloces que parecen ser más, una maraña de gusanitos traviesos para quienes el mundo es una aventura.

“Toda fe tiene su razón de ser” dice mi vecina de atrás, un poco más calmada. Su interlocutora le responde con un largo mensaje que no oigo, pero suena conciliador. En una de las nuevas plazas a mi derecha, leo un cartel: ESPACIO CALISTENIA. Allí los aparatos para ejercitar distintas partes del cuerpo no tienen usuarios ( quizás llegan al atardecer) y pienso qué hermosa es esa antigua palabra. Un borracho se tambalea semidormido en un banco, y una pareja toma mate contra la pared.  En el césped varios grupos de trabajadores comen de sus tuppers, y otros duermen la siesta a la sombra de un arbusto.

Hay casas que cambiaron de color y destacan entre las demás, orondas y frescas como una adolescente que va al baile. Las que aún son grises por el hollín parecen hundirse, como si la manzana las empujase hacia adentro. “Todo converge y el universo es uno solo, así que vos y mi tía están de acuerdo, al menos en un punto” dice la señora de atrás y ríe, por lo que deduzco que el altercado terminó felizmente.  Hay parejas de jóvenes hurgando en los contenedores. Me bajo frente a un puesto de tapabocas, y me descubro juzgando la belleza y originalidad de éstos, algo que nunca imaginé que sucedería. Anoto en mi agenda comprarme algunos nuevos: el que tengo fue elegido para un uso breve y esporádico, y ya está desflecado y con el elástico flojo. Si bajo la cabeza para leer el celular, se me cae; y es por eso que, en realidad, vi y oí estas cosas.


[1] Sistema Nacional de Emergencias

El hombre en la azotea, el alcohol, la vecina

Un hombre extraño en la azotea, a menos que sea un obrero de la construcción, es sospechoso. Pero el que está frente a mi ventana es demasiado viejo para inspirar temor. Lleva saco, un sombrero, un bolso colgado al hombro. En eso llega otro, joven, corpulento, que lo agarra por las piernas y lo inmoviliza. “Su cómplice”, me digo. “Hizo algo mal y el otro lo controla”. Un vecino se acerca por la azotea, y surge la verdad: es un interno del hogar de ancianos, que quiso escaparse.  Alguien trae una escalera. Lo convencen de bajar. Tiene un pie magullado. Había subido por un árbol hasta el techo, y luego saltó un metro en el vacío hasta la casa vecina, donde lo detuvieron. Los responsables del hogar piden disculpas por la intromisión de su paciente en las tranquilas azoteas del vecindario. “Él siempre quiere irse”, dice una vecina. Desde que comenzó la cuarentena, los viejos no pueden salir al jardín delantero, y las ventanas están siempre bajas. No sé si el señor quería volver a una casa de la que fue expulsado, buscar suerte en la de un amigo, o simplemente caminar por la calle y detenerse a descansar en una esquina. Ojalá no haya perdido la ilusión, y e intente otra vez huir, cuando su pie sane.

El vendedor ambulante comenta la situación con el kiosquero, como si fuera una novedad. “No hay fútbol por el coronovirus, no hay clases por el coronavirus. No se vende nada por el coronavirus.” No creo que esté al tanto de la situación en New York ni en Madrid, ni que lea las estadísticas de contagiados, muertos y recuperados. Sin embargo no sabe menos que nosotros: que apareció de pronto, cambió la vida cotidiana, y no sabemos cuándo pasará. Entiende que debe convivir con él y adaptarse, de alguna forma, para sobrevivir.

En el día 6 de la cuarentena, el señor hizo la cola en el supermercado con una botella de aceite y otra de whisky. Al llegar a la caja, pregunta si puede llevar dos, y se va muy feliz con su provisión de alcohol para soportar el encierro. Ayer volví a verlo: se dirigía a la góndola de bebidas alcohólicas. Quizás se lleve dos botellas más. Quizás tres.

