Otro viaje al aeropuerto

La camioneta llega al hotel a la hora prevista. Está casi vacía: una muchacha rubia es la única pasajera, sentada detrás del conductor. Ambos conversan. El conductor termina una frase antes de abrirme la puerta, y por temor a interrumpir algo, me siento detrás, junto a la ventanilla. El examina cuidadosamente el papelito que le tendí, con los detalles del viaje: 24 dólares hasta el aeropuerto La Guardia. Temo que haya algún problema, y le digo que me lo dieron en el hotel. Le saca una foto que envía por WhatsApp y emprendemos la marcha.

Me dispongo a mirar por la ventana el paisaje del Upper West Side a partir de la calle 98 hacia Harlem.

Ella se da vuelta y me dice que se llama Sarah. Veo que él lleva la conversación, ella se limita a decir Yes….Ahah…Maybe..Él habla solo para ella. Dice que estudia filosofía. Que su fuerte es la filosofía feminista, a la que dedica el 75% de su tiempo libre. Comienzo a prestar atención.

“En el iris de una mujer se puede ver la cara de dios”. Tomamos First Avenue, y conduce con la mano izquierda. Con la derecha busca una foto de mujer en su teléfono, que muestra a Sarah. Luego hace innumerables clics sobre ella hasta encontrar las pequeñas líneas blancas del iris, insertas en la pupila como ejes que terminan en círculos algodonosos. Nos acerca el teléfono para que lo veamos con claridad, y nos quedamos con la duda de si para él esa es la cara de dios, o se trata de una metáfora. Ni ella ni yo pedimos aclaraciones. 

“En Australia hubo una civilización hace cinco mil años y quedaron huellas en las paredes de las minas. Las que labraban los dibujos eran mujeres, porque los hombres andaban por ahí cazando. La mujer estuvo en el principio de todas las cosas”.

Abandonamos la First Avenue y comenzamos a circular por calles en reparación. Veo que vamos en sentido contrario al aeropuerto, y supongo que es un camino que conocen los choferes.

“Si un hombre de cuarenta años está solo y vive con su madre, es porque no entiende cómo es el mundo, cómo son las mujeres.”

“Interesting, interesting” dice Sarah a cada rato. Mueve su cabeza y mira con preocupación hacia afuera, igual que yo. Hay muchos restaurantes que ofrecen pizza y sushi, en un combo inusual. Hay sol y flores en los balcones, comienza la primavera. Suben dos pasajeros más, que se ubican al fondo. En el minuto en que nos quedamos solas, Sarah se da vuelta y me dice que cree que está loco. Coincido con ella. Va a Australia a visitar a su mamá, de sorpresa. Tomó la camioneta porque tenía varias horas antes del vuelo, igual que yo. Faltan solamente tres pasajeros para completar el cupo, dice nuestro chofer.

Cuando un vehículo se cambia de senda e invade la nuestra, él le grita, se adelanta hasta quedar frente a la ventanilla del infractor y lo insulta. Sarah y yo nos miramos tímidamente, abrimos y cerramos los ojos en señal de asombro. Entramos en zona de rascacielos, donde además del vidrio hay mucho verde. La gente almuerza sentada en los escalones y luce contenta. El tráfico es cada vez más pesado, y nuestro camino más lento.

Llegamos a Middtown, un lugar de recogida que debería ser previo al mío y al de los dos últimos pasajeros.

Miro las escaleras de incendio, tan visibles y poco usadas. El chofer dice que se equivocó de calle, por culpa de sus estudios de filosofía. Media hora de viaje y estamos mucho más lejos que al principio.

Retoma su discurso feminista, ahora a media voz.

“La intuición es algo que los hombres no tienen y esto permite que las mujeres dominen el mundo. No es cierto que las mujeres son débiles y sometidas, son ellas las que hacen lo que quieren con los hombres. Eso es porque estamos en la era de Acuario, una era femenina.”

“Tú vas a oír que un hombre le pegó a una mujer, la lastimó. Esto lo hace porque es débil, estúpido. La mujer casi nunca le pega a un hombre, porque es más inteligente”

Prende la radio y un furioso hip hop llena el espacio durante diez minutos. Sube otra pasajera, que se queja por la demora. Faltarían solo dos, que ojalá viajen juntos. Nos detenemos frente a un edificio, él baja y entra. Vuelve a los diez minutos, solo, y no da explicaciones. Sarah se angustia e intento calmarla. Le digo que en todo caso podemos bajar y tomarnos un taxi. Su vuelo sale media hora antes que el mío, y si lo pierde se queda sin conexión hasta el otro día.

