Quince minutos en la vereda

Caen gotas desde los altos árboles; llega el dueño de la casa en cuya puerta me apoyo y me corro hacia la derecha, me pregunto si debo abrir el paraguas o confío en la protección del angosto alero. Miro a quienes entran al bar, confiados; a los que se sientan bajo las tenues sombrillas, con la esperanza de que la lluvia sea pasajera y no interrumpa el café ni la charla.

Esperar es creer que las cosas sucederán de la forma establecida- un té bajo techo en buena compañía -y también imaginar que no, que habrá que hallar un camino sobre las baldosas mojadas, en silencio, irse a otro lugar, vivir el desasosiego, asumir que hemos perdido el rumbo o la cabeza.

¿Cuántas maneras hay de llegar hasta el mar? El parque cercano promete el verde vital y también el frío. ¿Qué destino ignoto lleva el ómnibus gris que pasa por la esquina? ¿Será que los charcos anegarán los zapatos, que algún mármol oculto en el cemento nos hará resbalar, que el agua empañará los anteojos?  Quizás haya un jardín a la vuelta de la esquina, alguien toque el violín junto a la ventana abierta o nos salude desde un balcón. ¿De qué color serán los gatos arrebujados en los pretiles? ¿Hay dinero en nuestro bolsillo para abordar un taxi, el gps nos indicará un lugar cercano donde resguardarnos, o nos atreveremos a caminar sin rumbo, sin plazo, hasta cansarnos?

En la vereda de enfrente, el cuidacoches se guarece en un alero tan exiguo como el mío. Su espera es otra: que los clientes del bar terminen su café y saquen de sus bolsillos la moneda que le corresponde.

“No pasará mucho hasta que la felicidad venga a saludarme”, canta BJ Thomas, y “estas gotitas son un momento de haraganería del sol, que no hace bien su trabajo.”

En la mesa junto a la puerta del bar, una chica habla con pasión del lomito canadiense y explica sus características a tres amigas que la escuchan con el mayor interés. Me distraigo con un auto antiguo que pasa, majestuoso y frívolo. En la esquina un coro de bocinas anuncia un choque que no sucedió, y el consiguiente intercambio de acusaciones. Vuelvo a la charla de al lado, que ahora versa sobre los bizcochos: me sorprende tanto rigor sibarita, tanto entusiasmo compartido por la masticación. Me alegra comprobar que la ráfaga de contenidos de internet no impide la conversación pausada sobre detalles nimios, con los que se construyen las amistades.

Miro el reloj para decidir si es prudente irme, o preguntar.

El fin de la espera inaugura un tiempo sin medida, por un rato.

Sueños variados, las 24 horas.

Una ciudad que se precie debe tener su buena porción de “abierto las 24 horas”. Hay quienes no duermen para que los demás podamos hacerlo, bendecidos por la tranquilidad de que no falte nada, y si falta, allí lo encontraremos. Un caño roto, internet que no funciona, un dolor de cabeza o un encuentro sexual inesperado, la llave perdida, el hambre y la sed: todo está cubierto. También la reparación de motos, camiones o cualquier otro vehículo, salvo los zapatos, creo. La vida es corta y no podemos perderla esperando que, al amanecer, abran los comercios. Desde que el delivery es una circunstancia socialmente aceptada, podemos recibir lo que pedimos sin tener que salir de casa: alguien no duerme para que nuestro insomnio sea más llevadero.

Nancy Sinatra, diva efímera, canta el tema principal de Solo se vive dos veces: “Una vida para vos, la otra para tu sueño.” No se refería a dormir, algo en lo que se nos va gran parte de la vida, sino a imaginar, a vernos en mundos que casi siempre son este, pero con algunos cambios. Un trabajo mejor, la salud sin problemas, aquel amor tan ansiado, un viaje al otro continente, un examen aprobado. En la espera de esa conversión del sueño a realidad, que según la canción depende del propio soñador, alguien escribió en la pared: “San Francisco, te pido un milagro”, buscando quizás una vía más expeditiva. Nancy no decía toda la verdad:  solo podemos coincidir con la canción si aceptamos que la sucesión de ilusiones que nos acompañan en la vida son un largo sueño que asume distintos aspectos. Cualquiera diría que, en realidad, vamos cambiando de sueño. Si no podemos cambiar de cara o mentalidad, de clase social o altura, podemos soñar distinto cada vez.

El saco a cuadros y los pantalones anchos eran moda en los 80, durante la juventud del hombre que los sigue usando un domingo de setiembre, 40 años después. De su mano izquierda cuelga una bolsita de nylon con un par de esferas de colores. No logro ver si son una mandarina y una ciruela, o dos ovillos de lana. Me acerco y veo que son rosas pequeñas: una amarilla y la otra rosada, con algunas hojitas desmayadas a cada costado. ¿Serán una ofrenda religiosa, un regalo, o apenas un hallazgo callejero? Pienso en esta inconstante primavera. No nos llega el ramo de flores rozagante, espléndido, sino una pequeña muestra ahogada en una bolsa de nylon, rescatada por un optimista. Y la esperanza de que mañana sea un día sin nubes, y que, como aconseja Nancy, paguemos por nuestro mejor sueño, no precisamente dinero.

Grabados de Elisa Ríos @elisarios_eliss

Traducir el canto 4/9 Elisa Ríos

Traducir el canto 5/9 Elisa Ríos
Traducir el canto 6/9 Elisa Ríos

Hablar con desconocidos

No hablar con desconocidos ni comer nada del piso era una consigna casi universal de los padres a sus hijos durante mi infancia, ahora sustituida, quizás, por el “no cruces la calle mirando el celular”. Etta Jones también aconseja “cuando necesites algo más que compañía, no vayas con extrañas, ven conmigo” y en estas épocas de aplicaciones de citas sigue teniendo su valor ( y su ineficacia).

¿Cómo agrandar nuestro mundo si nos movemos siempre en el mismo círculo, por más querido que sea?

Hay situaciones más propicias que otras para conversar con alguien cuyo nombre no sabemos y probablemente no sabremos nunca: una espera desmedida frente a una ventanilla pública o privada, un accidente, un corte de luz o la rotura del ómnibus. Algo que no estaba en los planes ni fue anunciado en la televisión o las redes sociales, que impacta sobre el momento en que algunos extraños advierten que comparten una esquina, una plaza, un edificio.

El resto del tiempo, en general, lo pasamos callados. Los smartphones nos permiten dialogar con los lejanos y a la vez nos recortan la posibilidad de hablar con los cercanos.

“El atardecer de hoy fue muy pero muy hermoso” dice un chico con aspecto de rapero, sentado en el cordón de la vereda, a alguien que, del otro lado de la línea invisible que los conecta, recibe el mensaje con alegría y comprensión.

Si alguien nos dirige la palabra para otra cosa que preguntarnos por una dirección, en general nos cae pesado.  Mi sobrina, cuando era niña, creía que quienes no hablaban eran mudos o sordos. Ahora ya aprendió que no contestar es hacer de cuenta que estamos solos en el mundo y que éste, quizás, está demasiado poblado. Un par de auriculares y ya está: nos internamos en nuestro propio universo.

Cuando Elisa canta, un pájaro con el pico deforme se detiene en su ventana y escucha.  Una torcaza hizo nido en el alero de Inés, y un zorzal saluda cuando sale al jardín. A causa de los agrotóxicos, dicen, hay más pájaros que antes en el Montevideo urbano, y con un poco de paciencia podemos esperar que vengan, si no a oír nuestro canto, al menos a acercarnos el suyo. Como los desconocidos, vienen y van sin decir su nombre.

 Otros nos esforzamos por entender las conversaciones a nuestro alrededor, oir algo interesante, retazos de frases que permanecen en la memoria y convocan imágenes y recuerdos. Hablar con amigos es de las mejores cosas de la vida; charlar con extraños, también.

fotos de Agustín Ríos @era.un.arbol

Sombras y poco más

Foto de Agustín Ríos @era.un.arbol

Tristán Narvaja está vacía de puestos callejeros. Los libreros, dada la sensibilidad de su producto al agua, han clausurado las mesitas al aire libre. La llovizna reduce la calle a un paseo sin misterios, sin riesgo de manoseo o robo, para tranquilidad de la concurrencia. Queda el consuelo de las vidrieras con gatos y ofertas inesperadas. No es el precio lo que tienta, sino la rareza de algunos libros expuestos.

La tapa celeste de Elogio de la sombra de Borges parece irradiar luz. Uno de los versos del libro, que habla de la ceguera y la vejez, dice “el animal ha muerto o casi” y no me suena convincente. El japonés Tanizaki también escribió un libro con ese título, que analiza cómo, en cada lado del mundo, la luz y la sombra del espacio habitable se valoran de forma diferente. Sombras y luces se alternan en las preferencias de los que viven en las antípodas. También es así para nosotros, aunque no lo aceptemos así nomás.

 Al mirar el rombo oscuro que proyectan los edificios cuando se asoma un sol debilísimo, no pienso en ellos sino en el distinto valor que la sombra ocupa a lo largo del año. En unos pocos meses pasa de ser refugio y alivio a castigo y amenaza. En invierno casi todos caminamos por la vereda del sol, y miramos con extrañeza a los que insisten en la opuesta. ¿Será que no tienen frío? ¿Será que no se han dado cuenta de que una vida mejor es posible, del otro lado de la calle? Quizás desdeñen el pequeño bienestar de un poco de sol sobre el cuerpo, o estén muy ocupados en otros asuntos. Hay bichicomes en ambas veredas. Los que permanecen a la sombra lucen algo más destruidos que los otros.

En una esquina, una pareja de ciegos canta con entrega y disonancias una canción de amor, de un amor posible. Una adolescente con su hijo en brazos los escucha atenta: para ella esas palabras iluminan la fría mañana, dan sentido a sus emociones. El amor se muestra como una luz, y ella está de acuerdo. Nacha Roldán, cantante olvidada, le canta, en cambio, a la conveniencia de ser sombra, sin parecer sombría: hay cosas y seres a los que mucha luz les dificulta o impide la existencia.

Estamos en épocas de sombras alargadas; así lo dicta nuestra posición en el mundo y la tiranía de ese sol que hace más o menos lo mismo desde hace millones de años. Me vuelvo con un Elmer Mendoza nuevo, a precio de oferta: así funciona el mercado los días lluviosos. Allí encontraré sombras, de distinto tamaño e intensidad, y alguien que busca un poco de luz, con éxito relativo. Como cualquiera en estos días.

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Cuando los días se alarguen

En esta época del año, desde que tengo memoria, mi madre dice “Falta poco para que los días comiencen a alargarse” y siempre es difícil refutar esa verdad, más difícil que creerla. A partir del 2 de julio- dentro de dos semanas- cada jornada comienza unos pocos segundos más temprano. En cien horas termina el otoño, una estación que no cuenta con mis preferencias, y comienza algo peor, el invierno. Repito la frase de mi madre como un mantra, y me dispongo a cubrir mi cuerpo con varios kilos de ropa hasta que la luz crezca a una velocidad mayor.

“Las ilusiones pasadas yo no las puedo arrancar…” Gardel canta desde la radio con su voz de eterno verano, un tango adecuado a los días grises de sus desventuras. Le habría venido bien oir la tenue voz de Dionne Warwick preguntándose “¿Qué consigues con enamorarte, además de un montón de gérmenes que te traerán neumonía?”, pero no, la ironía no permeó nunca sus letras. Esa canción es válida para los personajes gardelianos, y mantiene su actualidad. El pánico ante el contagio ha disminuido drásticamente la cantidad y calidad de los besos, tanto apasionados como amistosos. Un encuentro de manos se percibe como una amenaza o una falta de consideración. En la calle se advierte el movimiento del trabajo, pero la vida social sigue en pausa.

Invito a X. a caminar un rato, pero prefiere ir a tomar algo. Arreglamos para merendar en una confitería del centro, “porque allí es grande”, dice. Y como efectivamente, es grande, está lleno de gente en busca de un sitio seguro. Caminamos durante dos horas en busca de un lugar adecuado, lo suficientemente vacío como para darle seguridad y lo bastante hermoso como para merecer nuestra estadía. Dos condiciones que no se dan en simultáneo, algo que el cansancio permite comprobar.

Llamo por cuarta vez a Z., y como la gula y la lectura compulsiva son sus pecados más asiduos, prometo manjares exóticos, ofrezco en préstamo libros raros que no poseo.  “Estamos en una mala conjunción planetaria”, me explica. “Hasta el 22 no voy a salir de casa, porque algo terrible puede sucederme. Y te pido por favor que vos también te cuides.” Salgo a la calle y miro con desconfianza los semáforos. ¿Será que los conductores siguen de acuerdo en obedecerlos? Miro hacia arriba y veo un cielo claro, donde ningún planeta es visible, aunque estén allí.

W. siempre avisa con por lo menos doce horas de anticipación que no podrá asistir a nuestra cita, y a veces eso se da en la madrugada. “Perdón, no sé qué me pasa, pero prefiero cambiar para otro día”. Agendamos un lejano jueves de la semana próxima, algo que hacemos desde abril, y me pregunto si, una vez que se produzca el encuentro, nos reconoceremos.  

Y. quiere, en vez de un café, hablar por Zoom. Esta vez soy yo quien no acepta. Contrataca con Google Meet. Apela, como último recurso, a una conversación con cámara de Whatsapp. Transamos en una llamada telefónica e intercambio de fotos. “Qué suerte que la tecnología nos permite comunicarnos!”, dice.  

Me quedo pensando que eso es tan cierto como que dentro de muy poco, los días comienzan a alargarse. Y mientras tanto y después, los días breves y el frío.

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Cantar y bailar bajo la lluvia

No es fácil zapatear bajo la lluvia; Gene Kelly lo hizo hace setenta años y lo seguirá haciendo cada vez que alguien vea la escena más famosa de Singing in the rain,  donde el agua es una amable y tibia caricia que ni siquiera le hace cosquillas al colarse por el cuello de su camisa.

¿Quién canta y baila bajo la lluvia fría del último mes del otoño? El viento ha tirado las hojas amarillas, que se amontonan en las veredas como un manto colorido. A lo largo de 18 de Julio, el gris de las cortinas metálicas se ve interrumpido tanto por los graffitis como por los carteles de SE VENDE O ALQUILA. Algunos esperan el ómnibus, otros pasean a sus perros. Una mujer lleva una camiseta gastada donde se lee con dificultad: “Vive mejor, ríe más”. Hay otra línea oculta por la gabardina que tal vez dice “ama sin temor”. Pasea a su perro y su expresión indica que no ha seguido correctamente las instrucciones de la camiseta.

En las esquinas vacías hay campamentos húmedos que sus habitantes se esfuerzan en proteger, ubicando los colchones contra la pared. La lluvia, acá y en el norte, es siempre fría, y salvo que sea bajo un paraguas, en un set de grabación, o después de una larga sequía, nadie baila o canta cuando la siente sobre su cabeza. Ni cuando el viento desvía las gotas desde la perpendicular y las arroja sobre los que se protegen en los aleros. Los montevideanos se han quedado en sus casas hoy, y en las calles solo quedan los que no tienen a dónde volver, y los días y noches del otoño son más largas, mucho más largas, para ellos.

Nadie canta bajo la lluvia: quizás maldiga, quizás suspire; la música de las bocinas tampoco suena en las calles mojadas. Al pasar, veo en una esquina la cara de alguien que conozco: no es un amigo, ni un vecino, quizás alguien que frecuentaba los mismos lugares que yo en otros tiempos, o alguien con quien me cruzaba en la parada o en un cumpleaños. Muchas de esas caras apenas conocidas se han disuelto en la memoria, en estos dos años de encuentros pautados. El universo de los saludos ha menguado. El fugaz recuerdo de los apenas conocidos fue tragado por la presencia de los más cercanos, y no existió la oportunidad de mantener o hacer crecer esos vínculos.

Hace mil años, los cortesanos japoneses intercambiaban poemas donde el amor, el paisaje y el estado del tiempo eran los temas habituales. Son miles de versos cuyos autores son dudosos; abundan las atribuciones, y los nombres carecen de significado en el Montevideo del año 2021.  La lluvia, que interrumpía el encuentro de los amantes, inspiró incontables versos.  Shiria Chi Kawa, dama de compañía de la emperatriz Akiko de la era Heian, escribió:

Cuento los días desde que te vi

Hasta que empiezo a medir

Los que faltan hasta volver a verte.

Mil años después, me pregunto si esos versos eran para quien amaba, o se referían a la primavera o al cielo claro después de la lluvia. Qué importa, en realidad podemos elegir a qué atribuirlos, sea lo que sea.

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Música involuntaria

En la peatonal Sarandí, alrededor del Registro Civil, nos aglomeramos los que, a causa de las restricciones, no podemos juntarnos en la oficina y presenciar directamente la ceremonia del matrimonio civil y obligatorio, etc.  Por cada pareja dispuesta a casarse hay un grupo de ocho o diez personas de toda edad, aunque la mayoría son jóvenes. Todos van vestidos de fiesta, o para una ocasión especial: algo novedoso en días donde la pandemia empuja hacia la blusa cómoda y el pantalón amplio. Observo atuendos deslumbrados por la mañana radiante, tímidos ante la inmensidad de la calle o ansiosos por volver a sus armarios oscuros.  También son inusuales los peinados, las joyas colgadas de cuellos y lóbulos, los tacos brillantes, las corbatas vistosas.

 Todos se muestran alegres y afectuosos entre sí, rodeados de idéntico jolgorio. Me detengo en ese sonido raro, como si en un año hubiese olvidado el efecto de un montón de voces en un lugar pequeño. Cada grupo tiene su propio sonido; en unos sobresalen voces masculinas, en otros, agudos gritos infantiles, la voz cascada de las fumadoras o el arrullo entusiasta de las amigas. Si me acerco, distingo el resumen sonoro de cada grupo, pero las miradas me apartan, me dicen que los lugares son escasos y no se admiten extraños. Al alejarme, oigo un conglomerado de ruidos indistintos. 

Alguien dice una frase breve, los demás responden con risas, con aprobación, con tres o cuatro palabras; y así enhebran conversaciones que solo ellos entienden, como si cada pareja perteneciese a su propia tribu, con su propio dialecto. Cuando los novios entran al edificio vidriado (el paso es controlado con rigor por los porteros, que dejan pasar cédula en mano) los grupos se dividen en grupitos para esperar que allá arriba, invisible, se produzca el acontecimiento civil que los convoca.

El ruido del tumulto me agrada: hace mucho que no oía los sonidos complejos, ensamblados arbitrariamente, de los humanos en la calle. Pasearme por los sinuosos y estrechos corredores entre grupo y grupo es una experiencia musical. En sentido estricto y convencional, no es música; pero al entrar por mis oídos activa los mismos circuitos que una melodía, que un ritmo folklórico. Se advierten los cambios de textura y volumen, la fuerza de lo homogéneo y la riqueza de lo distinto.  No es un coro y las voces no están ordenadas jerárquicamente; es una nube sonora de la que escapan gritos de niños y risas de hermanas, sobre el bajo continuo de un señor apretado por su camisa blanca, que brilla al sol de la mañana.

No se distinguen las palabras, aunque el ruido proviene de ellas. Hay un rumor constante, con instrumentos que se detienen para que la voz solista rote entre la pared del registro y la opuesta, alrededor de las palmeras, y se diluya hacia las esquinas vacías. Es un ruido muy alto para ser murmullo; incluye palabras aisladas, risas como ráfagas, carcajadas que emergen con fuerza mientras los demás gorjean y unen sus cabezas para decirse lo que no quieren que otros oigan. No faltan los que esperan contra la pared en silencio, como los percusionistas con intervenciones puntuales en el concierto.

Temo que este ruido termine, que la ceremonia no sea solo invisible, sino virtual; que se convierta en un episodio para ver en pantalla, monótono y desabrido como la voz de los jueces enumerando los artículos del código civil.

Alguien otea y anuncia “ya vienen”. Los celulares se elevan, los puños aprietan montoncitos de arroz para tirarlo en la cara de los contrayentes. Hay aplausos ante el beso, la luz es propicia para las buenas imágenes y cada grupo se aleja en direcciones diferentes.

Llegan otros novios, otros grupos, otra música.

fotos de Ileana Silva. Gracias a Gabriela y Román por las manos y la ocasión.