La señora no sale de noche: es peligroso. No va al bar: es pecado. Bailar es una actividad desconocida. En verano usa camisas de manga larga. Nunca se suelta el pelo. No habla con extraños: es riesgoso. La función principal de las manos es el lavado. Jamás una caricia, un apretón, o un masaje. Los besos son algo que ocurre en los videos. Mira con reprobación a los que se juntan a charlar en la esquina. Era la típica mojigata: miedosa, conservadora, intolerante. Alguien a quien no tendríamos en el círculo de nuestras amigas. Hoy todas nos parecemos a ella.

Una vitrola, el carro, la merienda

Un hombre camina con una vitrola al hombro. Se detiene en el semáforo en rojo y la deja un instante en el suelo, entre las piernas. Cruza 18 de julio y sigue hacia la rambla. ¿La llevará hacia su próximo dueño? ¿Será su único tesoro? ¿Alguien se la regaló o le pagó con ella un servicio prestado? Lo miran los escasos transeúntes, los pocos que siguen en el ómnibus, quizás alguien que mira la calle desde una ventana.  En la cotidiana conversación nocturna, cuando decida no hablar más del coronavirus hasta mañana, contará que vio un hombre con una vitrola al hombro, caminando hacia el sur.

En la tercera semana de “distanciamiento social” la gente hace cola en los cajeros, tiene cara de fastidio, camina con temor de no cumplir el mandato gubernamental y social. Hay tiendas abiertas donde las vendedoras miran la calle con tristeza. Si no entra nadie, ¿por qué las tienen allí? Sería mejor estar de cuarentena, como tantos que trabajan desde sus casas. Si no entra nadie, sus puestos de trabajo peligran. Para quien gana un sueldo escaso, el seguro de desempleo no es un consuelo sino una amenaza.

Cuatro jóvenes conversan en una esquina, y los que pasan miran con envidia. ¿Cuatro es aglomeración? Tres no y cinco sí. El cuatro queda en el límite, como un desafío.

___________________

En la madrugada pasan carros tirados por caballos. Vienen, como todas las noches, a rescatar lo que para otros es deshecho y para ellos comida o mercadería. Los residuos de la ciudad les han contado las noticias: las fábricas no producen, los comercios no venden, la gente cocina en sus casas. A varios metros del suelo, su aliento no se mezcla con el de los contagiados que van por la vereda. Lavarse las manos es una consigna lejana. Ojalá sus pulmones sean resistentes, y se salven al menos de esta peste.

________________________

“Hoy dimos 49 meriendas” dijo mi hermana. “La mayoría inmigrantes…todos muy agradecidos por un pedazo de torta y un vaso de leche”. El resto del mundo intercambia videos con variados consejos y sabias palabras en las que inspirarse para tolerar el encierro. Adivinanzas. Juegos. Recetas. Algún poema. Largas declaraciones que nadie leerá. Promesas para cuando “esto” termine.

Ratones, uvas, miedos y silencios

A las siete de la tarde ya está oscuro. El otoño no ha llegado, pero la lluvia y el coronavirus traen visiones de invierno. En la puerta me topo con dos hombres: uno lleva un traje de gala desflecado, que no sé si perteneció a un pituco de otras épocas o fue parte de un vestuario teatral. Una galera desfondada rodea su frente (¿el disfraz sería de un mago?) y unos bigotes oscuros tapan su boca. El otro es joven, lleva una camiseta rayada y un brazo extendido. Me muestra la palma de la mano: en ella hay un pequeñísimo ratón acurrucado. Lo miro con sorpresa y me pregunto si se parece al Topo Gigio o a un asqueroso bicho subterráneo. “Ay, Ay, qué asco, ¡un ratón!” remeda la frase que yo no dije, con la voz que no usé. “Vio, señora” dice el de la galera, “si fuera como dicen, que el virus ese anda en el aire, el ratón estaría muerto”. Ambos caminan a mi lado. ¿Me pedirán dinero o me tirarán el ratón encima y me pedirán dinero para sacármelo? “Es un ratón de laboratorio” dice el que lo lleva en la mano. “Ah”, contesto, y vuelvo a mirar al ratoncito blancuzco, que está sospechosamente quieto. No parece de plástico. Creo que sus ojos se mueven. En la esquina nuestros caminos se separan. En la vereda de enfrente pasa alguien que promete más que yo. Le piden algo para darle de comer al ratoncito. No escucho la respuesta.