“El cuerpo masculino está lleno de defectos, los hombres morimos antes, tenemos enfermedades que las mujeres no tienen, porque son perfectas. El hombre es una versión imperfecta de la mujer.”

De pronto se abre la puerta del fondo y nuestras valijas caen en el cruce de la Sexta Avenida y la 49. Un estrépito que hace gritar a todos. Se detiene el tráfico, viene gente a ayudar con la recuperación de las valijas.  Por suerte ninguna se abrió. A esta altura todos estamos nerviosos.

“Vamos a John F Kennedy, ¿verdad? pregunta luego de que sube el penúltimo pasajero, también con cara de fastidio. Nooo!, gritamos todos. Él consulta su celular y nos da la razón. Sarah pregunta si falta mucho para llegar. Los demás tenemos mucho tiempo antes del vuelo, pero ella no.

Se detiene otra vez en la First Avenue, baja a la vereda y llama a sus jefes. No le resulta fácil comprender las instrucciones, pide que le repitan, y dice que no le habían dicho eso. Mientras habla se saca el gorro y lo tira al aire, lo baraja y lo tira otra vez, como un malabarista.

Al parecer el último pasajero se fue por su cuenta, aburrido de esperar.

Finalmente llegamos, aliviados, al aeropuerto. Casi dos horas por unos pocos kilómetros. La próxima vez tomo el metro. Menos emoción, pero más confiable!

Tanta naturaleza

Llegamos a Valizas bajo una lluvia fuerte y abundante.

Yo tenía una idea vaga de dónde se ubicaba el rancho. El mapa, que no había podido estudiar, estaba prolijamente guardado en la valija, y dadas las circunstancias, no era posible consultarlo. Tampoco teníamos el teléfono de los dueños.

Ante cada charco (es decir, salpicón), ante cada atasco de las valijas en el pedregullo mojado, él preguntaba: ¿falta mucho? ¿Estás segura de que vamos bien? Y yo no podía responder con sinceridad, porque no lo sabía.

A pesar de todo, llegamos. Cuando estábamos decididos a resistir hasta el otro día con un sobre de sopa instantánea y dos de té de hierbas- todas nuestras provisiones- salió el sol.

Este nos acompañó durante casi toda nuestra estadía, y nos permitió disfrutar de la playa tanto de mañana como de tarde. Algo inusual y maravilloso en el cambiante clima uruguayo.

Los primeros tres días fueron de reposo total: dormir el máximo, hacer el mínimo, ir y volver de la playa y ausencia total de toda actividad intelectual o creativa.

 Bajo el alero había una hamaca paraguaya, y tendida allí veía ondular las plantas del bañado, lo que era más que suficiente para cubrir mis necesidades de diversión.

Para él, sin embargo, descansar implica poner la mente en asuntos diversos a los que trata habitualmente.  Se llevó un par de cursos intensivos de inglés y el Manual de conducción defensiva.

Así fue que mi pacífico pendular en la hamaca, o mi estática contemplación del universo ( intercalados con sorbidos de mate por las mañanas) se combinaron con frases como: el peatón no siempre tiene preferencia en las esquinas, hay una fórmula para calcular la disminución del campo visual, el acompañante tendría que usar ropas claras en los viajes por carretera, y demás.

Hace ya muchos años que decidí no manejar, por lo tanto todo el conocimiento relativo a esa actividad me resulta inútil y no era necesario mucho esfuerzo para oírlo como quien oye llover.

Con el inglés las cosas fueron algo diferentes. Es cierto que tengo un dominio aceptable de ese idioma, pero también es cierto que estoy lejos de ser una experta en palabras difíciles y de poco uso como “clamps” “ astride”  “rudder” o “photoling”.

Es así que lo que comenzó con sencillas respuestas como “chair” “pencil” “fear” “stage” se convirtió en un ejercicio que obligaba a mi conciencia a bucear largamente en mi debilitada memoria para encontrar por allí alguna de las extrañas palabras que se necesitan para compenetrarse con el idioma imperial.

Demás está decir que a la mitad del curso 4, capítulo 7, coincidiendo con un precioso mediodía de sol, cuando las chicharras nos bendecían con su canto, se produjo un intercambio de opiniones respecto a lo que para cada uno representaban las vacaciones.

En éste no hubo acuerdo en ninguno de los temas tratados.