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Violetas para El Astillero

El periodista, escritor y amigo Federico Medina me invitó a escribir una carta para su programa radial “Un millón de amigos”, en radiomundo 1170. El pasado 10 de abril, Leticia Ramos la leyó e hizo que pareciese mucho mejor de lo que es. Agustín Ríos sacó las fotos. Quienes conocen El Astillero se divertirán un poco; ojalá no se aburran quienes no lo han hecho, y aprovechen la oportunidad de acercarse a ese gran libro.

 Abajo está el link al programa, que vale la pena escuchar y seguir.

Sra. Angélica Inés Petrus

Estimada Anyi:

Te llamo así porque los nombres largos ya no se usan tanto. Como el mundo anda más rápido, todos tenemos diminutivos.

Nos costó encontrar tu dirección; desde que el astillero fue convertido en un shopping, nadie ha sabido de ti. En el contrato de compra/venta aparece la dirección de una pensión de la Ciudad Vieja, adonde te enviaremos esta carta.

 Siempre nos pareció muy injusto que Don Juan Carlos hablara de ti solo como la hija de Jeremías Petrus, y dijera que fuiste única, idiota, soltera;  que calificara tu risa como hipo, como tos, como estornudo. Mencionar tu cabello rubio y largo acentuaba esa imagen de heroína europea, etérea como una mariposa, con un cerebro acorde. No conocimos ninguno de tus pensamientos, solo tus acciones enigmáticas, que apenas aportan a definir tu personalidad.

Recordamos la incongruencia de tus largos y blancos vestidos. ¿Cómo hacías para tenerlos en buen estado, en medio del barro y la herrumbre del astillero abandonado? ¿Los colgabas al sol, con jabón? ¿Los lavabas tú misma, o le pagabas a alguien con tus escasos recursos?

Desearíamos conocer tu versión de los hechos. ¿Fue cierto lo de la conspiración entre Gálvez y Kunz? ¿Tu padre fue en realidad un estafador? ¿Larsen era inocente o simulaba serlo? ¿Por qué no lo denunciaste cuando supiste del robo de maquinaria? ¿Eran rusos los que compraban la chatarra? Lo dudamos, porque muchos han visto pedazos de chapa con la marca del astillero en las calles laterales de Tristán Narvaja.

Creemos que sabes bien cómo fue todo, aunque hayas mantenido silencio.

¿Estuviste realmente enamorada de Larsen o lo aceptaste por piedad? Con su calvicie disimulada por el sombrero y su sonrisa torcida, como lo define Juan Carlos, y su pesimismo acendrado, diríamos nosotras, no parece muy atractivo. Como sabes, él dijo que le dabas lástima. Si sabía que tu padre estaba en quiebra, no entendemos por qué te ofreció matrimonio. Más allá de su ambigüedad, no era tan mal tipo. Sinceramente, no lo creemos capaz de divertirse, ni aun a costa tuya. Era un hombre como tantos, en busca de trabajo y afecto, aunque sus antecedentes no eran los mejores.

Esperábamos verte en el entierro del Díaz Grey, ya que fue tu médico y tutor durante muchos años. Hay quien sostiene que estabas allí, oculta tras un gran paraguas negro, al final de la procesión; dicen que te fuiste del cementerio en la camioneta de la funeraria, sin saludar a nadie.

Santa María ya no es lo que era. Ahora recibe turistas, y eso ha cambiado un poco la idiosincrasia de la gente, aunque el espíritu pueblerino siga flotando en sus calles. Hay más automóviles y menos flores. La única librería cerró y en su lugar hay un puesto de comida al paso. Por suerte, se ven más músicos y bailarines. En la plaza hay un monumento a tu padre, pero el pedestal es demasiado alto, y quienes pasan a su lado pueden ver solo las piernas.

Ojalá en estos años hayas encontrado un verdadero amor, o hayas disfrutado de otros un poquito falsos. No hay nada malo en ello. Ojalá el perfume de las violetas no te recuerde a Larsen, y si lo recuerdas, que sea sin tristeza.

Esperamos que nos contestes, y también verte aparecer en otro escenario, con un poco más de protagonismo y menos amargura.

Hasta pronto, abrazos

Cecilia

https://open.spotify.com/episode/6EXhWKG38vuG6YSd4DdkV0

Fotos de Agustín Ríos @era.un.arbol

En vueltas y sin Vuelta

El otoño, aunque no promete, nos ofrece algunas horas de disfrute. La luz de abril es hermosa. Cuando la ciudad está semivacía, los ciclistas paseamos con menos temor por sus calles.

La bicisenda de Bulevar Artigas, una de las más antiguas de Montevideo, ahora está señalizada con líneas blancas. Advierto que en la acera norte hay flechas indicando la dirección opuesta a la que llevo. Me da pereza cruzar, y a las ocho de la mañana el tránsito de dos ruedas es inexistente, aunque hay algunos ciclistas en la calle, quizás para sentir la emoción del peligro o porque creen que la senda es para señoras. Me atrevo por la prodigiosa y decadente Burgues y el túnel de plátanos sobre mi cabeza me hace sentir en el interior de una caja, con pequeños agujeros por donde pasan los rayos de sol. Pienso en el verso que la Inteligencia Artificial creó, luego de leer millones de poemas: te entrego esta caja de luz que una vez fue un árbol. Es hermoso, pero cualquier adolescente sensible podría escribirlo, sin mayor esfuerzo informático. Con tantos poetas en el mundo, ¿es necesario demostrar que una computadora es capaz de crearla? Los programadores dicen que es difícil, y lo seguirán intentando, como cualquiera en procura de un verso memorable o una historia excepcional. Hasta que alguien les recuerde la relación costo/beneficio.

 Los talleres mecánicos y demás negocios vinculados al automóvil aún no se han apropiado de todas las fantasmagóricas mansiones de Burgues, rodeadas de selva, y me alegra poder mirarlas desde sus portones atados con cadenas: un paraíso de lianas y telarañas, donde lagartijas y pájaros tienen el almuerzo asegurado. Una de ellas parece habitada: advierto un discreto sendero rodeado de anticuadas hortensias, que se pierde detrás de una palmera, y leo el cartelito en el muro: MOMENTOS. Hay otro motel, un poco más pequeño, en la vereda de enfrente. La prostitución sufrió las consecuencias de la pandemia; y sin duda el ambiente no fue el mejor para los amores clandestinos, que completan la clientela de estos lugares. Aunque también es posible que el aburrimiento de la convivencia obligada haya impulsado a muchos a trasladarse allí un par de horas a la semana, si no por pasión, al menos para dormir una siesta sin interrupciones, tener una conversación telefónica privada o hamacarse en los colchones de agua.  A mis veinte años, había que esperar en un cubículo de cortinas hasta que se desocupase una pieza; entre beso y beso, escuché las conversaciones más inverosímiles. Los futuros amantes hablaban de asuntos financieros, de repuestos de autos, de leyes recién aprobadas.

Vuelvo por el mismo camino, esta vez por la senda correcta. En una esquina encuentro un grupo de jóvenes, cada uno con su celular a la altura del pecho, y pienso que están fotografiando un accidente. Al dar la vuelta veo que es una cola de media cuadra frente a una fábrica textil, con la esperanza de conseguir un puesto de trabajo.

En un semáforo, dos ciclistas profesionales lamentan la suspensión de la Vuelta.

  • Ya van dos años. Lo que me da miedo es que yo nunca pueda volver a competir, dice uno.
  • Nooooo, dice el otro con el más convincente de sus tonos, pero algo en su pedalear indica que tampoco está seguro.

No escucho el resto de su argumento, pero me alegra que vea esto como una catástrofe temporaria, y no como una montaña imposible de escalar en bicicleta.

Un par de señoras piadosas delibera junto a un bulto en el piso: ¿será que duerme, será que vive? Una deja una cajita de colet a su costado, la otra promete volver con algo que sobró de la cena. Ninguna dice: es un drogadicto, un borracho, un plancha, aunque no han visto su cara ni oído su voz.

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Quejas y calendarios

Hace un tiempo se hablaba de cómo los uruguayos soportábamos con paciencia – obsecuencia, inercia, cobardía, decían algunos- los abusos, tanto del panadero como de la policía. “Los uruguayos somos así, no nos quejamos” decíamos mirando las revueltas de otras ciudades, con gente trepada a los monumentos y esgrimiendo sus camisetas en protesta por tal o cual asunto que afectaba su existencia. Mientras espero mi turno, me convenzo de que eso sucedió en el pasado muy remoto, ya que los agendados para vacunarse a esta hora, todos de mi edad o mayores, demuestran saber muy bien cómo quejarse. Quizás no ante quién hacerlo, ya que el esforzado portero y la amable recepcionista son quienes reciben y sufren la queja, el reclamo o la protesta.

Veo un desfile de agitados compatriotas, a los que constatar que deberán esperar media hora más para ser vacunados les resulta un agravio. Cada uno plantea una situación particular y exige un trato especial, ya que las circunstancias lo perjudican en mayor grado que a los demás, que esperamos con paciencia. Dos o tres frases hechas y una actitud firme los hacen retornar a sus lugares, aunque algunos logran pasar, lo que despierta una ola de nuevas protestas, esta vez por la injusticia cometida. Hay quien intenta sosegar a los desesperados, explicando que quien pasó antes tenía una sola pierna, había cumplido 104 años o padecía una enfermedad más grave y contagiosa que el Covid.

Yo debería dejar mis pruritos y unirme a la actitud general, abandonar mi rareza y aceptar que también tengo impulsos irresistibles de intolerancia. Y decir, por ejemplo:

¿Ya terminó el verano? ¿Cómo es posible que, en este año especial, no nos hayan dado una prórroga, dos semanitas al menos? ¿Se suspenden las clases pero con el otoño hacemos como si nada?A mí me hace mucho mal el otoño.  Me entristezco, tengo pensamientos negativos. Lo peor es que nadie se hace cargo. Llega el 21 de marzo, se termina el verano y parece que acá no pasó nada. La prensa no se ocupa. Todo está mal organizado. Ya que gastan tanto en desayunos de trabajo y en acomodar la aplicación de las vacunas, ¿no se podrá incluir una pequeña modificación del calendario? Ya que los cultos religiosos siguen habilitados, recordemos que Gregorio XIII le quitó al mundo diez días, y sería justo recibir su devolución, si es posible actualizada. Quince días más de verano y todos contentos. Y el año que viene, vemos.

No sé quién me secundaría: veo a todos cómodos en sus abriguitos otoñales, con el paraguas bajo el brazo. Si alguien dijese: ¿qué tal tres semanas de otoño soleado, sin viento ni frío? yo aceptaría encantada, y dejaría de lado mis reclamos.

Otoño y horóscopo

Un día nublado, y todo cae en el pozo de lo gris. El verde de los árboles no alcanza a disimular las paredes despintadas ni los graffittis ininteligibles, casi todos los vehículos aportan su tono desvaído al paisaje y el humo se confunde con las nubes. La desazón me atrapa detrás de la ventanilla salpicada con gotas de una lluvia benéfica para los campos, amenazante para los demás. El problema del otoño no es la baja de la temperatura -que resulta agradable después del calor- ni siquiera los colores: al monocorde verde le sucede una variedad de cambiantes amarillos, morados, naranjas. El problema es que no promete, y sabemos que se acercan el frío y la oscuridad, y pestes variadas se sumarán a La Peste.

Para evitar la tristeza del panorama externo miro las cabezas embozadas de mis compañeros de viaje, y  no encuentro en ellos mayor diversión que comprobar una vez más que el celular les exige el silencio de una sala de cine. La fortuna no me regala una conversación, y levanto la vista hacia la pantalla ubicada tras el asiento de la conductora. Frases que se esfuman juegan con mi conocimiento acumulado. Me preguntan si sé cuántos músculos intervienen en la digestión y cuánto mide la jirafa más alta del mundo, me sugieren empapar mi piel con aceite de jojoba para terminar con las arrugas. A una serie de datos futbolísticos sucede una pantalla azul donde giran lo que parecen estrellas, pero no: son peces. Es el turno de la astrología, que indica que estamos en o bajo el signo de Piscis. La lista de virtudes de los nacidos en marzo parece larga y variada. Dice que son gente tranquila, paciente, amable, simpática, intuitiva y todo el mundo los quiere. En cálculos gruesos, representan el 8, 33% de la humanidad. Habrá que esperar los meses venideros para saber cuántos simpáticos, amables y sensibles hay en el 91, 67% restante. Entiendo que estos horóscopos nunca dicen que un grupo entero ( 8, 33%) son antipáticos, antisociales y violentos. O aburridos.

Para algunos el mundo está dividido en doce tipos de personas. Tienen suerte los que, al conocer la fecha de nacimiento de alguien, se hacen una idea cabal de lo que incluye su mundo. Con los ojos cerrados, ya saben qué lecturas prefieren, cómo huelen, de qué color se visten, con qué música se emocionan. Si escatiman su cariño, tienen celos excesivos, su piel es suave, se escabullen de las responsabilidades o de las papas fritas, son buenos en la cama o en los deportes de riesgo. Los que creen en el horóscopo no sufren la zozobra de quien se enfrenta, con miedo y curiosidad, a lo desconocido. “Que tengan un buen año, pececitos” dice la imagen final del video. Supongo que las pirañas, los tiburones y los extraños habitantes del suelo marino, aún recién nacidos, no entran en la categoría  “pececitos”. Pienso en las corvinas, los peces decorativos, las tarariras fluviales, todos diferentes. El agua sobre la tierra se presenta en muchas formas: lagos, mares, arroyos, ríos, cascadas, océanos. Es más divertido pensar que hay peces variados en cada uno de esos húmedos ambientes y que no son un conjunto previsible en un universo de doce opciones.

Los que pescan en la rambla sur conocen bien la diferencia entre los pescados comestibles y los tóxicos. Si alguno viajara en este ómnibus lo podría fundamentar, pero nadie porta una caña, y me quedo dudando de la verdad revelada, absoluta, del video astrológico.

Antes de bajarse, la vendedora de caramelos charla con la conductora del ómnibus sobre el cambio de clima: tema obligado en las conversaciones, tiempo atrás. Algunos, antes, pensábamos que hablar del tiempo era estúpido. Hoy escucho sus palabras con la avidez que demandaría una revelación vital, un chisme interesante, la confesión de un secreto . Quiero que en algún momento una de ellas diga que esto es pasajero, que volverá el calor, que saldrá el sol detrás de las nubes. Que después de todo es marzo, y que abril siempre fue un mes benigno. Que a pesar de la fecha, aún falta para el otoño. Pero se saludan, se desean recíprocamente una buena jornada, y vuelve el silencio.

Fotos de Nybia Ríos

Media tarde en la barra de Santa Lucía

En el kiosco de los panchos, dos hombres conversan sobre sus comidas favoritas. “Yo muero por los ravioles con tuco”, dice uno, “pero con estos calores no puedo comerlos”. Al otro no le gusta el tuco, pero sacrifica todo por un guiso de lentejas. Algo que tampoco es adecuado para el verano. Los dos se quedan en silencio, con el recuerdo de sus sabores amados, a los que volverán cuando baje la temperatura. Mientras tanto, se las arreglan con panchos.

En el restaurante, la pizarra en la pared otorga una gran superficie a la Ensalada Completa: lechuga, tomates cherry, rúcula, queso, jamón, aceitunas, berro, kale, ciboulette, huevo duro. Una profusión de ingredientes a los que yo agregué, en mi mente, el recuerdo de otros: chauchas, papas, zanahoria, remolacha, arvejas, porotos blancos, palmitos, granos de choclo. Fue esa idea previa del significado de “ensalada completa” lo que me lleva a elegirla; pero la realidad se ajusta, con precisión, al listado escrito a mano en la pared. Trago el último bocado de lechuga y sigo con hambre. Después de todo estoy a dieta, me resigno, y pienso con cariño en el kiosco de panchos.

El paseo a los humedales se frustra: apenas salir, el peso del sol sobre nuestros cráneos y la extensión de pastizales secos indican la inconveniencia de arriesgarse por los caminos de madera. Nos queda la orilla del río, que los fines de semana se llena de gente que disfruta de su picnic. Hay cinco árboles al costado de la rampa que lleva al agua, y cuatro están ocupados por parejas silenciosas. ¿Qué se dirán, si se dicen, al resguardo del calor insoportable? Tal vez disfruten del silencio en compañía, de la quietud. Nos ubicamos en el quinto árbol, que da sombra a los aparatos de gimnasia y miramos el río quieto, marrón, del cual llega una brisa benéfica. Los patos blancos se apretujan en el centro del río, para mojarse las cabezas o comer algo. Varios botes de madera, algunos con una pequeña cabina encima, descansan aferrados a sus anclas. A nuestras espaldas hay un parque de diversiones desmontable, de esos que recorren barrios y pueblos desde tiempo inmemorial, y lucen frágiles con sus juegos despintados, los fierros torcidos y el óxido que obstruye las junturas. Debe ser divertido subirse al gusano loco en el cual el amarillo es apenas un recuerdo, a uno de los autos chocadores tapados con lonas negras, o a la fragata sin velas que amenaza escaparse hacia el infinito cuando el endeble andamio que la sostiene se sacuda. Hay una especie de calesita de sillas, donde varias cuelgan de un solo cable en medio de las que aún funcionan. Faltan los niños que hacen de eso una fiesta, que no ven la decadencia, sino la posibilidad de girar en el aire durante cinco minutos, de reír a carcajadas. De sumar su alegría a la de quienes los han disfrutado por décadas.

Bajo un árbol, tres hombres jóvenes descansan apoyados en sus bicicletas y discuten qué hacer para obtener dinero. Uno propone vender asado de pescado, otro dice que es complicado, el último argumenta que nadie lo compraría. El primero, con una dicción campera, difícil de entender, jura que vio cómo la gente compraba el tal asado y los que lo vendían se llenaban de plata. Llega una pareja con bolsos y un niño de seis años; buscan la sombra y espero que se ubiquen junto a nosotros, del otro lado del árbol, pero se instalan un poco más allá, cuelgan sus cosas de una saliente de otro árbol y se tiran sobre el pasto. Me habría gustado oírlos hablar, conocer sus planes para la tarde.

El sol nos impide llegar hasta el puente, donde están los pescadores, los deportistas y los que buscan algo que comer en las entrañas ocultas del río.

Recuerdo una novela de Faulkner que leí a los veinte años: Luz de agosto. En ella la gente desaparece de día y revive al caer la noche, para huir un rato del calor, cosa que no logran, porque ese calor del verano es inexorable, en Yoknapatawpha y en Santiago Vázquez. La forma en que él contaba ese calor es inolvidable para mí.

 Los indígenas del trópico se recuestan a los árboles y permanecen inmóviles, en silencio, mientras dura la ola de calor. Nos hemos acostumbrado al aire acondicionado y al ventilador, pero, con un poco de paciencia, es posible comprobar la eficacia de ese antiguo método: respirar suave, mover solo los párpados, ser feliz cuando llega la brisa.

el universo y un viaje en ómnibus

La parada está vacía y casi pierdo el ómnibus, que venía en manada con otros, dispuesto a seguir de largo. La escasez de pasajeros que la “reducción de la movilidad” trajo ha cambiado la conducta de los choferes: los tres enormes vehículos disminuyen la velocidad al llegar a la parada, y me siento honrada por ese gesto de consideración. ¿Será una nueva política empresarial, atraer a los pasajeros sea como sea? ¿Frenar para contemplar al que corre, detenerse fuera de la parada para que suban los desprevenidos?

Me ubico en ventanilla y miro en el celular los últimos mensajes recibidos.  Eso -mirar el celular- es algo que puedo hacer en casa, entonces dejo para después la curiosidad, el anhelo de encontrar algo interesante detrás del brillo verde de las notificaciones. Cierro el bolso y miro el paisaje. Empiezo por mis compañeros de viaje. Los tapabocas hacen que, para leer la pantalla, la cabeza deba inclinarse mucho , y la mayoría de los viajeros prácticamente se sumerge en sus celulares. Uno lee un libro, otro una revista. ¿Por qué cuestionarlo? Es mejor el intercambio con los amigos, la puesta al día con las noticias o un video divertido, que la gris compañía de las calles de la Aguada y el Centro, con sus cortinas metálicas sucias, casas en ruinas con carteles de SE VENDE y bares decadentes.