——-

Vemos pasar los ómnibus semivacíos. Mucha gente no ha ido a trabajar. El dueño de la verdulería está contento: “Se mueve, porque la gente tiene tiempo y cocina. Para no aburrirse y porque es más sano.”

Ha subido el precio de los limones, que suman a sus virtudes la de amortiguar la gripe. Pasan jóvenes y viejos con tapabocas celestes, y nos miran como si fuésemos radiactivos. La peluquera se ha quedado en casa, la veterinaria está aún abierta. Lo que más se nota es el silencio.

——-

Encuentro polillas escondidas entre las plantas, salen de los armarios, revolotean sobre la mesa. Unas golpean el vidrio, con ganas de pasar de la oscuridad a la luz. Otras vuelan por la casa como si fuera propia. Alguien dice que es la época, que en otoño hay que fumigar para exterminarlas. Temo que coman mi piano, o que le hagan un pequeño orificio capaz de destruirlo en poco tiempo. Si no fuera por el coronavirus, ¿las habría visto? ¿Habrían venido? No sé por dónde entraron.  Ni cómo nacieron, adónde van, qué quieren.

——-

El joven dominicano que trae el pedido habla como un uruguayo. “Estamos trabajando más que…” y no le sale la palabra justa. “Antes, más que antes” lo ayudo. “Sí, más que en una situación normal.”

—–

“Quisiera sacar todas las uvas antes de que se pasen de maduras, y larguen ese olor que atrae a las ratas”, dice mi madre. Esta vez no será fácil. Antes lo hacía un hombre que se sentaba en la puerta del bar, que ahora está cerrado. No sabe su nombre ni tiene su teléfono.

“No quiero que se llene el patio de ratas. Es a lo único a lo que le tengo miedo”. Yo sé que no es verdad.

Otro viaje al aeropuerto

La camioneta llega al hotel a la hora prevista. Está casi vacía: una muchacha rubia es la única pasajera, sentada detrás del conductor. Ambos conversan. El conductor termina una frase antes de abrirme la puerta, y por temor a interrumpir algo, me siento detrás, junto a la ventanilla. El examina cuidadosamente el papelito que le tendí, con los detalles del viaje: 24 dólares hasta el aeropuerto La Guardia. Temo que haya algún problema, y le digo que me lo dieron en el hotel. Le saca una foto que envía por WhatsApp y emprendemos la marcha.

Me dispongo a mirar por la ventana el paisaje del Upper West Side a partir de la calle 98 hacia Harlem.

Ella se da vuelta y me dice que se llama Sarah. Veo que él lleva la conversación, ella se limita a decir Yes….Ahah…Maybe..Él habla solo para ella. Dice que estudia filosofía. Que su fuerte es la filosofía feminista, a la que dedica el 75% de su tiempo libre. Comienzo a prestar atención.

“En el iris de una mujer se puede ver la cara de dios”. Tomamos First Avenue, y conduce con la mano izquierda. Con la derecha busca una foto de mujer en su teléfono, que muestra a Sarah. Luego hace innumerables clics sobre ella hasta encontrar las pequeñas líneas blancas del iris, insertas en la pupila como ejes que terminan en círculos algodonosos. Nos acerca el teléfono para que lo veamos con claridad, y nos quedamos con la duda de si para él esa es la cara de dios, o se trata de una metáfora. Ni ella ni yo pedimos aclaraciones. 

“En Australia hubo una civilización hace cinco mil años y quedaron huellas en las paredes de las minas. Las que labraban los dibujos eran mujeres, porque los hombres andaban por ahí cazando. La mujer estuvo en el principio de todas las cosas”.

Abandonamos la First Avenue y comenzamos a circular por calles en reparación. Veo que vamos en sentido contrario al aeropuerto, y supongo que es un camino que conocen los choferes.