 Cariño y tolerancia permitieron, sin embargo, acordar una tregua en la cual la asistencia idiomática se limitó a una hora diaria, después de la caída del sol.

Estábamos en un lindo rancho de madera y piedra, por donde el viento circulaba libremente, así como la arena, cucarachas, arañas, hormigas, mosquitos y moscas. Algunos cascarudos caían desde el techo de paja, y las ranas intentaban colarse si dejábamos la puerta abierta por las noches. Una tarde entró una pequeña ratonera. También nos visitaba la perra de algún vecino, a la que invitábamos con algo de comida.

Esta presencia de animales- en su mayoría no domésticos-, propia de un balneario más o menos virgen como Valizas, lo inquietaba.  Con la ayuda de espirales, repelente e insecticida en spray, sobrellevó sin mayores problemas la superpoblación de insectos, pero una noche sucedió algo imprevisto.

De madrugada tuve que ir al baño, y bajé la escalera sin lentes. Alcancé a vislumbrar una forma grisácea que se escondió en el baño. Me detuve y grité pidiendo ayuda, y él, somnoliento pero con lentes, acudió de inmediato.  Debe ser una rana, dijo. Pero apenas se asomó al baño, gritó también él y cerró la puerta de un golpe.

– Es una rata.

Resolvimos dejar la puerta cerrada y esperar hasta la mañana siguiente.

A la luz del sol, trepados cada uno en una silla y armados con una escoba y un lampazo, abrimos la puerta. No había nada. Revisamos cuidadosamente el baño y no había señal de animal alguno. Se fue por donde vino, pensamos, y limpiamos y desinfectamos todo el baño, desechando papel higiénico, cepillos de dientes y jabón que habían estado expuestos al contacto de la desaparecida rata.Asunto concluido. 

Camino a la playa comprobé que era así para mí, dispuesta a aceptar sin muchos cuestionamientos los misterios de la existencia. Para una mente analítica, necesitada de explicaciones racionales sobre los acontecimientos, era todo lo contrario.

¿Por dónde habrá salido? Se preguntaba él. La puerta y la ventana del baño estaban cerradas.

¿Habrá sido por el inodoro? ¿Por alguna hendija del techo? ¿Por debajo de la puerta?

Qué importa? argumentaba yo. Lo importante es que se fue.

Sí, pero ¿Por dónde?  insistía él.

Al regreso, mientras yo cocinaba, él examinó el baño una vez más.

Volvió decepcionado. No había encontrado ningún lugar por donde el animal pudiese haber escapado.  Como para mí eso no tenía importancia, lo dejé especular sobre la elasticidad de las ratas, sobre la percepción equivocada que uno tiene cuando está medio dormido, y que tal vez hubiese sido una sombra, una víbora, y otras elucubraciones por el estilo. Pero el espíritu científico no da tregua, y a la hora de la siesta apareció la verdad.

  • La encontré, me dijo luego de cerrar tras suyo la puerta del baño.

Detrás del caño de la cisterna había un pequeño hueco entre los bloques de la pared. Allí estaba. Era una pequeña comadreja. Su blanco y tierno hocico apenas se veía, y tras él un par de ojitos negros, redondos y asustados, nos miraban fijamente. Volvimos a cerrar la puerta del baño, y a deliberar.

El racional analista tenía un corazón tierno, y la emotiva irracional, un sentido práctico.

No quiero matarla, dijo, y yo estuve de acuerdo.

Tendríamos que romper la pared del lado de afuera para permitirle salir, sugirió.

De ninguna manera, le dije-. ¿Cómo vamos a romper una pared ajena? ¿Cómo se lo explico a Jimena? (la dueña).

Intentemos conseguir el teléfono y le explicamos. Yo le hablo.

Imaginé a Jimena, con una niña de ocho años sin escuela, un niño de cuatro en el jardín de infantes, un trabajo recién estrenado, un perro y una tortuga que atender, un montón de cuentas a pagar, en Montevideo, a las cuatro y media de la tarde de un día caluroso. Todo eso me dictó la única respuesta posible: No.

El era partidario de encontrar algún método para forzar al animal a dejar su escondite y yo de optar porque el mismo se fuera por voluntad propia.

Una de sus sugerencias fue dar pequeños golpes del otro lado de la pared, pero esto fue descartado porque asustaría a la comadreja. También podía agrandarse un poco más el agujero para que ella saliera con comodidad, pero eso dependía de que en el pueblo hubiese una ferretería para poder reparar el daño en la pared.

