Media tarde en la barra de Santa Lucía

En el kiosco de los panchos, dos hombres conversan sobre sus comidas favoritas. “Yo muero por los ravioles con tuco”, dice uno, “pero con estos calores no puedo comerlos”. Al otro no le gusta el tuco, pero sacrifica todo por un guiso de lentejas. Algo que tampoco es adecuado para el verano. Los dos se quedan en silencio, con el recuerdo de sus sabores amados, a los que volverán cuando baje la temperatura. Mientras tanto, se las arreglan con panchos.

En el restaurante, la pizarra en la pared otorga una gran superficie a la Ensalada Completa: lechuga, tomates cherry, rúcula, queso, jamón, aceitunas, berro, kale, ciboulette, huevo duro. Una profusión de ingredientes a los que yo agregué, en mi mente, el recuerdo de otros: chauchas, papas, zanahoria, remolacha, arvejas, porotos blancos, palmitos, granos de choclo. Fue esa idea previa del significado de “ensalada completa” lo que me lleva a elegirla; pero la realidad se ajusta, con precisión, al listado escrito a mano en la pared. Trago el último bocado de lechuga y sigo con hambre. Después de todo estoy a dieta, me resigno, y pienso con cariño en el kiosco de panchos.

El paseo a los humedales se frustra: apenas salir, el peso del sol sobre nuestros cráneos y la extensión de pastizales secos indican la inconveniencia de arriesgarse por los caminos de madera. Nos queda la orilla del río, que los fines de semana se llena de gente que disfruta de su picnic. Hay cinco árboles al costado de la rampa que lleva al agua, y cuatro están ocupados por parejas silenciosas. ¿Qué se dirán, si se dicen, al resguardo del calor insoportable? Tal vez disfruten del silencio en compañía, de la quietud. Nos ubicamos en el quinto árbol, que da sombra a los aparatos de gimnasia y miramos el río quieto, marrón, del cual llega una brisa benéfica. Los patos blancos se apretujan en el centro del río, para mojarse las cabezas o comer algo. Varios botes de madera, algunos con una pequeña cabina encima, descansan aferrados a sus anclas. A nuestras espaldas hay un parque de diversiones desmontable, de esos que recorren barrios y pueblos desde tiempo inmemorial, y lucen frágiles con sus juegos despintados, los fierros torcidos y el óxido que obstruye las junturas. Debe ser divertido subirse al gusano loco en el cual el amarillo es apenas un recuerdo, a uno de los autos chocadores tapados con lonas negras, o a la fragata sin velas que amenaza escaparse hacia el infinito cuando el endeble andamio que la sostiene se sacuda. Hay una especie de calesita de sillas, donde varias cuelgan de un solo cable en medio de las que aún funcionan. Faltan los niños que hacen de eso una fiesta, que no ven la decadencia, sino la posibilidad de girar en el aire durante cinco minutos, de reír a carcajadas. De sumar su alegría a la de quienes los han disfrutado por décadas.

Bajo un árbol, tres hombres jóvenes descansan apoyados en sus bicicletas y discuten qué hacer para obtener dinero. Uno propone vender asado de pescado, otro dice que es complicado, el último argumenta que nadie lo compraría. El primero, con una dicción campera, difícil de entender, jura que vio cómo la gente compraba el tal asado y los que lo vendían se llenaban de plata. Llega una pareja con bolsos y un niño de seis años; buscan la sombra y espero que se ubiquen junto a nosotros, del otro lado del árbol, pero se instalan un poco más allá, cuelgan sus cosas de una saliente de otro árbol y se tiran sobre el pasto. Me habría gustado oírlos hablar, conocer sus planes para la tarde.

El sol nos impide llegar hasta el puente, donde están los pescadores, los deportistas y los que buscan algo que comer en las entrañas ocultas del río.

Recuerdo una novela de Faulkner que leí a los veinte años: Luz de agosto. En ella la gente desaparece de día y revive al caer la noche, para huir un rato del calor, cosa que no logran, porque ese calor del verano es inexorable, en Yoknapatawpha y en Santiago Vázquez. La forma en que él contaba ese calor es inolvidable para mí.

 Los indígenas del trópico se recuestan a los árboles y permanecen inmóviles, en silencio, mientras dura la ola de calor. Nos hemos acostumbrado al aire acondicionado y al ventilador, pero, con un poco de paciencia, es posible comprobar la eficacia de ese antiguo método: respirar suave, mover solo los párpados, ser feliz cuando llega la brisa.

Publicado por Cecilia Ríos

Esto es para compartir con mis amigos lo que veo en mis paseos. Notas una vez al mes! Gracias a todos mis lectores.

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