Mi padre decía que, después de treinta años recorriendo el barrio, aún encontraba cosas nuevas, y ese es el desafío: descubrir lo que no vemos. Fijar la mirada en otra cosa, estar atentos no solo a lo invisible, sino a lo visible. La filigrana blanca y negra en los tiradores de un señor mayor, la expresión soñadora del chofer, perdido en sus pensamientos, el raro peinado de una chica en shorts. Un árbol con flores anaranjadas, el arco de una ventana cerrada. Un león de cemento con la pata eternamente levantada. Veo a una mujer muy pobre dar monedas a un muchacho. ¿Será su hijo, que va a comprar algo en el almacén de la esquina, o solo alguien que pide, y ella comparte lo poco que tiene? Oigo una voz extranjera en la esquina, mientras esperamos que cambie la luz “No tengo seguridad, no tengo nada claro” dice. ¿Hablará de la seguridad social, de un sistema de alarma electrónico, o es una reflexión filosófica? Pienso en Leonor y su taller que incluye caminatas creativas por la ciudad. Tiene sentido que lo haga, en un mundo donde nadie mira más allá de un metro de distancia. Es sorprendente que no haya más accidentes; supongo que se ha desarrollado la capacidad de reaccionar ante la aparición súbita de una amenaza.

Es mediodía y la calle luce apenas poblada. La gente camina con lentitud, como desperezándose. Leo un graffitti ingenioso, y oigo una cumbia que anima la espera de un cuidacoches.

En el asiento de atrás, una señora cuya cara no veo, intercambia mensajes airados con alguien de su familia. Siento el sarcasmo y la rabia, pero no retengo las palabras, masticadas con fuerza, que se refieren a su mundo privado. En la puerta del Palacio Legislativo hay un ómnibus del SINAE[1], rodeado de vallas amarillas. Parece difícil llegar hasta allí, y de hecho no hay ningún ser humano cerca. En las paredes que limitan la rotonda, las obras multicolores de los pintores callejeros embellecen el juego de los niños.  Son cuatro o cinco que se contorsionan en el cubo de metal, tan veloces que parecen ser más, una maraña de gusanitos traviesos para quienes el mundo es una aventura.

“Toda fe tiene su razón de ser” dice mi vecina de atrás, un poco más calmada. Su interlocutora le responde con un largo mensaje que no oigo, pero suena conciliador. En una de las nuevas plazas a mi derecha, leo un cartel: ESPACIO CALISTENIA. Allí los aparatos para ejercitar distintas partes del cuerpo no tienen usuarios ( quizás llegan al atardecer) y pienso qué hermosa es esa antigua palabra. Un borracho se tambalea semidormido en un banco, y una pareja toma mate contra la pared.  En el césped varios grupos de trabajadores comen de sus tuppers, y otros duermen la siesta a la sombra de un arbusto.

Hay casas que cambiaron de color y destacan entre las demás, orondas y frescas como una adolescente que va al baile. Las que aún son grises por el hollín parecen hundirse, como si la manzana las empujase hacia adentro. “Todo converge y el universo es uno solo, así que vos y mi tía están de acuerdo, al menos en un punto” dice la señora de atrás y ríe, por lo que deduzco que el altercado terminó felizmente.  Hay parejas de jóvenes hurgando en los contenedores. Me bajo frente a un puesto de tapabocas, y me descubro juzgando la belleza y originalidad de éstos, algo que nunca imaginé que sucedería. Anoto en mi agenda comprarme algunos nuevos: el que tengo fue elegido para un uso breve y esporádico, y ya está desflecado y con el elástico flojo. Si bajo la cabeza para leer el celular, se me cae; y es por eso que, en realidad, vi y oí estas cosas.


[1] Sistema Nacional de Emergencias

El hombre en la azotea, el alcohol, la vecina

Un hombre extraño en la azotea, a menos que sea un obrero de la construcción, es sospechoso. Pero el que está frente a mi ventana es demasiado viejo para inspirar temor. Lleva saco, un sombrero, un bolso colgado al hombro. En eso llega otro, joven, corpulento, que lo agarra por las piernas y lo inmoviliza. “Su cómplice”, me digo. “Hizo algo mal y el otro lo controla”. Un vecino se acerca por la azotea, y surge la verdad: es un interno del hogar de ancianos, que quiso escaparse.  Alguien trae una escalera. Lo convencen de bajar. Tiene un pie magullado. Había subido por un árbol hasta el techo, y luego saltó un metro en el vacío hasta la casa vecina, donde lo detuvieron. Los responsables del hogar piden disculpas por la intromisión de su paciente en las tranquilas azoteas del vecindario. “Él siempre quiere irse”, dice una vecina. Desde que comenzó la cuarentena, los viejos no pueden salir al jardín delantero, y las ventanas están siempre bajas. No sé si el señor quería volver a una casa de la que fue expulsado, buscar suerte en la de un amigo, o simplemente caminar por la calle y detenerse a descansar en una esquina. Ojalá no haya perdido la ilusión, y e intente otra vez huir, cuando su pie sane.

El vendedor ambulante comenta la situación con el kiosquero, como si fuera una novedad. “No hay fútbol por el coronovirus, no hay clases por el coronavirus. No se vende nada por el coronavirus.” No creo que esté al tanto de la situación en New York ni en Madrid, ni que lea las estadísticas de contagiados, muertos y recuperados. Sin embargo no sabe menos que nosotros: que apareció de pronto, cambió la vida cotidiana, y no sabemos cuándo pasará. Entiende que debe convivir con él y adaptarse, de alguna forma, para sobrevivir.

En el día 6 de la cuarentena, el señor hizo la cola en el supermercado con una botella de aceite y otra de whisky. Al llegar a la caja, pregunta si puede llevar dos, y se va muy feliz con su provisión de alcohol para soportar el encierro. Ayer volví a verlo: se dirigía a la góndola de bebidas alcohólicas. Quizás se lleve dos botellas más. Quizás tres.

La señora no sale de noche: es peligroso. No va al bar: es pecado. Bailar es una actividad desconocida. En verano usa camisas de manga larga. Nunca se suelta el pelo. No habla con extraños: es riesgoso. La función principal de las manos es el lavado. Jamás una caricia, un apretón, o un masaje. Los besos son algo que ocurre en los videos. Mira con reprobación a los que se juntan a charlar en la esquina. Era la típica mojigata: miedosa, conservadora, intolerante. Alguien a quien no tendríamos en el círculo de nuestras amigas. Hoy todas nos parecemos a ella.

Una vitrola, el carro, la merienda

Un hombre camina con una vitrola al hombro. Se detiene en el semáforo en rojo y la deja un instante en el suelo, entre las piernas. Cruza 18 de julio y sigue hacia la rambla. ¿La llevará hacia su próximo dueño? ¿Será su único tesoro? ¿Alguien se la regaló o le pagó con ella un servicio prestado? Lo miran los escasos transeúntes, los pocos que siguen en el ómnibus, quizás alguien que mira la calle desde una ventana.  En la cotidiana conversación nocturna, cuando decida no hablar más del coronavirus hasta mañana, contará que vio un hombre con una vitrola al hombro, caminando hacia el sur.

En la tercera semana de “distanciamiento social” la gente hace cola en los cajeros, tiene cara de fastidio, camina con temor de no cumplir el mandato gubernamental y social. Hay tiendas abiertas donde las vendedoras miran la calle con tristeza. Si no entra nadie, ¿por qué las tienen allí? Sería mejor estar de cuarentena, como tantos que trabajan desde sus casas. Si no entra nadie, sus puestos de trabajo peligran. Para quien gana un sueldo escaso, el seguro de desempleo no es un consuelo sino una amenaza.

Cuatro jóvenes conversan en una esquina, y los que pasan miran con envidia. ¿Cuatro es aglomeración? Tres no y cinco sí. El cuatro queda en el límite, como un desafío.

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En la madrugada pasan carros tirados por caballos. Vienen, como todas las noches, a rescatar lo que para otros es deshecho y para ellos comida o mercadería. Los residuos de la ciudad les han contado las noticias: las fábricas no producen, los comercios no venden, la gente cocina en sus casas. A varios metros del suelo, su aliento no se mezcla con el de los contagiados que van por la vereda. Lavarse las manos es una consigna lejana. Ojalá sus pulmones sean resistentes, y se salven al menos de esta peste.

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“Hoy dimos 49 meriendas” dijo mi hermana. “La mayoría inmigrantes…todos muy agradecidos por un pedazo de torta y un vaso de leche”. El resto del mundo intercambia videos con variados consejos y sabias palabras en las que inspirarse para tolerar el encierro. Adivinanzas. Juegos. Recetas. Algún poema. Largas declaraciones que nadie leerá. Promesas para cuando “esto” termine.

Ratones, uvas, miedos y silencios

A las siete de la tarde ya está oscuro. El otoño no ha llegado, pero la lluvia y el coronavirus traen visiones de invierno. En la puerta me topo con dos hombres: uno lleva un traje de gala desflecado, que no sé si perteneció a un pituco de otras épocas o fue parte de un vestuario teatral. Una galera desfondada rodea su frente (¿el disfraz sería de un mago?) y unos bigotes oscuros tapan su boca. El otro es joven, lleva una camiseta rayada y un brazo extendido. Me muestra la palma de la mano: en ella hay un pequeñísimo ratón acurrucado. Lo miro con sorpresa y me pregunto si se parece al Topo Gigio o a un asqueroso bicho subterráneo. “Ay, Ay, qué asco, ¡un ratón!” remeda la frase que yo no dije, con la voz que no usé. “Vio, señora” dice el de la galera, “si fuera como dicen, que el virus ese anda en el aire, el ratón estaría muerto”. Ambos caminan a mi lado. ¿Me pedirán dinero o me tirarán el ratón encima y me pedirán dinero para sacármelo? “Es un ratón de laboratorio” dice el que lo lleva en la mano. “Ah”, contesto, y vuelvo a mirar al ratoncito blancuzco, que está sospechosamente quieto. No parece de plástico. Creo que sus ojos se mueven. En la esquina nuestros caminos se separan. En la vereda de enfrente pasa alguien que promete más que yo. Le piden algo para darle de comer al ratoncito. No escucho la respuesta.

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Vemos pasar los ómnibus semivacíos. Mucha gente no ha ido a trabajar. El dueño de la verdulería está contento: “Se mueve, porque la gente tiene tiempo y cocina. Para no aburrirse y porque es más sano.”

Ha subido el precio de los limones, que suman a sus virtudes la de amortiguar la gripe. Pasan jóvenes y viejos con tapabocas celestes, y nos miran como si fuésemos radiactivos. La peluquera se ha quedado en casa, la veterinaria está aún abierta. Lo que más se nota es el silencio.

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Encuentro polillas escondidas entre las plantas, salen de los armarios, revolotean sobre la mesa. Unas golpean el vidrio, con ganas de pasar de la oscuridad a la luz. Otras vuelan por la casa como si fuera propia. Alguien dice que es la época, que en otoño hay que fumigar para exterminarlas. Temo que coman mi piano, o que le hagan un pequeño orificio capaz de destruirlo en poco tiempo. Si no fuera por el coronavirus, ¿las habría visto? ¿Habrían venido? No sé por dónde entraron.  Ni cómo nacieron, adónde van, qué quieren.

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El joven dominicano que trae el pedido habla como un uruguayo. “Estamos trabajando más que…” y no le sale la palabra justa. “Antes, más que antes” lo ayudo. “Sí, más que en una situación normal.”

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“Quisiera sacar todas las uvas antes de que se pasen de maduras, y larguen ese olor que atrae a las ratas”, dice mi madre. Esta vez no será fácil. Antes lo hacía un hombre que se sentaba en la puerta del bar, que ahora está cerrado. No sabe su nombre ni tiene su teléfono.

“No quiero que se llene el patio de ratas. Es a lo único a lo que le tengo miedo”. Yo sé que no es verdad.

Otro viaje al aeropuerto

La camioneta llega al hotel a la hora prevista. Está casi vacía: una muchacha rubia es la única pasajera, sentada detrás del conductor. Ambos conversan. El conductor termina una frase antes de abrirme la puerta, y por temor a interrumpir algo, me siento detrás, junto a la ventanilla. El examina cuidadosamente el papelito que le tendí, con los detalles del viaje: 24 dólares hasta el aeropuerto La Guardia. Temo que haya algún problema, y le digo que me lo dieron en el hotel. Le saca una foto que envía por WhatsApp y emprendemos la marcha.

Me dispongo a mirar por la ventana el paisaje del Upper West Side a partir de la calle 98 hacia Harlem.

Ella se da vuelta y me dice que se llama Sarah. Veo que él lleva la conversación, ella se limita a decir Yes….Ahah…Maybe..Él habla solo para ella. Dice que estudia filosofía. Que su fuerte es la filosofía feminista, a la que dedica el 75% de su tiempo libre. Comienzo a prestar atención.

“En el iris de una mujer se puede ver la cara de dios”. Tomamos First Avenue, y conduce con la mano izquierda. Con la derecha busca una foto de mujer en su teléfono, que muestra a Sarah. Luego hace innumerables clics sobre ella hasta encontrar las pequeñas líneas blancas del iris, insertas en la pupila como ejes que terminan en círculos algodonosos. Nos acerca el teléfono para que lo veamos con claridad, y nos quedamos con la duda de si para él esa es la cara de dios, o se trata de una metáfora. Ni ella ni yo pedimos aclaraciones. 

“En Australia hubo una civilización hace cinco mil años y quedaron huellas en las paredes de las minas. Las que labraban los dibujos eran mujeres, porque los hombres andaban por ahí cazando. La mujer estuvo en el principio de todas las cosas”.

Abandonamos la First Avenue y comenzamos a circular por calles en reparación. Veo que vamos en sentido contrario al aeropuerto, y supongo que es un camino que conocen los choferes.

“Si un hombre de cuarenta años está solo y vive con su madre, es porque no entiende cómo es el mundo, cómo son las mujeres.”

“Interesting, interesting” dice Sarah a cada rato. Mueve su cabeza y mira con preocupación hacia afuera, igual que yo. Hay muchos restaurantes que ofrecen pizza y sushi, en un combo inusual. Hay sol y flores en los balcones, comienza la primavera. Suben dos pasajeros más, que se ubican al fondo. En el minuto en que nos quedamos solas, Sarah se da vuelta y me dice que cree que está loco. Coincido con ella. Va a Australia a visitar a su mamá, de sorpresa. Tomó la camioneta porque tenía varias horas antes del vuelo, igual que yo. Faltan solamente tres pasajeros para completar el cupo, dice nuestro chofer.

Cuando un vehículo se cambia de senda e invade la nuestra, él le grita, se adelanta hasta quedar frente a la ventanilla del infractor y lo insulta. Sarah y yo nos miramos tímidamente, abrimos y cerramos los ojos en señal de asombro. Entramos en zona de rascacielos, donde además del vidrio hay mucho verde. La gente almuerza sentada en los escalones y luce contenta. El tráfico es cada vez más pesado, y nuestro camino más lento.

Llegamos a Middtown, un lugar de recogida que debería ser previo al mío y al de los dos últimos pasajeros.

Miro las escaleras de incendio, tan visibles y poco usadas. El chofer dice que se equivocó de calle, por culpa de sus estudios de filosofía. Media hora de viaje y estamos mucho más lejos que al principio.

Retoma su discurso feminista, ahora a media voz.

“La intuición es algo que los hombres no tienen y esto permite que las mujeres dominen el mundo. No es cierto que las mujeres son débiles y sometidas, son ellas las que hacen lo que quieren con los hombres. Eso es porque estamos en la era de Acuario, una era femenina.”

“Tú vas a oír que un hombre le pegó a una mujer, la lastimó. Esto lo hace porque es débil, estúpido. La mujer casi nunca le pega a un hombre, porque es más inteligente”

Prende la radio y un furioso hip hop llena el espacio durante diez minutos. Sube otra pasajera, que se queja por la demora. Faltarían solo dos, que ojalá viajen juntos. Nos detenemos frente a un edificio, él baja y entra. Vuelve a los diez minutos, solo, y no da explicaciones. Sarah se angustia e intento calmarla. Le digo que en todo caso podemos bajar y tomarnos un taxi. Su vuelo sale media hora antes que el mío, y si lo pierde se queda sin conexión hasta el otro día.

“El cuerpo masculino está lleno de defectos, los hombres morimos antes, tenemos enfermedades que las mujeres no tienen, porque son perfectas. El hombre es una versión imperfecta de la mujer.”

De pronto se abre la puerta del fondo y nuestras valijas caen en el cruce de la Sexta Avenida y la 49. Un estrépito que hace gritar a todos. Se detiene el tráfico, viene gente a ayudar con la recuperación de las valijas.  Por suerte ninguna se abrió. A esta altura todos estamos nerviosos.

“Vamos a John F Kennedy, ¿verdad? pregunta luego de que sube el penúltimo pasajero, también con cara de fastidio. Nooo!, gritamos todos. Él consulta su celular y nos da la razón. Sarah pregunta si falta mucho para llegar. Los demás tenemos mucho tiempo antes del vuelo, pero ella no.

Se detiene otra vez en la First Avenue, baja a la vereda y llama a sus jefes. No le resulta fácil comprender las instrucciones, pide que le repitan, y dice que no le habían dicho eso. Mientras habla se saca el gorro y lo tira al aire, lo baraja y lo tira otra vez, como un malabarista.

Al parecer el último pasajero se fue por su cuenta, aburrido de esperar.

Finalmente llegamos, aliviados, al aeropuerto. Casi dos horas por unos pocos kilómetros. La próxima vez tomo el metro. Menos emoción, pero más confiable!

Tanta naturaleza

Llegamos a Valizas bajo una lluvia fuerte y abundante.

Yo tenía una idea vaga de dónde se ubicaba el rancho. El mapa, que no había podido estudiar, estaba prolijamente guardado en la valija, y dadas las circunstancias, no era posible consultarlo. Tampoco teníamos el teléfono de los dueños.

Ante cada charco (es decir, salpicón), ante cada atasco de las valijas en el pedregullo mojado, él preguntaba: ¿falta mucho? ¿Estás segura de que vamos bien? Y yo no podía responder con sinceridad, porque no lo sabía.

A pesar de todo, llegamos. Cuando estábamos decididos a resistir hasta el otro día con un sobre de sopa instantánea y dos de té de hierbas- todas nuestras provisiones- salió el sol.

Este nos acompañó durante casi toda nuestra estadía, y nos permitió disfrutar de la playa tanto de mañana como de tarde. Algo inusual y maravilloso en el cambiante clima uruguayo.

Los primeros tres días fueron de reposo total: dormir el máximo, hacer el mínimo, ir y volver de la playa y ausencia total de toda actividad intelectual o creativa.

 Bajo el alero había una hamaca paraguaya, y tendida allí veía ondular las plantas del bañado, lo que era más que suficiente para cubrir mis necesidades de diversión.

Para él, sin embargo, descansar implica poner la mente en asuntos diversos a los que trata habitualmente.  Se llevó un par de cursos intensivos de inglés y el Manual de conducción defensiva.

Así fue que mi pacífico pendular en la hamaca, o mi estática contemplación del universo ( intercalados con sorbidos de mate por las mañanas) se combinaron con frases como: el peatón no siempre tiene preferencia en las esquinas, hay una fórmula para calcular la disminución del campo visual, el acompañante tendría que usar ropas claras en los viajes por carretera, y demás.

Hace ya muchos años que decidí no manejar, por lo tanto todo el conocimiento relativo a esa actividad me resulta inútil y no era necesario mucho esfuerzo para oírlo como quien oye llover.

Con el inglés las cosas fueron algo diferentes. Es cierto que tengo un dominio aceptable de ese idioma, pero también es cierto que estoy lejos de ser una experta en palabras difíciles y de poco uso como “clamps” “ astride”  “rudder” o “photoling”.

Es así que lo que comenzó con sencillas respuestas como “chair” “pencil” “fear” “stage” se convirtió en un ejercicio que obligaba a mi conciencia a bucear largamente en mi debilitada memoria para encontrar por allí alguna de las extrañas palabras que se necesitan para compenetrarse con el idioma imperial.

Demás está decir que a la mitad del curso 4, capítulo 7, coincidiendo con un precioso mediodía de sol, cuando las chicharras nos bendecían con su canto, se produjo un intercambio de opiniones respecto a lo que para cada uno representaban las vacaciones.

En éste no hubo acuerdo en ninguno de los temas tratados.

 Cariño y tolerancia permitieron, sin embargo, acordar una tregua en la cual la asistencia idiomática se limitó a una hora diaria, después de la caída del sol.