Acordamos una solución provisoria: abrir la ventana, ubicar un tablón de modo que se pudiese trepar al mismo y escapar, y dejar a los pies de éste un tentador pedazo de manzana.

Al volver de la playa, la manzana había desaparecido y con ella, la comadreja. Afortunadamente no aparecieron otras preguntas como ¿y si se escondió en otro lugar del rancho? ¿la habrá comido otro animal? ¿Se habrá ahogado en el inodoro?

Antes de acostarnos, luego de encender los espirales y embadurnarnos de repelente, mientras sacudíamos la sábana para eliminar la arena que dificultaba el sueño, él me preguntó, con algo de timidez:

  • ¿Es necesaria tanta naturaleza?
rancho tradicional de piedra y madera
rancho tradicional de piedra y madera

Muchos “la más…”

Camino al hotel desde el aeropuerto de Santiago, atravesamos un túnel larguísimo, y para resistir la claustrofobia le comenté al conductor del taxi que nunca había visto uno igual.

  • Es el túnel más largo de América Latina- me dijo, con evidente orgullo, enfatizando el más.

Esa fue la puerta para enumerar la cantidad de cosas más grandes de la región, de Sudamérica y del mundo que hay en Santiago de Chile.  El shopping center, por ejemplo. La autopista. Las ventanas de un edificio.

Camino a un barrio elegante como Vitacura, son visibles amplias calles que se entrecruzan en distintos niveles, todas atiborradas de vehículos veloces, pocos de ellos públicos. Muchos árboles los rodean, en un esfuerzo por combatir el estado irrespirable del aire, empozado entre la cordillera y el mar. Me pregunto si el conductor orgulloso vive en un lugar así, o en otro, invisible a los turistas que circulan en el micromundo bello del capitalismo triunfante.

La ciudad que recibe al turista se ve limpia, tanto de basura como de pobres. El centro histórico tiene aún una plaza llamada de Armas, lo que resulta algo amenazador, y como está rodeada de viejos edificios cuadrados, grises y fríos, la sensación se agudiza.

El palacio de la Moneda sigue el mismo estilo siglo XVIII, con una gran explanada frontal, y el multicolor Centro Cultural en uno de sus costados es atractivo con sus líneas modernas y abiertas. En un pedestal alto hay una estatua de Salvador Allende, al que ya muchos no recuerdan.

Un grupo de inmigrantes haitianos, y otro de peruanos, comparten un sector de la plaza de Armas, pero cada uno en una zona diferente.

Curiosamente, en un momento de distracción de las autoridades encargadas de supervisar el patrimonio arquitectónico, surgió en el panorama neocolonial un monstruo también visible en otras partes de la ciudad; el infaltable rascacielos de vidrio celeste.

Esa línea arquitectónica conquistó la mayor parte del sector bancario y empresarial de la ciudad, donde según dicen, a la hora del almuerzo, cuando los empleados salen por un rato al aire libre, se oye hablar más en inglés que en español. Hay pequeñas variaciones en los edificios: unos levemente inclinados, otros más anchos que largos, pero todos, invariablemente,  de vidrio celeste y líneas rectas.

En la coqueta y extensa colección de restaurantes se hablan también otros idiomas, y el precio exigido por cada plato parece un método seguro para no recibir visitas indeseadas. Se ven personas muy prolijas y amables por todas partes, incluyendo los mozos.

Los varios parques de la ciudad, las callecitas con cafés y librerías atractivas hacen de Santiago una ciudad agradable, en contraste con el paraíso consumista del super shopping en el Parque Arauco  ( el más grande del cono sur, según el chofer).

Hay un mercado que mezcla puestos de venta de mariscos con locales gastronómicos, y el precio de la centolla, un recurso nativo, equivale a una semana del sueldo mínimo nacional. El mozo, diestro en manejar al extraño animal, confiesa su felicidad por la presidencia de Piñera. Por fin un hombre que se hace cargo de las cosas, dice, ignorando las grandes diferencias de ingreso, los monopolios, la concentración económica y demás asuntos que sin duda inquietan a otros de su clase.

Por la noche, desde el piso 16, se escuchan ruidos abajo: están construyendo un empalme para dos avenidas, y no descansan ni un minuto. Varios turnos de trabajadores se suceden, algunos bajo grandes y potentes focos que iluminan la tierra abierta. Unos cavan y otros plantan arbolitos.

