Música involuntaria

En la peatonal Sarandí, alrededor del Registro Civil, nos aglomeramos los que, a causa de las restricciones, no podemos juntarnos en la oficina y presenciar directamente la ceremonia del matrimonio civil y obligatorio, etc.  Por cada pareja dispuesta a casarse hay un grupo de ocho o diez personas de toda edad, aunque la mayoría son jóvenes. Todos van vestidos de fiesta, o para una ocasión especial: algo novedoso en días donde la pandemia empuja hacia la blusa cómoda y el pantalón amplio. Observo atuendos deslumbrados por la mañana radiante, tímidos ante la inmensidad de la calle o ansiosos por volver a sus armarios oscuros.  También son inusuales los peinados, las joyas colgadas de cuellos y lóbulos, los tacos brillantes, las corbatas vistosas.

 Todos se muestran alegres y afectuosos entre sí, rodeados de idéntico jolgorio. Me detengo en ese sonido raro, como si en un año hubiese olvidado el efecto de un montón de voces en un lugar pequeño. Cada grupo tiene su propio sonido; en unos sobresalen voces masculinas, en otros, agudos gritos infantiles, la voz cascada de las fumadoras o el arrullo entusiasta de las amigas. Si me acerco, distingo el resumen sonoro de cada grupo, pero las miradas me apartan, me dicen que los lugares son escasos y no se admiten extraños. Al alejarme, oigo un conglomerado de ruidos indistintos. 

Alguien dice una frase breve, los demás responden con risas, con aprobación, con tres o cuatro palabras; y así enhebran conversaciones que solo ellos entienden, como si cada pareja perteneciese a su propia tribu, con su propio dialecto. Cuando los novios entran al edificio vidriado (el paso es controlado con rigor por los porteros, que dejan pasar cédula en mano) los grupos se dividen en grupitos para esperar que allá arriba, invisible, se produzca el acontecimiento civil que los convoca.

El ruido del tumulto me agrada: hace mucho que no oía los sonidos complejos, ensamblados arbitrariamente, de los humanos en la calle. Pasearme por los sinuosos y estrechos corredores entre grupo y grupo es una experiencia musical. En sentido estricto y convencional, no es música; pero al entrar por mis oídos activa los mismos circuitos que una melodía, que un ritmo folklórico. Se advierten los cambios de textura y volumen, la fuerza de lo homogéneo y la riqueza de lo distinto.  No es un coro y las voces no están ordenadas jerárquicamente; es una nube sonora de la que escapan gritos de niños y risas de hermanas, sobre el bajo continuo de un señor apretado por su camisa blanca, que brilla al sol de la mañana.

No se distinguen las palabras, aunque el ruido proviene de ellas. Hay un rumor constante, con instrumentos que se detienen para que la voz solista rote entre la pared del registro y la opuesta, alrededor de las palmeras, y se diluya hacia las esquinas vacías. Es un ruido muy alto para ser murmullo; incluye palabras aisladas, risas como ráfagas, carcajadas que emergen con fuerza mientras los demás gorjean y unen sus cabezas para decirse lo que no quieren que otros oigan. No faltan los que esperan contra la pared en silencio, como los percusionistas con intervenciones puntuales en el concierto.

Temo que este ruido termine, que la ceremonia no sea solo invisible, sino virtual; que se convierta en un episodio para ver en pantalla, monótono y desabrido como la voz de los jueces enumerando los artículos del código civil.

Alguien otea y anuncia “ya vienen”. Los celulares se elevan, los puños aprietan montoncitos de arroz para tirarlo en la cara de los contrayentes. Hay aplausos ante el beso, la luz es propicia para las buenas imágenes y cada grupo se aleja en direcciones diferentes.

Llegan otros novios, otros grupos, otra música.

fotos de Ileana Silva. Gracias a Gabriela y Román por las manos y la ocasión.

smart

Publicado por Cecilia Ríos

Esto es para compartir con mis amigos lo que veo en mis paseos. Notas una vez al mes! Gracias a todos mis lectores.

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