Estábamos en un lindo rancho de madera y piedra, por donde el viento circulaba libremente, así como la arena, cucarachas, arañas, hormigas, mosquitos y moscas. Algunos cascarudos caían desde el techo de paja, y las ranas intentaban colarse si dejábamos la puerta abierta por las noches. Una tarde entró una pequeña ratonera. También nos visitaba la perra de algún vecino, a la que invitábamos con algo de comida.

Esta presencia de animales- en su mayoría no domésticos-, propia de un balneario más o menos virgen como Valizas, lo inquietaba.  Con la ayuda de espirales, repelente e insecticida en spray, sobrellevó sin mayores problemas la superpoblación de insectos, pero una noche sucedió algo imprevisto.

De madrugada tuve que ir al baño, y bajé la escalera sin lentes. Alcancé a vislumbrar una forma grisácea que se escondió en el baño. Me detuve y grité pidiendo ayuda, y él, somnoliento pero con lentes, acudió de inmediato.  Debe ser una rana, dijo. Pero apenas se asomó al baño, gritó también él y cerró la puerta de un golpe.

– Es una rata.

Resolvimos dejar la puerta cerrada y esperar hasta la mañana siguiente.

A la luz del sol, trepados cada uno en una silla y armados con una escoba y un lampazo, abrimos la puerta. No había nada. Revisamos cuidadosamente el baño y no había señal de animal alguno. Se fue por donde vino, pensamos, y limpiamos y desinfectamos todo el baño, desechando papel higiénico, cepillos de dientes y jabón que habían estado expuestos al contacto de la desaparecida rata.Asunto concluido. 

Camino a la playa comprobé que era así para mí, dispuesta a aceptar sin muchos cuestionamientos los misterios de la existencia. Para una mente analítica, necesitada de explicaciones racionales sobre los acontecimientos, era todo lo contrario.

¿Por dónde habrá salido? Se preguntaba él. La puerta y la ventana del baño estaban cerradas.

¿Habrá sido por el inodoro? ¿Por alguna hendija del techo? ¿Por debajo de la puerta?

Qué importa? argumentaba yo. Lo importante es que se fue.

Sí, pero ¿Por dónde?  insistía él.

Al regreso, mientras yo cocinaba, él examinó el baño una vez más.

Volvió decepcionado. No había encontrado ningún lugar por donde el animal pudiese haber escapado.  Como para mí eso no tenía importancia, lo dejé especular sobre la elasticidad de las ratas, sobre la percepción equivocada que uno tiene cuando está medio dormido, y que tal vez hubiese sido una sombra, una víbora, y otras elucubraciones por el estilo. Pero el espíritu científico no da tregua, y a la hora de la siesta apareció la verdad.

  • La encontré, me dijo luego de cerrar tras suyo la puerta del baño.

Detrás del caño de la cisterna había un pequeño hueco entre los bloques de la pared. Allí estaba. Era una pequeña comadreja. Su blanco y tierno hocico apenas se veía, y tras él un par de ojitos negros, redondos y asustados, nos miraban fijamente. Volvimos a cerrar la puerta del baño, y a deliberar.

El racional analista tenía un corazón tierno, y la emotiva irracional, un sentido práctico.

No quiero matarla, dijo, y yo estuve de acuerdo.

Tendríamos que romper la pared del lado de afuera para permitirle salir, sugirió.

De ninguna manera, le dije-. ¿Cómo vamos a romper una pared ajena? ¿Cómo se lo explico a Jimena? (la dueña).

Intentemos conseguir el teléfono y le explicamos. Yo le hablo.

Imaginé a Jimena, con una niña de ocho años sin escuela, un niño de cuatro en el jardín de infantes, un trabajo recién estrenado, un perro y una tortuga que atender, un montón de cuentas a pagar, en Montevideo, a las cuatro y media de la tarde de un día caluroso. Todo eso me dictó la única respuesta posible: No.

El era partidario de encontrar algún método para forzar al animal a dejar su escondite y yo de optar porque el mismo se fuera por voluntad propia.

Una de sus sugerencias fue dar pequeños golpes del otro lado de la pared, pero esto fue descartado porque asustaría a la comadreja. También podía agrandarse un poco más el agujero para que ella saliera con comodidad, pero eso dependía de que en el pueblo hubiese una ferretería para poder reparar el daño en la pared.

Acordamos una solución provisoria: abrir la ventana, ubicar un tablón de modo que se pudiese trepar al mismo y escapar, y dejar a los pies de éste un tentador pedazo de manzana.

Al volver de la playa, la manzana había desaparecido y con ella, la comadreja. Afortunadamente no aparecieron otras preguntas como ¿y si se escondió en otro lugar del rancho? ¿la habrá comido otro animal? ¿Se habrá ahogado en el inodoro?

Antes de acostarnos, luego de encender los espirales y embadurnarnos de repelente, mientras sacudíamos la sábana para eliminar la arena que dificultaba el sueño, él me preguntó, con algo de timidez:

  • ¿Es necesaria tanta naturaleza?
rancho tradicional de piedra y madera
rancho tradicional de piedra y madera

Muchos “la más…”

Camino al hotel desde el aeropuerto de Santiago, atravesamos un túnel larguísimo, y para resistir la claustrofobia le comenté al conductor del taxi que nunca había visto uno igual.

  • Es el túnel más largo de América Latina- me dijo, con evidente orgullo, enfatizando el más.

Esa fue la puerta para enumerar la cantidad de cosas más grandes de la región, de Sudamérica y del mundo que hay en Santiago de Chile.  El shopping center, por ejemplo. La autopista. Las ventanas de un edificio.

Camino a un barrio elegante como Vitacura, son visibles amplias calles que se entrecruzan en distintos niveles, todas atiborradas de vehículos veloces, pocos de ellos públicos. Muchos árboles los rodean, en un esfuerzo por combatir el estado irrespirable del aire, empozado entre la cordillera y el mar. Me pregunto si el conductor orgulloso vive en un lugar así, o en otro, invisible a los turistas que circulan en el micromundo bello del capitalismo triunfante.

La ciudad que recibe al turista se ve limpia, tanto de basura como de pobres. El centro histórico tiene aún una plaza llamada de Armas, lo que resulta algo amenazador, y como está rodeada de viejos edificios cuadrados, grises y fríos, la sensación se agudiza.

El palacio de la Moneda sigue el mismo estilo siglo XVIII, con una gran explanada frontal, y el multicolor Centro Cultural en uno de sus costados es atractivo con sus líneas modernas y abiertas. En un pedestal alto hay una estatua de Salvador Allende, al que ya muchos no recuerdan.

Un grupo de inmigrantes haitianos, y otro de peruanos, comparten un sector de la plaza de Armas, pero cada uno en una zona diferente.

Curiosamente, en un momento de distracción de las autoridades encargadas de supervisar el patrimonio arquitectónico, surgió en el panorama neocolonial un monstruo también visible en otras partes de la ciudad; el infaltable rascacielos de vidrio celeste.

Esa línea arquitectónica conquistó la mayor parte del sector bancario y empresarial de la ciudad, donde según dicen, a la hora del almuerzo, cuando los empleados salen por un rato al aire libre, se oye hablar más en inglés que en español. Hay pequeñas variaciones en los edificios: unos levemente inclinados, otros más anchos que largos, pero todos, invariablemente,  de vidrio celeste y líneas rectas.

En la coqueta y extensa colección de restaurantes se hablan también otros idiomas, y el precio exigido por cada plato parece un método seguro para no recibir visitas indeseadas. Se ven personas muy prolijas y amables por todas partes, incluyendo los mozos.

Los varios parques de la ciudad, las callecitas con cafés y librerías atractivas hacen de Santiago una ciudad agradable, en contraste con el paraíso consumista del super shopping en el Parque Arauco  ( el más grande del cono sur, según el chofer).

Hay un mercado que mezcla puestos de venta de mariscos con locales gastronómicos, y el precio de la centolla, un recurso nativo, equivale a una semana del sueldo mínimo nacional. El mozo, diestro en manejar al extraño animal, confiesa su felicidad por la presidencia de Piñera. Por fin un hombre que se hace cargo de las cosas, dice, ignorando las grandes diferencias de ingreso, los monopolios, la concentración económica y demás asuntos que sin duda inquietan a otros de su clase.

Por la noche, desde el piso 16, se escuchan ruidos abajo: están construyendo un empalme para dos avenidas, y no descansan ni un minuto. Varios turnos de trabajadores se suceden, algunos bajo grandes y potentes focos que iluminan la tierra abierta. Unos cavan y otros plantan arbolitos.

La chilena Elvira Hernández ganó el premio Iberoamericano de poesía 2018.  Pienso que este nombramiento alegró a algunos y preocupó a otros. No porque la poesía, ni siquiera la suya, tenga algún impacto significativo sobre la sociedad ( aunque Bandera de Chile, escrita clandestinamente durante la dictadura de Pinochet, tuvo una repercusión muy grande en su momento). Es que Elvira Hernández es un seudónimo.  Pienso en los prolijos funcionarios, en las formales funcionarias que tuvieron relación con la parte administrativa del premio.

¿Cómo podían estar seguros de a quién pagarle el dinero asignado? ¿Qué certeza podían tener ante una persona que no tiene un documento de identidad, un grupo sanguíneo, una dirección electrónica, un celular, un trayecto habitual marcado por una tarjeta magnética, una cuenta bancaria a su nombre, una lista de galletitas preferidas? Quizás esto dio lugar a largas discusiones, a la búsqueda de opiniones legales, a documentos timbrados. Las dudas recorrieron la pulcra distancia entre los edificios de vidrio celeste, donde hay poco lugar para la poesía.

Elvira, la que está detrás de su nombre, se reiría: ella siempre desconfió de las clasificaciones, de las certificaciones. Quizás de ella podría haber dicho el chofer, la más grande poeta iberoamericana, pero no lo hizo.

Sala de espera

Dos largos y amplios corredores se extienden a ambos lados de la puerta de entrada, y por sus grandes ventanas entra la luz de la mañana. Allí se sentaban, ochenta años atrás, las habitantes originales de lo que hoy es una policlínica barrial. Quizás en los mismos bancos donde tejían o bordaban, hoy, en nuestra condición de pacientes, esperamos la llegada de los médicos.
En la primera mitad del siglo, una congregación católica hoy desaparecida hizo construir un refugio para señoras solas, sobrio, ascético y cómodo. Aquellas mujeres sin familia o sirvientes que las atendiesen encontraban refugio allí, y contaban, según su condición y posibilidades financieras, con una habitación propia o compartida. Los corredores eran de uso común, y desde ellos, las habitantes del lugar miraban el estrecho jardín delantero, veían pasar a los vecinos del barrio, intercambiaban noticias, se contaban sus impresiones sobre asuntos de la vida y la muerte.
Hoy somos desconocidos los que hacemos lo posible por sobrevivir a la espera. La mayoría son mujeres, todas por encima de los cincuenta años, como quienes vivían acá un siglo atrás. A diferencia de ellas, que ya se conocían, hoy hace falta romper el hielo, y el frío y la lluvia anunciados para la tarde aportan la ocasión.
Los que llegan preguntan por qué número va, y aunque desde los consultorios se llama por el nombre, la vieja costumbre del orden se impone y tranquiliza a los que deben esperar. Una mujer se marea y dice que es del campo, por eso el aire viciado de la ciudad y el movimiento del ómnibus le han hecho mal. La enfermera la lleva a un consultorio vacío y al rato vuelve, ya repuesta, no sabemos si por la coca cola o una pequeña siesta.
El peregrinaje en busca de medicamentos es constante. Se arman colas en las ventanillas de la farmacia y, luego de pagar un importe que siempre merece exclamaciones de protesta, cada cual se va con su bolsita de cajas aplanadas. Para muchos, la vida no es tal sin una buena colección de pastillas, que al llegar a casa ubicarán en cajitas de plástico con compartimientos para cada hora del día. Se vive más, sí, pero el costo es tragar diariamente una considerable dosis de químicos, para beneplácito de los dueños de las grandes compañías farmacéuticas. Por el tono de las conversaciones, me pregunto si en el pasado las enfermedades y malestares ocupaban un lugar tan importante. Parece que algunas personas viven para contar sus molestias, sean del estómago, los huesos o la piel. Las cuentan con pasión y logran ser escuchadas con atención expectante por quienes acechan una pausa donde introducir las suyas propias. El clima interno, con sus tormentas en el estómago y sus sequías en los cartílagos es mucho más interesante como tema de conversación que las amenazas generales y concretas del que sucede por fuera. El cambio climático se recibe con resignación y algún comentario sobre la pérdida de estabilidad de las estaciones. En esto también se dice que antes todo era mejor.
Llega un filósofo desgreñado, que luego de informarse sobre el consultorio en el que lo atenderán, comienza a dar sus opiniones sobre la espera y la soledad, la conducta humana y animal. Su tono es de conferencista radial, entre soberbio y campechano. Hace preguntas a los que se encuentran a uno y otro lado. Rápidamente consigue la atención de su pequeña audiencia y llega mi turno sin que pueda terminar de escuchar su lección del día.

 

Cambios en la explanada

El antiguo edificio del Banco de Previsión Social, en la calle Colonia, tiene una gran explanada que se extiende frente a su puerta principal. Hace muchos años, esa explanada albergaba largas colas de ancianos que, durante varias horas cada mes, esperaban su turno para cobrar la jubilación. Muchas líneas de ómnibus pasaban por allí, a veces dando grandes rodeos para llegar desde Colón o el Paso de la Arena a la Ciudad Vieja, con el objetivo de facilitar la visita mensual al lugar de cobro de tanta gente.
La informática, la inclusión financiera y la tercerización hicieron desaparecer aquellas largas colas de gente resignada, a veces enferma, y su consecuente séquito de acompañantes y de ladrones.
El sitio se ha transformado, en parte, en una placita con juegos infantiles y unos pocos bancos largos donde almuerzan los oficinistas de los alrededores.
Una pareja discute, otra parece ultimar los detalles de una actividad importante, una chica se concentra en la lectura de las propiedades de la suma mientras come un alfajor, una señora mayor aprovecha el escaso sol y teje una pieza delicada con agujas finísimas, un policía bebe un jugo de cajita. Un señor muy serio pasea con su perro minúsculo. El vendedor de tapones para caravanas ofrece a viva voz su producto mientras camina por la cuadra, y dice a quienes le compran que su puesto, que consiste en él y su bolso con el producto, se ubica siempre a la altura de 18 de julio, pero a causa del frío ha bajado una cuadra hacia el norte. ¨Ya en setiembre me encuentran otra vez allá¨, dice, anticipando un invierno corto.
La vieja explanada se ha convertido en un lugar de reposo y juego, alegres sustitutos de la incomodidad y la espera.
No todo el espacio pasó a un democrático destino: gran parte de la explanada se transformó en rectángulos de pasto cercados, lo que permite el solaz de la mirada, y no el de otros sentidos. El viejo monumento al canillita, oficio que casi nadie recuerda, está convenientemente protegido del acercamiento, indebido o no.
Otra gran porción de la antigua sala de espera al aire libre ha sido convertida en estacionamiento para los vehículos de algunos funcionarios. Miro las rayas pintadas en el piso, manchadas de aceite y marcas de neumáticos. La comodidad de algunos afea el paisaje, como lo hace, en otros barrios, la incomodidad de muchos. Desde lejos miro ambas porciones: ocupan más o menos el mismo espacio. Ocho lugares para automóviles que no siempre están allí miden y pesan lo mismo que un espacio de juegos infantiles y descanso.
Camino con temor entre los autos que entran y los que salen, sin entender cuál es la ruta correcta. Fastidio al cuidacoches que con una mano me hace señas de apartarme y con la otra da vía libre a los conductores. Como todo estacionamiento, tiene momentos de gran quietud. Los potentes motores duermen más tiempo que los gatos. Se detienen temprano en la mañana y no vuelven a moverse hasta el fin de la jornada laboral. Miles de dólares inmovilizados e improductivos, diría un economista actual, y el ecologista estaría de acuerdo.
Me sorprendo ante el tamaño de algunos automóviles, largos, anchos y altos. ¿Qué virtudes tendrán sus dueños, proyectadas en el volumen de sus vehículos ostentosos, demasiado grandes para el estacionamiento privado, que sin vergüenza alguna rebasan por ambos lados las estrechas franjas asignadas, por algún reglamento interno, a las mayores jerarquías? ¿Será que el orgullo de la propiedad espanta la incomodidad de ser como un elefante en el bazar, cuando circulan por las antiguas y estrechas calles de Montevideo?
En la vereda de enfrente, la feria de los techitos verdes, que tantas resistencias levantó en su momento, languidece por la humedad y el frío de las recientes semanas. Las tormentas han agredido los techos de lata, y se ven piedras y trozos de ladrillo encima de algunas casillas, protegiéndolas del viento.
Hoy ha salido el sol, y los feriantes se ven contentos, recostados contra la franja luminosa, compartiendo mate y anécdotas. Mujeres reales, de pelo desarreglado y championes gastados, se sientan en sillas de plástico mientras el público pasa frente a su mercadería: calzas que se ofrecen sobre tiesos culos de utilería, que prometen lucir espléndida si pagas los pocos cientos de pesos que indican los carteles de cartón, escritos a mano. Hay también esféricos soutiens de colores estridentes, tangas sugerentes e incómodas, que anticipan noches de pasión. Jóvenes de locos peinados se ríen con la inocencia de su edad, aferrados a sus bicicletas de reparto. Un cuidacoches se da una vuelta para conversar, mientras revolea su palito de plástico rojo. Algunos liceales estudian con atención los agujeros en las piernas de los vaqueros colgados en una percha, en los que el blanco que rodea cada rotura contrasta con el azul nuevo del resto de las prendas. Quizás no adviertan que sus pantalones comprados sin uso hace un par de años lucen hoy más auténticos que los que pretenden comprar ahora, bajo protestas de progenitores más cuidadosos en el arte de cuidar la plata.
Tres amplios carros de chorizos, hamburguesas y panchos se reparten dos de las cuatro esquinas, y ofrecen un paraíso de pickles, salsas, hongos en escabeche, lechuga y tomate. Los consumidores de la zona no parecen sensibles a la nueva corriente de la comida sana, y disfrutan del chorizo cyber con todo y la hamburguesa power doble completa, lo que indica cierta actualización de las ofertas, o quizás apenas del lenguaje empleado.
Un vendedor de figuritas del mundial, un mes después de terminado el campeonato, ofrece aún su mercadería y lo que es más curioso, tiene varios clientes.
Una muchacha a cargo de un puesto de ropa para niños se queja de que las cosas no son como antes, pero me quedo sin saber si habla de economía, de moda o cambio climático.
Las líneas de ómnibus no han cambiado su recorrido, pero la zona es aún un centro comercial, y son muchos los pasajeros que bajan y suben en los alrededores. Una gran torre de apartamentos, aún sin terminar, promete nuevos clientes para los sufridos comerciantes de la humilde galería a cielo abierto.
Quizás la plaza quede chica, y alguien decida que no habrá espacio para el estacionamiento.

Palabras en el museo -2

BOLEADORAS
Venta económica, dice el cartel escrito con pincel fino sobre los restos de una estantería. Los vidrios opacos dejan ver lámparas oxidadas, vasos recubiertos de láminas brillantes, destinadas a desaparecer con el primer lavado, que luego de varias décadas de espera, aún no ha llegado.
Copas que jamás salieron de la vitrina de la abuela, grandes tenedores de alpaca, jarras con dibujos de damas en miriñaque y caballeros con trenzas de fantasía: todos ostentan la tristeza de haber sido abandonados por sus dueños, que murieron sin haberlos usado.