La chilena Elvira Hernández ganó el premio Iberoamericano de poesía 2018.  Pienso que este nombramiento alegró a algunos y preocupó a otros. No porque la poesía, ni siquiera la suya, tenga algún impacto significativo sobre la sociedad ( aunque Bandera de Chile, escrita clandestinamente durante la dictadura de Pinochet, tuvo una repercusión muy grande en su momento). Es que Elvira Hernández es un seudónimo.  Pienso en los prolijos funcionarios, en las formales funcionarias que tuvieron relación con la parte administrativa del premio.

¿Cómo podían estar seguros de a quién pagarle el dinero asignado? ¿Qué certeza podían tener ante una persona que no tiene un documento de identidad, un grupo sanguíneo, una dirección electrónica, un celular, un trayecto habitual marcado por una tarjeta magnética, una cuenta bancaria a su nombre, una lista de galletitas preferidas? Quizás esto dio lugar a largas discusiones, a la búsqueda de opiniones legales, a documentos timbrados. Las dudas recorrieron la pulcra distancia entre los edificios de vidrio celeste, donde hay poco lugar para la poesía.

Elvira, la que está detrás de su nombre, se reiría: ella siempre desconfió de las clasificaciones, de las certificaciones. Quizás de ella podría haber dicho el chofer, la más grande poeta iberoamericana, pero no lo hizo.

Sala de espera

Dos largos y amplios corredores se extienden a ambos lados de la puerta de entrada, y por sus grandes ventanas entra la luz de la mañana. Allí se sentaban, ochenta años atrás, las habitantes originales de lo que hoy es una policlínica barrial. Quizás en los mismos bancos donde tejían o bordaban, hoy, en nuestra condición de pacientes, esperamos la llegada de los médicos.
En la primera mitad del siglo, una congregación católica hoy desaparecida hizo construir un refugio para señoras solas, sobrio, ascético y cómodo. Aquellas mujeres sin familia o sirvientes que las atendiesen encontraban refugio allí, y contaban, según su condición y posibilidades financieras, con una habitación propia o compartida. Los corredores eran de uso común, y desde ellos, las habitantes del lugar miraban el estrecho jardín delantero, veían pasar a los vecinos del barrio, intercambiaban noticias, se contaban sus impresiones sobre asuntos de la vida y la muerte.
Hoy somos desconocidos los que hacemos lo posible por sobrevivir a la espera. La mayoría son mujeres, todas por encima de los cincuenta años, como quienes vivían acá un siglo atrás. A diferencia de ellas, que ya se conocían, hoy hace falta romper el hielo, y el frío y la lluvia anunciados para la tarde aportan la ocasión.
Los que llegan preguntan por qué número va, y aunque desde los consultorios se llama por el nombre, la vieja costumbre del orden se impone y tranquiliza a los que deben esperar. Una mujer se marea y dice que es del campo, por eso el aire viciado de la ciudad y el movimiento del ómnibus le han hecho mal. La enfermera la lleva a un consultorio vacío y al rato vuelve, ya repuesta, no sabemos si por la coca cola o una pequeña siesta.
El peregrinaje en busca de medicamentos es constante. Se arman colas en las ventanillas de la farmacia y, luego de pagar un importe que siempre merece exclamaciones de protesta, cada cual se va con su bolsita de cajas aplanadas. Para muchos, la vida no es tal sin una buena colección de pastillas, que al llegar a casa ubicarán en cajitas de plástico con compartimientos para cada hora del día. Se vive más, sí, pero el costo es tragar diariamente una considerable dosis de químicos, para beneplácito de los dueños de las grandes compañías farmacéuticas. Por el tono de las conversaciones, me pregunto si en el pasado las enfermedades y malestares ocupaban un lugar tan importante. Parece que algunas personas viven para contar sus molestias, sean del estómago, los huesos o la piel. Las cuentan con pasión y logran ser escuchadas con atención expectante por quienes acechan una pausa donde introducir las suyas propias. El clima interno, con sus tormentas en el estómago y sus sequías en los cartílagos es mucho más interesante como tema de conversación que las amenazas generales y concretas del que sucede por fuera. El cambio climático se recibe con resignación y algún comentario sobre la pérdida de estabilidad de las estaciones. En esto también se dice que antes todo era mejor.
Llega un filósofo desgreñado, que luego de informarse sobre el consultorio en el que lo atenderán, comienza a dar sus opiniones sobre la espera y la soledad, la conducta humana y animal. Su tono es de conferencista radial, entre soberbio y campechano. Hace preguntas a los que se encuentran a uno y otro lado. Rápidamente consigue la atención de su pequeña audiencia y llega mi turno sin que pueda terminar de escuchar su lección del día.