“Si un hombre de cuarenta años está solo y vive con su madre, es porque no entiende cómo es el mundo, cómo son las mujeres.”

“Interesting, interesting” dice Sarah a cada rato. Mueve su cabeza y mira con preocupación hacia afuera, igual que yo. Hay muchos restaurantes que ofrecen pizza y sushi, en un combo inusual. Hay sol y flores en los balcones, comienza la primavera. Suben dos pasajeros más, que se ubican al fondo. En el minuto en que nos quedamos solas, Sarah se da vuelta y me dice que cree que está loco. Coincido con ella. Va a Australia a visitar a su mamá, de sorpresa. Tomó la camioneta porque tenía varias horas antes del vuelo, igual que yo. Faltan solamente tres pasajeros para completar el cupo, dice nuestro chofer.

Cuando un vehículo se cambia de senda e invade la nuestra, él le grita, se adelanta hasta quedar frente a la ventanilla del infractor y lo insulta. Sarah y yo nos miramos tímidamente, abrimos y cerramos los ojos en señal de asombro. Entramos en zona de rascacielos, donde además del vidrio hay mucho verde. La gente almuerza sentada en los escalones y luce contenta. El tráfico es cada vez más pesado, y nuestro camino más lento.

Llegamos a Middtown, un lugar de recogida que debería ser previo al mío y al de los dos últimos pasajeros.

Miro las escaleras de incendio, tan visibles y poco usadas. El chofer dice que se equivocó de calle, por culpa de sus estudios de filosofía. Media hora de viaje y estamos mucho más lejos que al principio.

Retoma su discurso feminista, ahora a media voz.

“La intuición es algo que los hombres no tienen y esto permite que las mujeres dominen el mundo. No es cierto que las mujeres son débiles y sometidas, son ellas las que hacen lo que quieren con los hombres. Eso es porque estamos en la era de Acuario, una era femenina.”

“Tú vas a oír que un hombre le pegó a una mujer, la lastimó. Esto lo hace porque es débil, estúpido. La mujer casi nunca le pega a un hombre, porque es más inteligente”

Prende la radio y un furioso hip hop llena el espacio durante diez minutos. Sube otra pasajera, que se queja por la demora. Faltarían solo dos, que ojalá viajen juntos. Nos detenemos frente a un edificio, él baja y entra. Vuelve a los diez minutos, solo, y no da explicaciones. Sarah se angustia e intento calmarla. Le digo que en todo caso podemos bajar y tomarnos un taxi. Su vuelo sale media hora antes que el mío, y si lo pierde se queda sin conexión hasta el otro día.

“El cuerpo masculino está lleno de defectos, los hombres morimos antes, tenemos enfermedades que las mujeres no tienen, porque son perfectas. El hombre es una versión imperfecta de la mujer.”

De pronto se abre la puerta del fondo y nuestras valijas caen en el cruce de la Sexta Avenida y la 49. Un estrépito que hace gritar a todos. Se detiene el tráfico, viene gente a ayudar con la recuperación de las valijas.  Por suerte ninguna se abrió. A esta altura todos estamos nerviosos.

“Vamos a John F Kennedy, ¿verdad? pregunta luego de que sube el penúltimo pasajero, también con cara de fastidio. Nooo!, gritamos todos. Él consulta su celular y nos da la razón. Sarah pregunta si falta mucho para llegar. Los demás tenemos mucho tiempo antes del vuelo, pero ella no.

Se detiene otra vez en la First Avenue, baja a la vereda y llama a sus jefes. No le resulta fácil comprender las instrucciones, pide que le repitan, y dice que no le habían dicho eso. Mientras habla se saca el gorro y lo tira al aire, lo baraja y lo tira otra vez, como un malabarista.

Al parecer el último pasajero se fue por su cuenta, aburrido de esperar.

Finalmente llegamos, aliviados, al aeropuerto. Casi dos horas por unos pocos kilómetros. La próxima vez tomo el metro. Menos emoción, pero más confiable!