A la vuelta de la esquina, armados en columnas, esbeltos frascos de plástico rellenos de líquido azul, rojo y verde invitan a la compra, prometen un futuro de limpieza absoluta y se ofrecen a un precio seductor.
¿Podrá aquel trozo de boleadora, piedra cilíndrica donde ojos expertos hallaron un leve tallado, quebrar la vitrina de los objetos descartados, franquear la puerta que custodia los jabones que dan brillo, y dar a la mano que la aferra el consuelo de una hamburguesa o el deleite de la droga?
Forradas de cuero desnudo, las parientas elegantes de la piedra original descansan en su nido de trenzas prolijísimas, curtidas por el sudor de palmas que no se rasgaron al soltarlas.
Se enredaron en patas de ñandúes, vacas salvajes y caballos fugitivos cuya sangre calmó la sed, cuyas vísceras dieron aliento a quien desenredó los tientos. El que vino detrás, a pie y descalzo, aplacó su hambre peleando con las moscas sobre los huesos descarnados.
Quizás, cuero y piedra, su abrazo fatal detuvo la huída del desesperado, fracturó el cráneo de quien su dueño llamaba enemigo, rival, o forastero. ¿Amenazaron al amante, la hermana, el niño, la india, el esclavo? ¿Velaron el sueño del que cruzó el alambrado, se apropió del ganado, desafió al poder? ¿Fueron regalo de casamiento, botín de asalto, herencia de artesano?
Rutas de sangre y dinero las trajeron hasta aquí, número en una lista, código asignado, pacto de precio. La mano curvada que las resguardó en su origen merodea, quizás, en otras manos detrás de la puerta, del cerrojo y la alarma encendida.

Palabras en el museo

MÁSCARAS ( texto inspirado en una máscara peruana)

No quiero llorar. Fue fácil resistir el llanto cuando, él, ya vestido para la fiesta, detuvo mi mano que buscaba la máscara sobre el ropero.  Fue su voz la que me paralizó, no su fuerza:

  • La usaré yo. Te la voy a cuidar, dijo
  • Pero es mía….
  • Te la devolveré después de la fiesta. ¿Vamos?

Mi vestido y mis enaguas estaban prontos desde la mañana. Mis zapatos, pagados en cuotas, esperaban mis pies para estrenarse, mis pies restregados y sin huellas de la tierra que siempre los rodea, como un calcetín oscuro. Mi pelo, lavado con agua de lluvia y jugo de limón, flotaba a mi espalda, sin el cotidiano sostén de las trenzas.

Miré el lápiz labial, los polvos rosáceos y el frasco de perfume sobre la mesa de luz.

  • No, contesté. Miro desde acá.
  • Mejor, dijo él. Se ve más claro, y yo me quedo más tranquilo.

El chasquido de la llave en la cerradura abrió las puertas de mi llanto. Sin testigos, podría librarme de las lágrimas, que me oprimían como un canasto demasiado pesado sobre mi cabeza.

Pero no quiero llorar.

Mi máscara de China Supay, que tanta alegría me dio cuando me la trajo, envuelta en una bolsa de plástico blanca, a través de la cual se marcaban sus cuernitos y sus pestañas, ya no era mía.

A su regreso, en la madrugada, tendrá las huellas de su sudor y no las mías, las marcas de sus dedos sobre las cejas, los ojos chuecos, la boca desgarrada y las mejillas chamuscadas por los fuegos artificiales. Tendrá el olor del pisco, del cilantro, del humo.

No quiero llorar.

  • ¿Por qué le has pedido esa, precisamente esa? Preguntaron mis hermanas y primas. Tú eres buena, mujer de un solo hombre, dijeron, no como ella, que provoca, seduce y abandona.  Hubieses elegido otra máscara, más parecida a ti.
  • Tú eres linda sin necesidad de la boca roja, dijo él.

Por una noche, por la mitad de una sola noche, hubiese querido tener los ojos redondos, no rasgados, celestes, no oscuros, el pelo enrulado y rojo, no lacio, para poder buscar y no ser buscada, para provocar y no ser provocada.

Soñé con eso durante noches y días. Ni siquiera pude probármela, porque para ello esperé este momento que no es.

Por el resto de mi vida, al ver una igual, en el mercado o el museo, pensaré que es como la mía, jamás tocada, impecable, ajena al placer que no viví.

Texto leído en el Museo de Arte Precolombino e Indígena, el 20 de mayo del 2017

Músicos, caramelos y otros indicadores

Las estadísticas son escudriñadas con ansiedad por opositores y oficialistas: complejos cálculos intentan demostrar que lo que parece bien, está mal, o lo que parece mal, es positivo. En ese universo de datos que pocos verifican y analizan,  el estado de la economía ocupa un lugar relevante. Se habla de crisis desde hace varios meses, a veces en voz alta, otras tenuemente. De las ventas al por menor, las importaciones, el ahorro, la relación con los países vecinos y otras variables macro, que significa en gran escala.

Para el pasajero habitual del transporte público hay otro termómetro tan certero como el más aceptado de los indicadores de desempleo: la cantidad de músicos ambulantes. Y también la calidad de los mismos, ya que muchos, sin dotes para la música, intentan ganar su jornal a costas de ésta. En la mañana del viernes, el 191 recibió la visita de un cantor y guitarrista con una armónica colgada al cuello, de modo que entre una estrofa y otra soplaba por ella haciéndola emitir sonidos tan lejanos a la armonía tonal que podrían ser parte de un experimento de ruptura académica. Al hombre le faltaban algunos dientes, lo que dificultaba su dicción, y lo que sorprendió fue que su repertorio fuesen canciones de Darnauchans, esteta decadente como lo nombra un graffiti.

Luego subió una chica de hermosa voz que cantó un tema de Frozen, un joven guitarrista se atrevió con Zitarroza, dos adolescentes hicieron hip hop con palabras de los viajeros, y un serio cantor de lentes oscuros, en su cincuentena, recreó una canción del primer disco de León Gieco, Si ves a mi padre, con tanto Dylan adentro.

En total, cinco músicos en un solo viaje.

A la noche, y como todas las noches, el regreso desde el Cerro o el Paso de la Arena es pródigo en vendedores de golosinas, con voces roncas por la repetición de su cantilena a través de la ciudad. Por algún motivo quizás relacionado con las importaciones, los productos se ofrecen por rachas: algunas semanas hay chocolates, otras pastillas de goma. Una noche conté siete vendedores en el trayecto entre Portugal y Tajes.  Los precios son tan bajos que es difícil resistirse, siempre es mejor tener una pastillita para ocasiones de hambre inesperada o tos rebelde. A estos mercaderes debe agregarse el que ofrecía, con tono suplicante, medias en grupos de a tres y guantes de mujer,  extraídos del mismo bolso colorido que tienen todos los demás vendedores ambulantes del ramo. Fundas para tarjeta de transporte, rompecabezas infantiles y aromatizadores de bolsillo completan la oferta de este universo mercantil informal y trashumante. Su crecimiento es alimentado por la desocupación, me inclino a pensar, aunque las últimas estadísticas indican una disminución de la misma en el 0, 4% en el último mes. Quizás sea posible traducir esto al número de músicos y carameleros rodantes…..

Si reaparecen los niños, vendiendo o pidiendo, será que la crisis se ha instalado, me digo con algo de cinismo y mucha desolación.

Me reaniman los afiches caseros pegados en las paradas. Entre los que ofrecen fletes a cualquier lugar del universo, trabajos maravillosos con sueldos gerenciales, cuotas de terrenos al precio de un par de zapatos, aparecen los que más me sorprenden: las soluciones mágicas a los problemas emocionales. Un pai promete trabajos para el “retorno de la persona amada” sin especificar si es desde el desamor, un país extranjero o el reino de los muertos; un sticker dice que el Tarot es la mejor opción para salir de dudas, aclarando en letras más pequeñas: asuntos laborales, familiares, de pareja. Esta disciplina tiene buenos creadores de slogans, otro cartelito, en un intento de atrapar escépticos, dice Tarot, ¿por qué no?

El mayor puntaje se lo lleva un gran afiche pegado en los alrededores del Shopping: Dominadora del amor Es el título, y más abajo dice que solamente se debe pagar después de obtener el resultado, sin aclarar si éste debe ser positivo o uno negativo justifica también el cobro. Con pretensiones de mayor seriedad, aparecen terapeutas florales, sanadoras, y filósofos, utilizando el mecanismo de promoción económico que los árboles y paradas ofrecen. Habría que conocer el porcentaje de los que se lanzan tras estas opciones, y si el objeto principal de las consultas es la falta de trabajo o de amor, para intuir, casi con la precisión de otros indicadores, en qué etapa del ciclo económico nos encontramos.

Corderos y paraíso

Sarandí del Yi, Paraíso del mundo, dice ostentosamente la chapa de una camioneta 4X4 estacionada en una calle del pueblo. Parece una idea bastante modesta del paraíso, pienso mientras miro las casas bajas, humildes, muchas de ellas con jardines llenos de flores. O quizás sí, el paraíso sea eso, un pueblo tranquilo lejos de las carreteras, de las metrópolis.
El pueblo tiene casi 8.000 habitantes según las estadísticas. Se ubica en una zona netamente ganadera, y por el camino se ven muchas vacas y ovejas. También hay construcciones con forma de corredores de madera que suben hasta la altura del camión que se lleva el ganado hacia los mataderos. Pocas señales de vida más allá de la animal: ni pueblos ni caseríos, sólo alguna casa solitaria emerge en el paisaje verde y vacío.
La fiesta del cordero pesado consiste en un concurso de asado de, precisamente, un tipo de animal llamado así, cuando llega a cierto grado de madurez. Se inscriben competidores por grupo y un jurado los califica otorgando puntajes a varios aspectos, algunos directamente vinculados a lo gastronómico (tiempo de cocción, et) y otros aledaños como cantidad de involucrados, decoración del campamento, etc. Estos criterios se mantienen secretos para el público, aunque quizás sean murmurados al oído de los concursantes.
El sábado comienzan los preparativos de instalación de las parrillas, mientras alrededor se monta una feria con unos pocos puestos artesanales y muchísimos de mercadería china. Zapatillas hechas en el Paso Molino y chalecos tejidos en el pueblo compiten con bicicletas rosadas de plástico que giran interminablemente sobre un disco del tamaño de un plato. Monturas de caballo y rebenques se mezclan con repasadores, jarras transparentes, fundas de celular. Muchos puestos de venta de ropa, zapatos, juguetes, artículos para el hogar, bolsos, destornilladores.
Un gran escenario prometía un desfile de diversos estilos musicales, pero solamente un grupo de cumbia y otro de canciones melódicas intentaron sin demasiado éxito atrapar la atención de los concurrentes. Algunos puestos tienen discos de folkore sonando alto, pero no hay cantores con sus guitarras y acordeones ni coros espontáneos alrededor de los fogones, como cualquier desprevenido podría esperar.
Los turistas se distinguen de los locales por sacarse fotos frente al monumento al mate, única escultura que adorna el parque, y por lucir atuendos que los identifican con los grupos participantes del concurso. El acceso al río está alambrado, probablemente por seguridad, ya que la ingesta de alcohol puede provocar que alguien trastabille y termine en el agua.
La oferta gastronómica es bastante más tradicional: pasteles fritos, churros, quesos y vinos. Las tortas fritas exigen su lugar junto a los chivitos de cordero, los chorizos de cordero, y las milanesas de cordero.
Ni un solo puesto de café, pero sí de cerveza sin alcohol.
El sábado por la noche hubo un desfile de prendas de lana muy bonitas y elegantes. Sin embargo, las chicas del lugar lucían la ropa que se usa también en los suburbios montevideanos, que consiste en calzas ajustadas, casi siempre negras, y camisetas en distintas variaciones del animal print. Los hombres, en general, camisa a cuadros y jeans o versiones actualizadas de la tradicional bombacha de campo.
Hubo una competencia entre niños con corderitos que dio lugar a murmullos de protesta porque los premios se entregaron en función de los apellidos y no de las destrezas mostradas.
En el medio del predio había un corral lleno de corderos hacinados, esperando la muerte. Ellos fueron testigos del lento asar de sus congéneres, y de vez en cuando alguien piadoso les daba de beber. Me pregunto qué espero para hacerme vegetariana. A pocos metros de allí se dio una misa criolla, que incluyó algunas canciones de Ariel Ramírez y otras desconocidas, interpretadas con cierta disonancia por un pequeño grupo de seminaristas y fieles.
Una carrera de carretillas fue una de las pocas atracciones de la jornada del sábado, en un fin de semana con mucho humo y pocas atracciones más allá del paseo alrededor de las parrillas.

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Amsterdam diurna, cuadros y bicicletas.

Amsterdam es tan ordenada, elegante, limpia, luce tan rica y feliz que duele un poco. Me recuerda a Dorotea, la ciudad invisible de Italo Calvino a la que llega Marco Polo, como a un remanso, luego de haber pasado toda una vida en el desierto. No cedo a la tentación de imaginar sus debilidades, que en alguna parte están ( En la estación de trenes vi un mendigo rubio y borracho, hurgando en la basura…)
La gente se trata con respeto, cortesía y naturalidad. El riesgo de una tormenta enorme que derribe el dique e inunde la ciudad no parece alterar a sus habitantes. Quizás tengan demasiada confianza en la capacidad humana de superar esas amenazas.
Las bicicletas y los tranvías llenan el espacio público, y obligan a estar atentos a sus distintas sendas y frecuencias para no ser atropellado. Hay bicicletas para dos y tres personas, otras que tienen un cajón adelante para llevar hasta dos niños, algunas eléctricas, para personas mayores, casi todas con alforjas a ambos lados de la rueda trasera. Vi una especie de bar que se movía con el pedaleo de sus ocho parroquianos. La variedad es grande, salvo en el color que es casi siempre negro. Para la sufrida habitante de una ciudad colonizada por los automóviles individuales, ver la maraña de bicicletas encadenadas en la entrada de la Estación Central y en todos los puentes y parques es emocionante. Es como descubrir que hay esperanzas de una mejor vida en las ciudades. Amsterdam es plana y bastante fresca, por lo que el sudor no representa un inconveniente como sucede en Montevideo.
Son pocos los automóviles y muchos los caminantes. Hay barcos que son casas, con plantas y antenas parabólicas. El laberinto de canales y calles que los bordean, unas curvas y otras rectas, atenta contra nuestra habitual cuadrícula hispánica, y nos confunde a cada momento. Por suerte están los tranvías ( limpios, cómodos, silenciosos) que nos llevan a algunas estaciones donde podemos ubicar nuestro lugar en el mapa.
Los edificios son invariablemente grises, marrones y bordó, con listones blancos bordeando las ventanas. Estas tienen un diseño que respeta una única proporción entre el ancho y el largo, lo que hace la visión bastante monótona. Los holandeses destacan la variedad de los frontones que coronan los delgados edificios, pero no resultan muy convincentes.
Todos los carteles están escritos sólo en su incomprensible idioma, lleno de k, j y t; pero la gente habla en inglés con los turistas.
En los canales nadan patos y cisnes. Se ven algunos gatos y pocos perros. Grandes parques refrescan del cemento y recuerdan que las ciudades permiten disfrutar del césped y los árboles.
Las distintas etnias parecen convivir pacífica e integradamente, lo cual refuerza la idea de que en este mundo no son tantas las barreras culturales como las económicas.
Hay tiendas elegantes, que este año ofrecen ropas oscuras para enfrentar el invierno, con precios de tres dígitos. En los mercados abiertos, a pocas cuadras, los precios no superan un dígito. Los productos chinos que invaden el mundo también se encuentran aquí: los pequeños coliseos en Roma, las pirámides aztecas en Mexico, los incas en Perú, acá son zuecos de todos los tamaños y con los mismos colores.
El museo Rikjs tiene una colección de cuadros hermosos que representan escenas de la vida cotidiana en la ciudad desde la Edad Media. Hay muchos paisajes campestres y navales, los últimos en general de guerra, porque no parece avergonzarles su pasado conquistador. Hay escenas con músicos, familiares y grupales, en fiestas o en almuerzos, que lucen divertidos y serenos. Me sorprende que los comentarios de estos cuadros incluyan siempre una advertencia moral, como si la felicidad sensual que da la música fuese el preámbulo de la decadencia y la disipación.
2015-09-25 18.32.482015-09-26 13.18.01

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Lo que pesa en Cusco

La plata de las entrañas del Perú se ve en las pequeñas caravanas, collares y anillos que cuelgan prolijamente en un exhibidor de cartón. El calendario inca, la cruz inca, el cuis, las líneas de Nasca y otros símbolos peruanos pretenden conquistar el interés de las turistas. Es rápida la conversión de soles a dólares, y viceversa. Es plata verdadera, no lata, dicen las vendedoras.
La misma plata, pienso, que atrajo a Pizarro y sus amigos hasta aquí, y que viajó a España dejando atrás tanta sangre derramada.
“Señorita, señorita, cómpreme”, dice la muchacha con insistencia. Cada vez que alguien decide una compra, el proceso recién empieza. Es imprescindible, parece creer la vendedora, que la “señorita” acepte comprar algo más. Doce dólares el conjunto de collar y caravanas es el precio final, luego de una larga resistencia.
El sol cae con fuerza sobre Cusco. El abrigo necesario en la mañana está demás al mediodía. La falta de aire pesa en las piernas y la cabeza. La capital del Tahuantinsuyo, diseñada por Pachacutec, luce latinoamericana. Sus edificios antiguos son españoles, y bajo ellos se esconden las poderosas piedras talladas por los incas. En las esquinas, acurrucadas junto a un cajón con cigarrillos y golosinas para los paseantes, las ancianas vendedoras se adormecen, envueltas en sus mantas coloridas.
El paisaje de las montañas alrededor de la ciudad ofrece una razón adicional para que Cusco fuese el centro del universo hace 600 años.
Nos sentamos a descansar en los escalones de la Plaza Mayor, y la vendedora de plata decide proseguir su tarea, sentada también.
Un poco fastidiada, le digo.
– Somos pobres, de Uruguay. Tienes que venderles a los europeos, que tienen dinero.
– Ellos no compran nada, señorita, nada. Ni una medallita pequeñita siquiera. Nos compran los argentinos, uruguayos, chilenos y un poco los brasileros.
Altos y rubios como extraterrestres entre la multitud de piel oscura y estatura baja, los turistas europeos caminan en hilera por las callecitas coloniales. Sus consejos para el viaje deben incluir, además del protector solar y la masticación de hojas de coca, no intimar con los locales, y comprar solamente en las tiendas oficiales, donde la alpaca reina y todo cuesta más de cien dólares.
Para los demás, incontables mercados donde se exhiben multicolores versiones de los textiles indígenas, hechos a máquina con fibra de acrílico. Los diseños incaicos están en los manteles, bolsos, bufandas, ponchos, sombreros, abrigos. Todos iguales, en todas partes. Un ajedrez donde las blancas son los españoles y las negras los incas incluye un pegotín que dice Made in China. En una tienda explican cómo distinguir la plata verdadera de la falsa, y en otra dicen que la lana de llama pica, y la de alpaca no. Lo más auténtico parecen ser los choclos hervidos, de color muy claro y granos enormes. Y el sonido dulce e incomprensible del quechua, que ellos usan para hablar entre sí, como un privilegio que los enorgullece y les da cierto poder sobre los demás.
Hoy como ayer, las peruanas cargan grandes bultos sobre sus espaldas: mercaderías, leña, alimentos, bebés, y hasta cabras para fotografiarse con quienes les den una moneda.
Los que hacen el camino a pie hasta Machu Picchu incluyen entre sus pertenencias la comida, la carpa y el abrigo para cuatro largos días. Todo eso, sin embargo, lo cargan los indígenas, como han hecho por milenios, hacia arriba y hacia abajo de la montaña. Bajo el imperio de los incas y de los españoles, y en el capitalismo, los nativos de estas tierras han llevado sobre sus espaldas toneladas de objetos día tras día, año tras año. La ley dice que no pueden cargar más de veinte quilos, pero es sabido que son muchos más. De todas formas, 20 kilos por día, durante 335 días (porque en febrero el camino está cerrado) son casi siete toneladas al año. El salario diario de los porteadores, que así los llaman, anda por los 12 dólares.
Si una momia tiene todo el esqueleto sano, sin duda era de la nobleza, explica el guía. No cargaba nada sobre sus espaldas…
La joven vendedora de muñecas está cansada y triste. Senorita, señorita, apenas murmura antes de sentarse en el muro del que fuera Koricancha, el mayor templo inca, que desde la conquista es un convento católico. Su canasta aún está llena y la apoya sobre la falda tradicional que usa como disfraz. Su novio, que vende guantes entre la multitud, se acerca a ella, le da la mano y le dice algo que no escucho, pero parece una frase de aliento. Ella continúa con la mirada baja, detenida sobre la muñeca de lana que pretende vender. Tiene su mismo vestido y sus mismas trenzas pero, a diferencia de ella, no debe recorrer la calle todo el día para ganarse el pan.

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Del hotel al aeropuerto de Lima

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– Qué le pareció Machu Picchu, además de hermoso?
La pregunta me sorprendió en medio del acomodo de bolso, campera, guantes, papeles.
Encontré rápidamente la respuesta adecuada: sorprendente.
– Y qué más? Retrucó él.
– Grandioso, dije.
– ¿Y qué más? ¿No le parece raro que la hayan construido precisamente en ese lugar? ¿Si las piedras de que está hecha se encuentran en la montaña de enfrente? Es increíble.
– Sí, es admirable, una cultura con recursos que hoy no podemos imaginar.
– Extraterrestres -concluyó él. -Sólo ellos pudieron transportar esas enormes piedras.
No me atreví a contradecirlo. Me esperaba un viaje de cuarenta y cinco minutos, y deseaba que fuese tranquilo y placentero. Los adoradores de E.T, por otra parte, son difíciles de convencer.
– Es raro que hicieran esas obras de ingeniería sin conocer la escritura, dije.
– Eso dicen todos, pero ¡pobres incas! ¿por qué pensar que la escritura es todo? Se comunicaban telepáticamente. Todo el mundo les achaca no saber escribir.
Lamenté estar en ese grupo, y creí haber ofendido a sus ancestros, aun buscando ser amable con ellos. Afuera, las luces de la ciudad dominaban todo el espacio, anuncios comerciales, restaurantes, academias.
– No lo digo como una carencia, sino como algo raro para nosotros. Por otra parte, hoy visité las ruinas de Huaca Pucllana, acá en Lima. Otra civilización admirable.
– Nunca fui- confesó- Las he visto al pasar. ¿Y qué dijo el guía de ella? Porque la mayor parte de las cosas que dicen los guías son inventadas. ¿Sabían escribir?
– No, pero sus construcciones son antisísmicas. Hicieron pequeños ladrillos de adobe que ubicaron vertical, y no horizontalmente, en las paredes. El guía nos dijo que cada 300 años hay un terremoto con epicentro en Lima. Y que este año tendría que haber uno.
– ¿No me diga? Yo no sabía nada. ¿Cómo es posible? No nos informan. No puede ser que un turista sepa y nosotros que vivimos acá no. Es increíble!
– ¿No vio esos cartelitos en verde con la letra S? ¿Y en las plazas donde dice Zona de encuentro? Son por si sucede el terremoto.
– Espere, espere, no fue en 1715 el terremoto, sino en 1746. Así que falta todavía para los 300 años. ¿No le dije que todos los guías mienten? Es increíble!

El cómodo automóvil avanzaba por las avenidas limeñas a la velocidad de una góndola por Venecia. El mismo ritmo de los demás automóviles, combis, ómnibus, y por supuesto, como en otras ciudades de Latinoamérica, las ostentosas 4*4 ocupando más espacio y llevando menos personas que los demás vehículos. Faltaban las motos para que fuese una visión futurista de Montevideo.
El paisaje no era el de antiguos edificios manchados por el agua de milenios, sino las paredes de cemento de las autopistas, sobre las que los carteles de neón marcaban hitos geográficos de la ciudad. Ya en la periferia, las calles más angostas no tenían menos tráfico, pero se veían pequeños negocios, supermercados de barrio, restaurantes, talleres.
– Es muy rica la comida peruana-dije.
– ¿Qué comió?
– Ceviche, maíz hervido, papas a la huancaína, seco de carne con cilantro, escabeche de pollo, quinoa. Todo muy rico.
– Muy rico, salvo el cilantro. Odio el cilantro, y lamentablemente está en más de la mitad de las comidas peruanas. Es increíble!
Me incliné por los aspectos menos gustativos de la culinaria.
– Escuché en la radio que un restaurante peruano tiene el puesto segundo o tercero a nivel mundial, y es considerado el mejor en América Latina.
– Eso son payasadas. ¿Cómo puede saberse cuál es el mejor restaurante del mundo? No se puede medir. Son cosas de la publicidad.
– Es cierto, pero al Perú le sirve, internacionalmente, tener un título así.
– Solo sirve para que suban los precios para los pobres peruanos. Mire lo que pasó con la quinua, ahora los indios no la pueden comer. Increíble!
– Es una pena, realmente.
El viaje iba por el minuto cincuenta y tres. Ni rastros del aeropuerto. Ningún cartel indicador. Entre la maraña de vehículos, ninguno parecía llevar valijas de turista.
– Lo único que no probé fue chicha.
– ¿Cóoomo? ¿No probó la chicha? Increíble! No puede pasar por Perú y no probar la chicha.
– No encontré, no tuve tiempo de buscar, dije.
El auto viró a la derecha en la siguiente bocacalle, apartándose del camino por el que íbamos. Recorrió velozmente tres cuadras de calles oscuras hasta desembocar en una estación de servicio. Bajó y conversó brevemente con la chica a cargo de poner el combustible.
Volvió con una sonrisa y una botella de un líquido oscuro que presentó como chicha. La bebí con sed y entusiasmo, y elogié su sabor dulzón. No había tenido tiempo de cenar, y la chicha me calmó el hambre.
Volvimos al camino. Después de diez minutos de silencio, aparecieron los carteles del aeropuerto y me sentí aliviada, a pesar de que el viaje llevaba ya más del doble del tiempo estimado. El tránsito era igualmente lento, la calle estaba llena de camionetas con gente apretujada, regresando del trabajo, y de automóviles particulares con pasajeros como yo.
-¿Usted fuma?
– No, dije.
– Y su esposo?
– Tampoco. Fumaba, pero dejó hace años, por suerte.
También en Lima suena más elegante preguntar algún detalle que directamente interesarse por si tenía o no marido.
Entonces él encendió la radio. Durante quince minutos escuchamos el parte meteorológico, los informes sobre zonas de embotellamiento de tráfico, y la parte final de un programa de asistencia legal. Luego él apagó la radio y puso un CD.
-Dígame qué le parece, dijo.
Sobre el fondo de una orquesta tropical a todo volumen, con ritmo de salsa caribeña, se puso a cantar a viva voz. Anacaona, decía la letra. India de raza cautiva…..Jamás la había escuchado pero resultaba familiar. Su voz era linda y entonaba muy bien.
El volumen era tan alto que los ocupantes de vehículos vecinos, y hasta los policías de tránsito parados en el borde de la calle, nos miraban. Una mujer que iba en una de las camionetas le envió un beso con los dedos. Yo temía que tanta entrega artística no le permitiese detectar los mínimos instantes en que podía acelerar, pero demostró que era capaz de hacer ambas cosas a la vez.
Al terminar, lo felicité y le pregunté si cantaba profesionalmente.
– Ya no. Lo hice durante décadas. Perdí dos matrimonios, a mis hijos no los vi crecer, viajaba mucho, estaba todo el día borracho. Ahora tengo tanto miedo de que mi mujer me deje, que no canto más. Además, tengo dos hijos chiquitos, que son mi alegría.
Finalmente llegamos. El viaje duró dos horas. En nuestra época veloz, las conversaciones duran menos que eso. Me pregunté si todos sus viajes incluían la música y la confesión final. Quizás dependiese del número y nacionalidad de los pasajeros.
Los latinoamericanos somos comunicativos, y dos horas de tranquila charla son un privilegio en cualquier lugar del mundo. Quizás una medida para reducir el stress del tránsito sea conversar, simplemente.CAM01163

Noche fría sobre la autopista

Faltan veinte minutos para las diez, contesta la vecina al adolescente que espera, como ella, que pase algún ómnibus hacia el centro.
El viento se siente frío en las alturas del Paso de la Arena, a pocos metros de la ruta que cruza allá abajo, atravesada por un puente en uno de cuyos extremos está la parada de ómnibus.
Se oye el rumor de los grandes camiones, de los ómnibus interdepartamentales y los automóviles que pasan por la autopista como testimonio de un tiempo veloz.
A la vista el panorama es diferente. El tráfico por Luis Battle Berres es escaso. Del otro lado de la calle, algunos esperan para irse aún más lejos: Delta del Tigre, Ruta 1 Km 26, coordenadas sin nombre aún. Un bar con rejas, al estilo de las antiguas pulperías, ofrece su ventanita a los que pasan.
Del otro lado del puente hay un asentamiento. A esa hora se lo ve oscuro, parece una aldea medieval: bultos desordenados agrupándose sobre el terraplén que da a la ruta.
No hay luces en sus sendas interiores y los hogares se iluminan con velas, quizás.
El que preguntó la hora y dos de sus amigos comienzan a golpear con sus manos la estructura de hierro endeble de la parada, en la parte que incluye un mapa de la zona y el recorrido de los tres ómnibus que pasan por allí. Sus golpes, tímidos al principio, se vuelven entusiasta batucada cinco minutos después, y hay quien amaga unos pasos de baile.
Tiembla el techo sobre los demás, que se mueven inquietos. Por hoy no hay riesgo de caída, pues en cinco minutos pasa el L 14 para llevarse a todos, músicos incluidos. Ese ritmo, sin embargo, anuncia el cercano fin de aquellas latas, porque no hay otra cosa que hacer sonar cuando cae el sol y el ómnibus no pasa.
Luego de cruzar el puente, el panorama desde la ventanilla incluye depósitos de chatarra, casas a medio hacer, basura a lo largo de las cunetas, carteles inusuales como “acepto escombro”, “arreglo vaqueros” junto a otros vulgares: “se hacen fletes” “mecánico” o, también pintado a mano, “almacén”.
En una esquina, tres muchachos están sentados frente a un pequeño fuego encerrado en una rejilla de hierro. Están en silencio y lo miran, única señal cálida en la noche fría.
Quizás escuchen una música que sólo ellos oyen. Quizás esperan a alguien, o que pase algo.2014-12-15 18.57.57

Días y noches en Colonia Benítez, Chaco

El día comienza con el aullido de los monos, que se saludan entre sí desde los distintos bosquecitos donde se alojan. Parece que se reportaran por lista como en la escuela, porque el sonido recorre todo el alrededor de la casa. El saludo, que se prolonga durante diez o quince minutos, suena amedrentador, y tan fuerte que nada lo interrumpe, ni los pájaros abundantes, ni las ovejas acaloradas, ni los sapos clamando por agua. Se termina así la refrescante noche, que permitió el sueño recién sobre la madrugada, luego de largas charlas junto al fuego, bajo la luna, a resguardo de los mosquitos y otros insectos igualmente agresivos. Pequeñas ranas de varios colores se esconden bajo las sartenes, y saltan de vaso en vaso.
Calles de tierra clara conducen a los pocos negocios que se extienden en una de las aceras de la única avenida. Una panadería artesanal, una farmacia, dos o tres almacenes, una frutería. La carnicería comparte local con el estar de una vivienda familiar. A la izquierda, la máquina de cortar, el exhibidor y un freezer. A la derecha, tres sillones de mimbre, un televisor, una repisa con adornos. Si no hay nadie a la vista, hay que llamar con palmas. Al rato alguien aparece, sin demasiada urgencia.
El tono de las conversaciones suena dulce en nuestros oídos rioplatenses. Todos preguntan cómo fue que llegamos allí, y parecen alegrarse de la visita.
Encontramos un altar en forma de rancho pequeño y rojo en homenaje al Gauchito Gil, deidad de aquellas tierras. No falta la rivalidad política en carteles enfrentados de candidatos hiper maquillados y publicidad rodante que anuncia actos, reuniones, encuentros.
Participamos de la lotería chaqueña, que nos prometía una fortuna que no ganamos. La lluvia convierte todo en un lodazal: sólo hay posibilidad de tránsito por las angostas veredas, y los vehículos corren riesgo de quedar atrapados. Es imposible evadir el barro que ataca zapatillas, pantalones, piernas y por ende ingresa en las habitaciones, sube por las escaleras, ataca en toda esquina. Al secarse deja pinceladas casi imposibles de remover, para que disfrutemos de la breve sequía antes de que vuelva la lluvia.
A cada lado de la avenida principal se extienden largas calles bordeadas de selva. Algunas parecen no tener casas en sus márgenes, en otras se ven dos o tres, todas con su jardín delantero, flores y árboles y elegantes portones. Hay tanto verde que parece que el aire también terminará verde, y el pulmón agradece tanto oxígeno disponible. Un olor a flores acompaña las caminatas. Con un poco de atención se distinguen los distintos colores, diseños y aromas de las flores silvestres, que van desde la diminuta yerba del mosquito hasta los ceibos, flores de sapo y otras que se abren solamente de noche. Entonces rivalizan con las estrellas, que brillan junto a la luna para iluminar el camino de los que trasnochan.
Un camino sinuoso que pasa por quintas abandonadas y misteriosas nos lleva hasta el puente, desde donde vemos el río invadido por plantas acuáticas que esconden gran parte de su cauce.
Detrás, sobre la selva, el sol de otoño baja lentamente.
Los perros de allí son tan amables como las personas, nos salen al paso y nos escoltan durante todo el trayecto, como si quisieran asegurarse de que sabremos volver.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA2015-03-31 18.20.36 2015-03-31 18.37.00 2015-03-31 18.38.40Gracias a María Rita, Leonor y Max!

Ruiditos recurrentes

1)
Hice un trámite en el edificio central de la IMM. Mi irrupción de neófita en el submundo de la burocracia ciudadana me obligó a subir y bajar varias veces, desde el subsuelo al noveno piso. Viví  varias veces la angustia de estar parada en una habitación rodeada de ascensores a la espera de que uno de ellos se detuviera allí. Vi que otras personas, algunas con aspecto de funcionarios, estaban en la misma actitud expectante. Es decir, movían sin cesar sus cabezas en todas direcciones. Una vez en el ascensor, luego que cada usuario apretase el botón de su correspondiente piso, una voz de mujer, neutra y monótona, decía a cada momento: SUBIENDO o BAJANDO, según fuese el caso. Al aproximarse a cada piso, decía, en el mismo tono, PISO CUATRO, PISO DOS, PISO SIETE, etc. La primera vez resultó interesante. La segunda, un poco reiterativo. La tercera vez que usé el ascensor me dieron ganas de bajar por la escalera solo para no oir esa voz. Pero no se sabe a dónde van a parar las escaleras, en la IMM creo que llevan a lugares diferentes que los ascensores, y yo había aprendido el camino usando éstos. Entonces me resigné a escuchar pacíficamente aquella voz informativa. Quizás fuese un poco más divertido tener una voz para cada piso, o diversas voces según el día: una para los martes, otra para los jueves, o una voz alegre para los días tristes y una monocorde para los soleados. Tal vez llegue el día en que las empresas de ascensores ofrezcan este servicio a sus usuarios, además de incluir el espejo, que como es sabido, resulta útil en los viajes de más de dos pisos.
2)
En la oficina de aspiraciones docentes de UTU hay cuatro puestos para la atención del público. En enero, a causa de las licencias, solo una muchacha ocupaba el suyo, y se esmeraba en ser amable con la larga fila de interesados que esperábamos turno. El teléfono sonaba implacable, a un volumen alto, a su lado. Su sonido exasperaba a ambos lados del mostrador. En un momento pensé ofrecerme a atenderlo, o descolgarlo nomás, pero pensé que sería una intromisión. Creo que la chica que atendía era la más perjudicada, pues estaba trabajando desde hacía varias horas. Quizás lo mejor en esos casos sea eliminar el teléfono de la oficina. Atención personalizada, y basta.

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Calles y Destinos

Calles y Destinos
Las calles montevideanas han sufrido una pérdida de identidad en los últimos años. No ha sido a causa de cambios significativos en su aspecto propio ni el de sus veredas o casas aledañas, sino porque han perdido sus nombres. Bellas palabras como Caridad, Médanos, La Fe, Cuñapirú, Olimar, han sido sustituidos por nombres propios, a los que de vez en cuando se le antepone un Doctor, General u otro título casi siempre masculino.
Dar una dirección se ha convertido en algo tedioso y extenso, ya que muchas de las calles tienen apellidos dobles o nombres compuestos. Decir que se vive en Francisco Hermenegildo Varela Indarte entre Jacinto B. Pérez González y Honorio Feliciano Rodríguez Fernández es mucho más complicado y aburrido que si fuese en Membrillar entre Sauce y Vacas Verdes, por ejemplo.
Y también mucho más difícil de recordar. Si se diera el caso de que uno buscase la dirección de un médico o un abogado, no sería improbable confundirse entre el nombre del profesional y la calle que alberga su estudio o consultorio. Me pregunto quién sabe que, además de una calle, Carlos Vaz Ferreira fue un importante filósofo. Y también, si todos los que efectivamente saben eso, y algún otro detalle de su vida como que conversó con Einstein, fue hermano de una poeta o usaba bigote, lo traen a su mente cada vez que circulan por la calle que lo recuerda. Dudo mucho que al levantar la vista en su diario trajinar, quien lea una chapa sobre la pared con el nombre de Salvador Ferrer Serra sepa que fue político y dirigente de fútbol. El que por algún motivo visite la calle Doctor Juan José Carbajal Victorica probablemente nunca sepa que fue un ministro de relaciones exteriores y los que crucen Profesor Doctor Julio A Bauzá no reverenciarán su memoria de médico pediatra. Los que decidan tomarse una pausa en el Espacio Libre Profesor Doctor Juan José Crotoggini ocuparán el mismo tiempo en leer el nombre de dicho espacio que en cruzarlo de punta a punta.
Seguirán existiendo turistas que confundan Joaquín con Gregorio Suárez, sin que para los nativos que los citan en “’Suárez’’ a secas haya diferencia alguna más que la dada por el nombre de pila. Bautizar calles con nombres propios no está mal, pero pretender que toda la ciudad esté surcada de largos nombres de personas ilustres es un sinsentido y un error cívico. No está probado que este procedimiento alimente la cultura de los montevideanos ni su interés por la historia.
Como tibio consuelo ante tanta aridez nomenclatora, siguen existiendo destinos de ómnibus que mantienen su encanto. Tres Ombúes, Los bulevares, Verdisol, Bella Italia, La Boyada, Puntas de Macadam, Carlomagno, Camino del Andaluz, Portones y algún otro.
Es probable que cuando todas las calles tengan nombres propios, también el afán rebautizador llegue a estos lugares. Entonces veremos que el 121, en vez de unir la Ciudad Vieja con Pocitos, irá desde Contador General Emiliano Faustino Ferreira Domínguez hasta Sicoanalista Lacaniano Alejandro Sebastián Rodríguez Pereira. Preparémonos.

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New York poor experience

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERADía 1 en New York.

A través de la ventana, la ciudad nocturna es más linda que de día, porque sus miles de ventanas iluminadas dicen que adentro hay personas, pasan cosas…..Durante gran parte del día, mirando esas mismas torres de vidrio, dudé.
Como alguien me decía, caminar por New York es como estar adentro de una película, así que hice como mi tocaya de La rosa púrpura del Cairo, me metí en ella. Todo parece de plástico, calle tras calle rascacielos oscuros tapando el sol, luces de neón que giran, pantallas con imágenes enormes, y carteles que van cambiando de color y de palabras. Estoy a dos cuadras de Times Square ( de la que dicen es la esquina más iluminada del mundo) y apenas llegué fui hasta allí y luego seguí por Broadway, y sin darme cuenta seguí caminando por distintas avenidas hasta llegar al Central Park. En realidad pensaba que era más lejos, llegué casi sin darme cuenta. Busqué el Chelsea Hotel y pasé por el Metropolitan, donde me dijeron que no podía ver la ola de Hokusai pues no estaba en exhibición en ese momento, pero vi muchos cuadros hermosos. El otoño favorece la variedad de colores de los árboles. Pude escuchar cantantes de jazz, de blues, guitarristas franceses, acordeonistas eslavos, bolivianos con erkes, vi bailarines de hip hop, magos, caballitos de feria, estatuas vivientes y otras muchas cosas en las tres horas que estuve allí. Salvo este parque, que es hermoso, lo que vi no me pareció hermoso. Nueva York me impresiona, me sorprende, pero no me parece linda. Como compensación ante tanta frialdad lineal de las avenidas (que tienen número y no nombre como las nuestras) la gente, a ras del suelo, es muy variada. Y mirarla es parte del espectáculo que es la ciudad. Gente vestida de la manera más insólita y con el atuendo más estrafalario, junto a muchos que usan sus trajes típicos, desde los judíos ortodoxos hasta las hindúes envueltas en telas de colores maravillosos. Las tiendas están abiertas aun los domingos, es como si no se pudiese hacer otra cosa que comprar y comprar. Es que comprar es lo natural acá. Hay tiendas muy elegantes pero lo kitsch asoma a cada paso. Para empezar, el aeropuerto lucía muy sobrio, equilibrado, con espacios amplios y limpios, algunos carteles con hermosas fotos y de pronto, en uno de los corredores finales…una pared celeste, que tenía adheridas unas formas de yeso blanco simulando cortinas movidas por el viento…..con volumen y todo, a lo largo de 200 metros! Parecían decir: Welcome toYankiland.
Así es que junto a Armani o algún otro diseñador famoso encontramos reproducciones de Marilyn en camisetas ( Marilyn acá es como el Che en Montevideo) y muchas, muchas Betty Boop….Elvis Presley adorna carteras, y ahora hay prendedores de Obama ( con muchas banderitas yankis y escudos y demás) por todas partes, y papanoeles adentro de botellitas de plástico.Me parece divertido que en todas partes, a toda hora, se trasmita la idea de que todo tiene al menos una solución, y que esa solución puede comprarse. Desde la caída del pelo, hasta la pérdida de un gato; desde el amor de tu vida hasta el agujero de la oreja, desde la autoestima hasta un escarbadientes: todo tiene solución, hay que ver quién la vende, simplemente.
También los edificios tienen esculturas horribles, doradas, que no se sabe quién las hizo. Todas las mañanas, una multitud de personas que llevan en sus manos un vaso de café con leche y una bolsita de papel con donuts se apuran rumbo al trabajo. Es inevitable pensar a dónde irá a parar tanta basura.

Ciudad Vieja al noreste, 2007

Mi padre era meteorólogo y desde niña, adquirí el hábito de mirar por la ventana para saber qué pasaría con el tiempo cada mañana: si había anuncio de días hermosos, si las nubes estaban a punto de reventar en una lluvia tenaz o permanecerían pacíficamente quietas allá arriba, si el viento agitaba los árboles y las polleras, si la humedad amenazaba ser intolerable, o el calor, agobiante.
Cuando vivía en la Ciudad Vieja, lo hacía también por otra cosa: saber cuántos mendigos, prostitutas, borrachos o adictos a la pasta base se interponían entre la puerta de calle y la barrera salvadora de la calle 25 de mayo.
Hoy pasé por allí y vi que, en el baldío que entonces era  un estacionamiento privado, están construyendo un gran edificio. Enfrente, sobre la fachada decorada con pececitos de cemento, hay carteles indicando futuros cambios. La casa de al lado, aún en pie, está tapiada. A sus pies solía formarse un basurero, porque allí vivía un reciclador de basura. Este basurero era prolijamente levantado dos veces al día por el camión de la empresa recolectora. Del piso superior siempre goteaba agua, que se mezclaba con la basura y corría calle abajo desparramando la mugre y el olor.
La casa tenía dos plantas y tres puertas. En una de ellas vivía un hombre de unos sesenta años, pelo blanco, con una gran nariz que muchas veces exhibía heridas sangrantes. Durante un tiempo fue el cuidacoches de la cuadra, luego dejó el oficio y se limitaba a sentarse en la vereda, en una sillita que sacaba de su casa, a tomar mate y conversar. Era amable y respetuoso. En la siguiente puerta estaba la escalera hacia el primer piso, donde vivía la familia del reciclador. Éste era un hombre pequeño, en cuya cara estropeada por el alcohol aún era posible atisbar cierto atractivo. Muchas veces lo veíamos, tambaleante, ir hacia el almacén con una botella de plástico en la mano, a comprar vino suelto. Una vez alguien dijo que sólo así era posible resistir la ingrata tarea que le tocó en la vida. Su mujer también trabajaba en el reciclaje de la basura que él traía, y nunca estaba borracha. Era joven, se la veía siempre seria, y trataba con ternura a sus cuatro hijos, que parecían felices. Un día al pasar vi que la escalera daba a un rellano sin techo, y estaba totalmente cubierta de bolsas de basura negras, que dejaban un pequeño hueco a un costado, para pasar. A veces la mujer limpiaba la vereda, pero era tanta la basura que se depositaba allí que era imposible eliminar el olor y la grasa.
Ellos también descartaban deshechos (no todo lo que recolectaban era aprovechable) que terminaban en el basural de la esquina. Como ellos dejaban allí esa mugre, el resto de los vecinos los imitaba, depositando en el mismo lugar sus bolsas de basura.
Muchas veces no era posible transitar por la vereda, era necesario bajar a la calle, pero como ésta era muy transitada, había que esperar un buen rato antes de poder cruzar. Cuando Zabala visitó Montevideo, cuatro años después de la fundación, encontró también mucha basura y desidia en sus habitantes, que estaban asentados precisamente en ese lugar.
Algunas noches de verano me asomaba por ventana y veía entrar y salir gente por la tercera puerta. En dos horas de insomnio, conté treinta y dos.
Un tráfico incesante de dealers, drogadictos y ladrones buscando el “aguante”, el refugio. De vez en cuando venía la policía y cargaba dos camionetas con diez o quince de los que habían pernoctado allí…todos hombres, la mayoría jóvenes y con señales de gran deterioro. No puedo evitar preguntarme dónde estarán ellos ahora….Mi barrio 2 mi barrio 6 mi barrio 5 Mi barrio 3Mi barrio 1

Paraguay y Santa Fe

IMG-20140715-WA0001 IMG-20140715-WA0002 (1)Una de las seis colinas de Montevideo brinda su declive a la avenida Agraciada, desde la Plaza Suárez hasta Entre Ríos.
El tránsito baja como un tropel de organizadas bestias, y se divide en dos cuando nace la calle Paraguay.
A pocos metros de allí, en la esquina de Santa Fe, hay una parada de ómnibus.
No son muchos los que esperan, a esa altura del trayecto los que bajan son más que los que suben.
Un cartel de cemento, en el cual se exhiben promociones de productos de belleza, automóviles, celulares o viajes, alternativamente, se encuentra justo en la línea de visión entre la parada y la avenida Agraciada.
Los que esperan tienen dos opciones: pararse en el cordón de la vereda o arrimarse a la pared.
En el primer caso, sus vidas corren peligro pues, en caso de perder el equilibrio, es probable que sean atropellados por los vehículos que, a causa de la velocidad con que ingresan a Paraguay, no puedan frenar a tiempo. Si se acercan a la pared, es probable que no les alcance el tiempo para hacer señas al ómnibus, ya que deben correr hacia la calle con el brazo extendido, y llegar hasta ella en fracciones de segundo.
Todo esto podría considerarse un esfuerzo de la comuna para aportar emoción a la vida de los usuarios del transporte colectivo. Esa esquina podría ser adecuada, pues se encuentra rodeada de edificios grises y descuidados. Sin embargo, en general se lo vive como una molestia.
¿Dónde está la inteligencia colectiva cuya conclusión se ha materializado en ese cartel de propaganda? Tal obra no es ni puede ser atribuida a una sola persona. Los proyectos, en particular los públicos, pasan por varias manos y son leídos por muchos ojos. Al parecer, ninguna de esas mentes activas de personas responsables tuvo en consideración al usuario del transporte público. Por otra parte, es dudoso que el interés comercial haya sido considerado. ¿Puede algún conductor desviar su mirada hacia la propaganda expuesta cuando debe cuidarse de los múltiples vehículos que lo acompañan en su camino?
Quizás, desde la ventanilla del ómnibus o del acompañante en un automóvil, o desde el asiento trasero de una moto, alguien se interese por el desodorante infalible o la loción maravillosa. Cosas que podrían suceder, también, en caso de que el cartel mencionado estuviese ubicado en cualquier otra parte ( por ejemplo, detrás de la parada).
Este cartel, sin embargo, no es la única peculiaridad de Paraguay y Santa Fe.
Un fenómeno observable es que los ómnibus rumbo a la Ciudad Vieja pasan en tandas. Así es que, al aproximarse a la parada, es posible que se pueda vislumbrar la procesión de 124, 125, 126, 127, 524, 538, 133 y G. En ese momento se tiene la convicción de que será necesario esperar diez minutos hasta la próxima tanda.
Esto también podría considerarse un intento del departamento de tránsito de la comuna ( otra entidad formada por mentes activas de personas con responsabilidad) por otorgar diez minutos de introspección a los usuarios del transporte público. Sin embargo, se vive como una molestia, especialmente en una tarde lluviosa y fría de invierno. Es que los montevideanos somos quejosos, dicen.

En Vojvodina

Sentada en una mesa redonda , comiendo todo lo que me ofrecían para no ser descortés, me acordé de Porca Tierra , de John Berger. Lo desagradable que fue leer la primera página, que describía tanta crueldad y salvajismo . Y cómo me conmovió después de superar la tercer página… El manjar del pueblo es la rosca rellena de dulce rojo, acompañada de una grappa de frutas, la pàlinka.
Las inundaciones son una tragedia , el trigo se debilita, el maíz se pudre. Eso dicen en todas las casas que visitamos. Los animales sufren. Ellos saben que nada pueden hacer para detener este castigo injusto de la naturaleza , y miran hacia arriba , buscando el signo de apertura en el cielo gris. Se quejan un poco del frío.
Frío para ellos significa 20º C bajo cero. Calor quiere decir 40º .
Cuando Serbia ingrese en la Unión Europa, podrían perder el derecho de matar a sus cerdos y de hacer su aguardiente, dicen. Pero habrá más cultura, más educación, creen.
Sus dientes están dañados, y sus manos también. La mayoría de ellos tiene ojos de color azul brillante. Sus casas tienen cien o más años. Algunos símbolos de confort occidental se acomodan en las habitaciones de ventanas estrechas. El televisor estuvo encendido todo el tiempo de nuestra visita, pero ellos jamás lo miraron.
Por no conocer ni los rudimentos de su lenguaje, sólo pude leer sus rostros. Cada 20 minutos recibía una breve traducción . Los más viejos extrañan el comunismo. Los pobres vivían mejor que ahora , y no había una brecha tan grande entre la gente . Por supuesto, no podían adorar a sus santos ortodoxos , como hacen ahora, cuando también pueden tener una fiesta en Navidad.
Les pregunté por la guerra . Era una tontería, la gente no quería la guerra , contestan. Una bomba destruyó una de sus máquinas, y veían cotidianamente aviones pasar, pero estaban muy lejos del verdadero escenario bélico.
Se abrió la puerta, el olor de los establos llegó pero ellos no lo advirtieron .
Viven en la casa construida por su bisabuelo, que fue cochero del castillo hace 150 años. El pueblo carece de edificios de más de un piso.
Muchas casas están vacías . Aquí los jóvenes abandonan el país para vivir en las ciudades , como en el resto del mundo .
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Svetlana trabaja en el antiguo castillo . Cuando digo “gracias” , dice “de nada ” . Me dice que le encanta el sonido de las palabras en español , que conoce por las telenovelas latinoamericanas que ve en la televisión serbia. Me comprometo a escribirle para que aprenda un poco más el idioma.
El castillo fue utilizado como fábrica de productos químicos durante el comunismo. Ahora un grupo inversionista internacional lo ha comprado para construir un balneario en el parque. Si volvemos en tres años , Svetlana dice que recibiremos un tratamiento para lucir más jovenes y hermosos sin costo alguno en el futuro spa del balneario anunciado.
Sonja es licenciada en literatura española. La conocimos en el autobús de Kikinda a Belgrado. Se mostró sorprendida y feliz de encontrar hablantes de español, aun con el -para ella extraño- acento rioplatense.
Ella ama a Cervantes. Le hablé de Onetti, Felisberto, Borges y Bolaño . No hay escritores serbios traducidos al español , o tal vez sólo uno . Y solo unos pocos al inglés. Los principios de la globalización se aplican también a la literatura.
Dice que Belgrado es feo  y Novi Sad es bello.
Yo vengo de un país pobre, le digo. Para mis ojos, Belgrado no es feo, aunque está sucio. Sin duda una restauración de sus edificios lo haría lucir mejor. Las pequeñas ciudades desconocidas, como Kikinda, donde pasamos una noche, son limpias y llenas de árboles, y se respira un aire antiguo, lejos del bullicio y el vértigo de este siglo.

Visiones de Barcelona

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Una fotografía aérea de Barcelona muestra la reconocible cuadrícula de las ciudades españolas, útil invención que frenó el caos de los poblados medievales.
Pero ese prolijo ordenamiento de cuadrados, donde las calles se ven como líneas oscuras, no muestra la multitud heterogénea que circula por esas vías sabiamente diseñadas por los arquitectos alrededor de la ciudad antigua, que existe desde la época romana. Aun antes, desde hace cuatro mil años, los humanos amaron el lugar de Barcelona y es así que ibéricos, visigodos y musulmanes se establecieron al pie del cerro Montjuic.
Ese suelo ahora recibe la visita de otros pueblos nórdicos, que, ansiosos de sol, abandonan masivamente sus hogares para recorrer una y otra vez las callecitas del barrio gótico, bajar por la rambla hasta el puerto y llegar a la tan ansiada playa. También las calles de La Ribera, el Raval y la Boquería están llenas de personas de colores variados y tamaños.
Caminar es la actividad principal de los turistas; es posible reponer energías en cualquier barcito del camino, o en alguna plaza. Los caminantes lucen alegres, entusiasmados y levemente apurados, quizás urgidos por ver todo lo que Barcelona ofrece en el poco tiempo que duran las vacaciones. Hay, como quien dice, para todos los gustos: edificios medievales, restos romanos, arquitectura de vanguardia, galerías de arte, misas, visitas guiadas, danzas tradicionales bailadas con emoción por mujeres mayores, teatro, arena y agua. Y, sobre todo, Gaudí: en la Sagrada Familia, el Parque Güel, La Pedrera y en todas las postales y souvenirs que se ofrecen en todos los quioscos de la ciudad. La comida, como en casi todos los puertos, se basa en pescados y mariscos; se bebe cerveza y sangría en grandes cantidades.
La playa es una especie de hormiguero al aire libre donde hay que tener muchas precauciones para no pisar un brazo o tropezar con una cabellera. Nadie se molesta por la promiscuidad y muchas mujeres exhiben sus senos: desde la veinteañera esplendorosa hasta la señora mayor de cuyo pecho cuelga el recuerdo de épocas mejores. Bellas diosas se mezclan con secretarias tímidas, señores gordos o viejos se cruzan con modelos de músculos brillosos, y escuálidos rubios del color de la banana se acercan al agua donde nadan latinoamericanos cobrizos. En el agua, en realidad, son pocos: la mayoría se tiende en la arena, y muchos de los que se atreven a meterse lo hacen en tablas de surf equipadas con remos para suplir la falta de viento. Algunas mujeres lo hacen de rodillas, y de lejos parecen extrañas sirenas navegando paralelas a la costa.
Como en todas las grandes ciudades europeas, hay jóvenes africanos ofreciendo lentes de sol y bolsos, y pakistaníes intentando vender chucherías variadas como pitos con sonido de ruiseñor o estrellas voladoras. En la playa, otros ofrecen pareos y mojitos en vasos de plástico adornados por grandes hojas de menta. Casi todos tienen la mercadería envuelta en paños, a veces atada con una cuerda de la que tiran para envolver rápidamente todo y huir de la policía, que los persigue siempre. Alguno da la voz de alerta y todos se sientan en la arena, para mezclarse con la multitud. Miro alrededor y no veo a nadie con aspecto policial, pero sin duda sus ojos ven cosas que yo no alcanzo a ver, y no es cuestión de miopía.
El poder del estado dispuesto a despojar a estos pobres comerciantes de sus pobres mercancías tiene una cara que ellos conocen, y yo no. Lo que para mí es una multitud de personas disfrutando del sol y el descanso, es para ellos un grupo de gente con euros en sus billeteras, a quienes deben convencer de hacerlas cambiar de dueño a cambio de un pareo, un masaje o un trago. Lo que para los bañistas es apenas cambio, son para ellos monedas y billetes que los acercarán a sus humildes sueños o a la supervivencia por un día más. El mar, para ellos,  es un lugar inaccesible; la arena cubierta de cuerpos semidesnudos, un desierto tan difícil de transitar como el territorio del que provienen.
Barcelona es sueño y alegría para los ociosos y también para los que, de sol a sol, y a lo largo de todo el verano, solo trabajan.

Música en Cerdeña

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Acampamos en un precioso lugar llamado Torre Chia. Un festival de música se anunciaba en Domus de Maria , a 10 km de allí. El concierto fue en un teatro al aire libre, construido en cemento y sin ningún tipo de árbol, flor o planta, como si el arquitecto nunca se hubiese enterado de que hubo varios teatros construidos en la vecindad. ( Hemos estado en Nora, una ciudad –puerto, donde había uno construido por los romanos hace más de 2000 años, que tenía en cuenta la dirección de la luz y los vientos para facilitar el disfrute de las actuaciones)
Tres hombres sobre panzones  subieron al escenario. Dos de ellos con el pelo blanco, y uno con peluca color zanahoria y jeans muy ajustados. En la batería, lo suficientemente atrás como para no ser visto, había un muchacho joven. Los tres comenzaron a cantar todos los éxitos italianos . Volare , Che sara , Solo tu: un viaje por el melódico, pegajoso estilo internacional llamado ” música romántica ” . Una hora más tarde, y sin ningún signo de cansancio, los 3 veteranos se lanzan de cabeza en el viejo rock. Pink Floyd, Los Rolling. Más tarde, Police y también algunos otros …Seguían el ritmo y los patrones fonéticos , no las letras. Disfruté los primeros temas. Luego me cansé , y pronto me sentí deprimida . Pero mis amigos se divertían y tuve que sufrir durante 2 horas más la nostalgia rockera.
Un concierto de reggae se anunció para la noche siguiente . Dos senegalíes , una chica de origen incierto y dos sardos . Yo esperaba un toque local.
Pero lo que oímos fue nuevamente un mal inglés y ni siquiera una gota de creatividad en las canciones de siempre . Y al final, aunque no lo crean , Sting nuevamente. Al día siguiente era mi cumpleaños.
Mis amigos me llevaron a Cagliari. Visitamos los museos y los lugares principales , bajo el sol a 37 grados C . Es una ciudad preciosa a pesar del calor.
Quería comprarme, como un regalo, algo de música sarda. No fue fácil en absoluto. Cruzamos la ciudad ( 1,6 millones de personas ) en todas las direcciones y finalmente llegamos a lo que su dueño llamó la última tienda de música en la ciudad. ( Ubicada en la calle de Grazia Deledda , premio Nobel de Literatura hace un siglo )
Muy pocos de música sarda, aclaró para disminuir nuestro entusiasmo. Pude ver jazz, clásicos italianos , y rock and roll internacional en los exhibidores.
De música sarda había tan sólo seis CDs , de los cuales compré cinco . El lenguaje es difícil de entender, y las canciones tienen algunas palabras en español. España conquistó Cerdeña y permaneció allí durante 200 años. Nada más que algunas palabras sobreviven ahora de aquellos años, y un castillo en Cagliari. Hay un ritmo muy peculiar, llamado canto en re, que cantan hombres en coro y que es muy disfrutable, aunque algo monótono. Descubrí a un gran cantante, ya muerto, Andrea Parodi. En un CD hay un tema de Violeta Parra y otro de Chico César.
Por la noche fuimos a un bar en Domus de Maria de nuevo. Dije que me gustaría no escuchar Message in a bottle por tercera vez , no en Cerdeña. ( Mis respetos a esa canción hermosa, pero hay otras ) . Era otro grupo, y su repertorio eran canciones británicas de los años ochenta. Sentí que iba a volver a mi primera juventud …. pero me quedé enojada y avergonzada por la elección de los organizadores de los conciertos nocturnos de verano en el suroeste de Cerdeña. Y sintiendo una especie de desprecio por los músicos también. No debería, pero lo sentí.
Finalmente, justo después del feliz cumpleaños, mientras comíamos los increíbles dulces de Cerdeña , un grupo local llegó. Y cantaron maravillosamente. Lucían sardos , y cantaron en sardo. No las canciones tradicionales, sin embargo. Sólo adaptaciones del antiguo estilo a los nuevos tiempos (que incluye algunos acordes de rock y jazz por cierto )
Cuando estaba en la oficina principal del campamento , buscando el pasaporte, que como es habitual, no encontraba, comencé a sacar las cosas del bolso y puse uno de los CD que había comprado sobre el mostrador. La mujer del otro lado parecía felizmente sorprendida . ¿Conoces a Maria Carta ? dijo . No, le respondí , pero me gustaría saber de ella, y escuchar su música , y esto parece ser muy difícil .
Si nada cambia , esta música va a morir pronto…qué pena.

Figuritas

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IMG-20140520-WA0003 IMG-20140520-WA0000IMG-20140520-WA0001 CAM00008 IMG-20140521-WA0000Figuritas Contra todos los pronósticos, 18 de julio ha mejorado en los últimos meses. Hay más negocios abiertos, y éstos no son solamente de ofertas, aunque los haya. No hay tanta basura, ni tantos vagabundos. Es cierto que siguen los bolsones de oscuridad y no se ven nuevos bares, pero el público ha aumentado. A las seis y media, en otoño, la noche se encuentra con los transeúntes de la tarde y hay un entusiasmo de fin de jornada en las veredas. Los empleados se acercan a las puertas intentando captar los últimos clientes, los que ya salieron de la oficina dan rápidas miradas a las vidrieras por si ven algo interesante, los ambulantes comienzan a desarmar sus mesas. Los repartidores de listas para las elecciones internas suspiran calculando cuántos aceptaron su ofrenda ensobrada, cuántos dijeron no, gracias…. Algunos continúan esperando a sus compradores: están de zafra. Son los que ofrecen figuritas del próximo mundial de fútbol. A lo largo de la avenida, se multiplican: algunos tienen mesita propia, otros la comparten con vendedores de medias, de bolsos o mates; también algunos kioscos de revistas tienen el cartel “se venden figuritas”. Pero la gracia no es vender los paquetitos cerrados donde vienen tres figuritas al azar, sino conseguir las “difíciles” o simplemente las que no se tienen, a un precio, claro está, bastante superior. Y no sólo se venden, también se cambian. Cada vendedor evalúa el stock que le ofrecen los interesados y lo convierte en valores de “difíciles”. Así es que un lote de diez standard sirve para una más o menos difícil, otro de cincuenta de las de dificultad media se avalúa como tres difíciles, y otras que no se adquieren, por ser demasiado comunes, y las que no se cambian, por ser ultradifíciles. Los interesados se supone que son niños, y los que proceden a la transacción son sus padres o hermanos mayores, aunque también se acercan algunas mujeres, madres o hermanas tal vez. Pero luego de observar algunos puestos, se puede concluir que la pasión es común a t todas las edades y sexos. Todos quieren conseguir las figuritas necesarias para completar un álbum cuyas hojas incluyen a todos los jugadores del mundial, separados por países. Este fetichismo sobre pequeños pedazos de papel, en esta era electrónica, parece un anacronismo. Más aún cuando las tan ansiadas figuritas son producto de una empresa italiana, con sede en varios países, entre ellos Argentina. Ellos determinan cómo se arman los sobres, cómo se guardan estos sobres en las cajas y cuáles cajas llegan a Montevideo. En internet se encuentran ofertas varias, que complementan el mercado real de 18 de julio. Por supuesto que lo que se gestiona on line tiene un volumen mayor, en tanto en la calle se produce la venta al menudeo. Y se ofrecen, también, álbumes completos para los ansiosos que no resisten la espera ni están dispuestos a la búsqueda. Los que no son capaces de entender el placer de ir llenando el álbum día a día, semana a semana, ni de disfrutar el instante en que por fin se pueden adquirir varios sobres, o cuando llega el momento de tapar el hueco pendiente en un equipo, en una página. Es un juego infantil que ha perdurado, y se asocia con el campeonato mundial. Para los fanáticos del fútbol, es una forma de ir “entrando en materia” y disfrutar por anticipado las jugadas que se verán en algunas semanas. Para los mayores, además, es un recuerdo de la propia infancia, tan distinta a la actual en su profusión de objetos y juegos. Para los niños, un viaje a épocas pasadas, y el descubrimiento de una forma de diversión que no incluye el click, ni el enter, ni el “ya mismo”. Para todos, un ejercicio de paciencia: la de los niños porque no tienen las que buscan y la de los padres resistiendo la presión de los hijos. No debe faltar el sicólogo que sugiera a un paciente ansioso  la tarea de llenar el álbum: a dos paquetes por día, sin excepciones. FOTOS GENTILEZA DE SILVIA Y NANCY ( SUB 20)

Ciudad de Pessoa

1)A Brasileira es el café al que Fernando Pessoa iba todos los días. Ahora hay una estatua suya allí, un hombre sentado a una mesa, y la gente le saca fotos, aunque nunca lo haya leído. Chicas risueñas se sientan en sus rodillas, y le pasan un brazo sobre los hombros.
Si esto hubiese sucedido ochenta años atrás, él lo habría disfrutado, y la humanidad habría perdido a uno de sus mejores poetas.
No estoy segura de que hubiese sido feliz en el medio de esta multitud de turistas ruidosos.
De todas formas, él venía acá porque no tenía a dónde ir, ni a quién visitar. Se sentaba mirando la peluquería del otro lado de la calle, preguntándose si necesitaba o no cortarse el pelo. Si estuviera vivo ahora, estaría firmando algún papel a cambio de bebida, y quizás un omelette. Seguiría bebiendo hasta que el mozo, con piedad, pidiéndole que mirase dónde poner los pies y  se apoyase en la pared, lo acompañase hasta la parada de tranvía. El se ayudaría con su paraguas.
2) Los tranvías se detienen cuando encuentran un automóvil atravesado sobre las vías, y el conductor golpea en las casas de alrededor hasta encontrar al responsable. Parece algo cotidiano, y nadie se fastidia demasiado por eso. Los tranvías son indispensables en una ciudad con tantos desniveles, algunos demasiado abruptos para bajarlos o subirlos en bus.
3) Las vistas de la costa son maravillosas, las calles, paseos, monumentos, los azulejos en todas partes, los pasteles de crema, los músicos de fado en la noche. La Lisboa entrañable, al menos para nosotros, es la de Alfama y Mouraria. Es pobre, pintoresca, amontonada y colorida. Alegre y también algo melancólica, y si bien no suena ningún bandoneón, las historias de amores olvidados y marineros que nunca volvieron parecen tapizar las calles angostas de esos barrios, por las que es lindo bajar hasta el centro más cosmopolita de la ciudad.
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Cine antigüo sobre cosas eternas

Marcelo tiene un local de venta de libros usados, posters antiguos, revistas y Dvds en la Galería Central, donde hay otros negocios que venden soldaditos de plomo, mapas viejos, historietas inhallables y discos de vinilo.
Su erudición cinéfila es vasta, profunda y ramificada a todos los estilos, épocas y detalles imaginables: desde la nacionalidad de los extras de la Metro, los principales actores de la Fox, o los músicos que hicieron las bandas sonoras de las películas de William Wyler, sin olvidar los nombres de los grandes cines montevideanos, de los que ya ninguno existe.
El otro día nos contó que, durante la dictadura, no se exhibían películas pornográficas en Montevideo. Había solamente algunas calificadas Franja Verde, que contenían algunas escenas de desnudos femeninos, alguna nalga masculina, pero nunca pasaban de eso.
Cuando vino la democracia, la primera película auténticamente porno que se exhibió se llamaba Penetración. El cine Mogador,en Andes y San José, tuvo la ocurrente idea de pasarla. Fue un éxito rotundo. Todo el mundo iba a verla. Gente común, intelectuales, jóvenes y viejos, parejas; todos se sentían convocados a ver sexo explícito en la pantalla, algo que nunca se había visto.
Lo que conocemos como cine porno arrancó en el mundo al final de la década del 60, un poco antes del inicio de nuestra dictadura.
Fueron tantas las veces que se exhibió la película que se fue gastando. Se rompía y todos los días había que cortar un pedacito y pegar. De una hora y media de duración original, terminó teniendo menos de una hora.
Los pedacitos de celuloide desechados  eran recogidos por los transeúntes, y hubo quien armaba con ellos diapositivas, que vendía luego en la feria. Un tímido cartel anunciando la mercadería era suficiente para que en poco rato desapareciera todo el stock. La gente se pasaba la voz y eran muchos los que iban a Tristán Narvaja a comprar aquellas diapositivas.

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Luz de Bella Unión

Viernes 1

Tengo mesa: me han traído una circular, de lata, plegable. Me parece hermosa: es grande, cómoda, y no sólo cabe en el espacio entre ambas camas, sino que deja lugar para la banqueta. Después de tres horas sentada en el piso con la computadora en la falda, una mesa es un lujo.
Entreabrí la ventana, que es de vidrios traslúcidos, para que una franja de cielo me quite la sensación de agobio de los lugares cerrados. Entra frío,  hoy es uno de los días más fríos del año; cuando no lo resista más la cerraré, y tendré su recuerdo.
Caminé un par de horas por el pueblo. Mucho cielo. No hay casas de dos plantas, y los árboles son bajos. Cuánta luz, y qué bueno es vivir con ella y con la paz del silencio. Esta mañana leí los titulares de la prensa y sentí que todo sucedía a miles de kilómetros de acá. Los grandes acontecimientos del mundo parecen más cercanos en Montevideo, con su ruido incorporado.
Acá el viento mueve las ramas de los árboles, sale el sol, crece el río: pasa eso.
Dos o tres cuadras separan el río del centro del pueblo. En realidad, es la confluencia de dos ríos, y ahora que hay “crecida” el paisaje es más hermoso todavía. La corriente se ve poderosa, marrón; ha invadido las zonas que los hombres han domesticado para su uso: los senderos, parrilleros, las canchas de fútbol, los predios para el camping. Después se retira, como siempre, y las conquistas se recuperan. Una y otra vez, la crecida vuelve, y nadie pretende que deje de hacerlo. La gente sabe que podrá disfrutar de sus espacios cuando llegue el verano, o al menos durante parte de éste.
Del otro lado hay casas, embarcaderos, ¿ será otro pueblo?¿ cómo se llega allí, si no vi ningún puente?
Cuando llegué a la plaza me extrañó no ver la iglesia, y me dije que éste era el único pueblo en cuya plaza no hay iglesia, pero me equivoqué. Ella está, pero es tan pequeña y humilde que no se la ve a primera vista. Estaba cerrada, por lo que es probable que no sean muy píos por acá.
Me senté a esperar el mediodía en un banco de cemento, pintado de anaranjado. En una esquina de la plaza hay un semáforo. Por lo que vi, la frecuencia de vehículos por minuto es muy baja (no sólo autos, hay también muchas motos) y vaya a saber qué circunstancia hizo que se instalara ese semáforo. Quizás a la hora de entrar a la escuela pasen camiones, quizás los chicos bien usaron esa calle para correr picadas, quién sabe. Luce anacrónico en el paisaje vacío de la calle.
En el bar, una pareja habla en portugués en la mesa de al lado , y un hombre de bombachas, boina vasca y botas ruidosas come silencioso, más atrás.
Al llegar, la dueña del hotel me preguntó si había estado acá, y le dije que era la primera vez. Sin embargo, ya he estado en Bella Unión, y tal vez dormí en este hotel, pero no lo recuerdo. ¿Podría ella recordarme? Pasaron seis años, y sé que no soy inolvidable.
Las pocas personas con las que me crucé en mi caminata, me miraron con la inequívoca actitud de quien no me reconoce. Seis mil personas viven acá, y no creo que todos se conozcan entre sí, pero todos lo que me vieron sabían que no me conocían. Mi ropa, mi manera de caminar ( no mi pelo pues lo tenía tapado con el gorro…)
Sentada en en la plaza pensé que podría vestirme de una forma que no llamase la atención, pobremente, y estar allí, sin ser notada, porque las mujeres de mi edad  son los seres más invisibles. Las jóvenes pobres tienen la belleza de la juventud, las muy viejas la peculiaridad de las arrugas, pero las que son como yo no llaman  la atención. Y así me gustaría poder sentarme en la plaza, sin ser notada, para poder observar con más atención y menos disimulo todas las cosas.

Sábado 2
Teresita es profesora de música desde hace 41 años. Fue a buscarme al hotel a las seis de la tarde, de regreso de una actuación de su coro en la vecina ciudad brasileña de La Barra. En el asiento trasero llevaba el contrabajo de un músico que viene a dar clases los sábados, que debía despachar en el ómnibus de la noche. Como encargada de cultura del pueblo, Teresita atiende a todos los que, como yo, venimos de vez en cuando por acá.
Me contó que da clases de música todas las mañanas, a un total de 250 alumnos entre trece y catorce años. Eso, y todo lo demás, me parece heroico.
Por la noche, cuando fuimos a cenar, vislumbré al menos uno de los orígenes de su energía. Su cena consistió en una milanesa napolitana que abarcaba todo el plato. Los escasos centímetros libres estaban cubiertos por gruesas papas fritas. Lentamente, mientras me contaba que Bella Unión es más culta que Artigas, que no hay suficientes puestos de trabajo, que una de sus hijas es peluquera y la otra profesora, y que le teme al río cuando crece por las noches, Teresita se comió la milanesa.Mientras tanto, yo luché con un omelette de champignons y una ensalada de tomate y lechuga. Vencieron ambos.
De regreso en el hotel, me dispuse a resolver el problema de la caja.
Por suerte, se trataba de una caja de cartón. Al final de la clase, una señora muy dulce y tímida se acercó a pedirme, con mucho cariño en los ojos, si podía hacerle un gran favor. ¿Cómo no complacer a una persona tan agradable? ¿Y qué gran favor podría pedirme una mujer desconocida? Por un segundo pensé que sería leer sus manuscritos. Dijo “podrías llevarle una torta a Malí” e instintivamente dije sí, pero sin entender de qué se trataba. Es más, pensé que había entendido mal la palabra torta, y que se trataba de otra cosa, un libro por ejemplo. Me dijo que la tenía en la camioneta y que me la traía inmediatamente. Entonces vi que no había entendido mal: era una torta. Una verdadera y bien embalada torta de cumpleaños. Cuando vi la caja estuve a punto de echarme a reír. Tenía pegado un papel que decía MUY FRAGIL y medía cincuenta centímetros de largo por lo menos.
Durante toda la cena, entre bocado y bocado, venían a mi mente diversas alternativas para resolver el problema de la torta. Podía olvidarla. Podía partirla y meterla en una bolsa. Podía despacharla por correo. De lo que estaba segura es de que no podía transportar, así como estaba, esa caja.
Tampoco podía privar a Malí de su torta, ni estropear el regalo tan generoso de esta señora. Resolví abrirla. Era una hermosa torta decorada con flores amarillas. Decidí probar un pedacito. Después de todo, yo había estado en el cumpleaños y merecía un pedacito. Le saqué fotos antes de cortarla, para enviárselas a Malí. Era deliciosa. Tierna y rellena de dulce de leche. Disfruté de ese pedacito, que, además, achicaba la porción a transportar….
Vi que la caja era mucho más grande que la torta, y decidí adaptarla a la medida de ésta. No fue fácil sin herramientas. Intenté con un cuchillo de plástico, y también con la bombilla del mate. El cartón resistía, pero al final cedió, y obtuve un envoltorio adecuado al tamaño de la torta, que acomodé en la valija.

El Río Uruguay por la mañana

Parque Rivera de Bella Unión

Granada en otoño

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1) Cerca de la catedral, una joven gitana toma mi mano e intanta leer mi futuro. Las frases usuales para una mujer de mi edad, viajando sola: lágrimas en el pasado, pero felicidad en el futuro; un viaje, alguien que desde el cielo reza por mí. Ella no sabe que nadie  ha muerto aún para velar por mí, que viajo cuatro veces al año, y que siempre fui bastante feliz. Le sonrío y le pregunto si nació acá. Cinco dólares cada mano, contestó. Pero yo no pedí esto, querida, toma tres, y déjame en paz, le dije. Si me hubiese dicho algo interesante, podría haberle dado más.

2) Caminé bajo la lluvia. Calles vacías y negocios vacíos, el silencio triste que el otoño trae luego del bullicio veraniego. Hay muchos árboles gingko por aquí, y en estos días están intensamente amarillos. Detrás de una gran vidriera, un hombre de unos sesenta años corta la madera para una guitarra. Cae sobre la mesa, y permanece recostado allí por un instante. Luego vuelve a su tarea. Cansancio, tristeza, quién sabe! Quizás solo un momento íntimo cuando nadie mira.

3) Las empleadas de la librería, dos chicas muy amables, hablan acerca del acento latinoamericano, antes de que yo les dirija la palabra. El idioma español nació en España, dice una. Por lo tanto la forma en que se habla acá es la correcta. Los demás hablan mal el español.
Es eso xenofobia, racismo o solo un uso equivocado del silogismo?

Entretenimientos de pasajera

La mudanza me ha traído los viajes diarios en ómnibus hasta y desde la oficina; y con ellos, la posibilidad de asistir a variados espectáculos de pretendidos artistas o simples limosneros. Los que más abundan son los cantantes, y tal vez por esto, los que presentan un rango mayor de habilidad y calidad. Es curioso el comportamiento crítico de los espectadores.
Los mejores, en general, son recompensados con aplausos y monedas. En cambio, quienes desafinan o eligen mal su repertorio, son fríamente ignorados en el reconocimiento y en el desprendimiento monetario.
Los que cantan en inglés, en general, son desdeñados; y los que cantan rock, a menos que compensen su adicción musical con muy buenas interpretaciones o un aspecto agradable, también.
El repertorio folclórico o nacional es el que más adhesiones despierta. Canciones del repertorio contestatario latinoamericano son también muy bienvenidas.
De todas formas, con eso no alcanza. Hay que cantar bien y en lo posible, tocar la guitarra o cantar a dúo, opción elegida por varios de los músicos del transporte.
Hay algunos cuya pobreza interpretativa se vislumbra desde el primer momento. Empiezan con timidez, tal vez preguntándose si quienes los precedieron se sentían igualmente incómodos, y se extienden en canciones interminables esperando que el exceso de música compense la escasa virtud con que la ejecutan.
Algunos se disgustan si la gente no los escucha y sigue conversando; incapaces de la autocrítica, adjudican la indiferencia o el rechazo a la mala educación y no a su mediocridad. Olvidan que nadie le pidió escucharlos…y que la gente demuestra gran amabilidad al no molestarlos.
Los hay que interpretan pequeñas obras cómicas, con estilo dispar: algunos son muy graciosos y otros se desbarrancan en el grotesco. Una pareja de gordos hombres jóvenes interpreta a un marido y su mujer a punto de parir. En el momento cúlmine de la actuación, el que hace de mujer se tira al piso del ómnibus y finge los dolores del parto…..Una señora mayor, muy pintada y sin dientes, hace una intervención picaresca con una enorme bombacha floreada y un chorizo de goma similar a un pene. Es realmente muy graciosa, su humor es auténticamente arrabalero y pienso en cuántos artistas populares se han perdido en los barrios, en la vida gris de la falta de oportunidades….esta mujer podría haber sido una gran actriz, en otras circunstancias.
Entre los que directamente piden, están los que pertenecen a organizaciones de rehabilitación de las drogas, en general vinculadas a alguna iglesia.
Ellos se extienden en la narración de sus vidas pasadas, dominadas por la droga, y confiesan sin pruritos todos los pecados a que la adicción los condujo: mentir, robar, amenazar, dormir en la calle, todo salpicado de detalles inculpatorios e íntimos. En general, increpan a los que miran por la ventana: eh,tú que miras para afuera, esto puede pasarte a ti, o a tu hijo, o a tu hermano! Lo mismo hacía un payaso que vendía galletitas, decía que no había que mirar para afuera porque allí seguía estando el mismo paisaje de ayer. Y terminan vendiendo alguna bolsa de nylon, un marcalibros o un pegotín de horrible diseño.
También están lo que directamente piden, quienes por lo general relatan alguna desgracia sufrida, por la cual perdieron el trabajo, la casa o la salud….y piden para alimentar a sus hijos o para pagar la pieza de pensión.
Algunos reparten papelitos relatando su desgracia: tengo ocho hijos, se quemó mi casa, mi marido tiene cáncer….
Otros son más combativos. Uno de ellos levantó la mano a la altura de su pecho, con el índice hacia los pasajeros, como si fuese un revólver, que movía de un lado a otro. Si, decía con pasión, esto podría ser un revólver de verdad y yo estarles diciendo: Dénme todo lo que tienen! Pero no, he elegido el camino más difícil….pedir!
Una mujer pide para alimentar a sus hijos y se enoja con quienes le dan poco dinero ( pero no con los que no le dan….) Les pregunta, gritando, si con una moneda de dos pesos ellos podrían comprar un pan o un litro de leche.

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