 

Cambios en la explanada

El antiguo edificio del Banco de Previsión Social, en la calle Colonia, tiene una gran explanada que se extiende frente a su puerta principal. Hace muchos años, esa explanada albergaba largas colas de ancianos que, durante varias horas cada mes, esperaban su turno para cobrar la jubilación. Muchas líneas de ómnibus pasaban por allí, a veces dando grandes rodeos para llegar desde Colón o el Paso de la Arena a la Ciudad Vieja, con el objetivo de facilitar la visita mensual al lugar de cobro de tanta gente.
La informática, la inclusión financiera y la tercerización hicieron desaparecer aquellas largas colas de gente resignada, a veces enferma, y su consecuente séquito de acompañantes y de ladrones.
El sitio se ha transformado, en parte, en una placita con juegos infantiles y unos pocos bancos largos donde almuerzan los oficinistas de los alrededores.
Una pareja discute, otra parece ultimar los detalles de una actividad importante, una chica se concentra en la lectura de las propiedades de la suma mientras come un alfajor, una señora mayor aprovecha el escaso sol y teje una pieza delicada con agujas finísimas, un policía bebe un jugo de cajita. Un señor muy serio pasea con su perro minúsculo. El vendedor de tapones para caravanas ofrece a viva voz su producto mientras camina por la cuadra, y dice a quienes le compran que su puesto, que consiste en él y su bolso con el producto, se ubica siempre a la altura de 18 de julio, pero a causa del frío ha bajado una cuadra hacia el norte. ¨Ya en setiembre me encuentran otra vez allá¨, dice, anticipando un invierno corto.
La vieja explanada se ha convertido en un lugar de reposo y juego, alegres sustitutos de la incomodidad y la espera.
No todo el espacio pasó a un democrático destino: gran parte de la explanada se transformó en rectángulos de pasto cercados, lo que permite el solaz de la mirada, y no el de otros sentidos. El viejo monumento al canillita, oficio que casi nadie recuerda, está convenientemente protegido del acercamiento, indebido o no.
Otra gran porción de la antigua sala de espera al aire libre ha sido convertida en estacionamiento para los vehículos de algunos funcionarios. Miro las rayas pintadas en el piso, manchadas de aceite y marcas de neumáticos. La comodidad de algunos afea el paisaje, como lo hace, en otros barrios, la incomodidad de muchos. Desde lejos miro ambas porciones: ocupan más o menos el mismo espacio. Ocho lugares para automóviles que no siempre están allí miden y pesan lo mismo que un espacio de juegos infantiles y descanso.
Camino con temor entre los autos que entran y los que salen, sin entender cuál es la ruta correcta. Fastidio al cuidacoches que con una mano me hace señas de apartarme y con la otra da vía libre a los conductores. Como todo estacionamiento, tiene momentos de gran quietud. Los potentes motores duermen más tiempo que los gatos. Se detienen temprano en la mañana y no vuelven a moverse hasta el fin de la jornada laboral. Miles de dólares inmovilizados e improductivos, diría un economista actual, y el ecologista estaría de acuerdo.
Me sorprendo ante el tamaño de algunos automóviles, largos, anchos y altos. ¿Qué virtudes tendrán sus dueños, proyectadas en el volumen de sus vehículos ostentosos, demasiado grandes para el estacionamiento privado, que sin vergüenza alguna rebasan por ambos lados las estrechas franjas asignadas, por algún reglamento interno, a las mayores jerarquías? ¿Será que el orgullo de la propiedad espanta la incomodidad de ser como un elefante en el bazar, cuando circulan por las antiguas y estrechas calles de Montevideo?
En la vereda de enfrente, la feria de los techitos verdes, que tantas resistencias levantó en su momento, languidece por la humedad y el frío de las recientes semanas. Las tormentas han agredido los techos de lata, y se ven piedras y trozos de ladrillo encima de algunas casillas, protegiéndolas del viento.
Hoy ha salido el sol, y los feriantes se ven contentos, recostados contra la franja luminosa, compartiendo mate y anécdotas. Mujeres reales, de pelo desarreglado y championes gastados, se sientan en sillas de plástico mientras el público pasa frente a su mercadería: calzas que se ofrecen sobre tiesos culos de utilería, que prometen lucir espléndida si pagas los pocos cientos de pesos que indican los carteles de cartón, escritos a mano. Hay también esféricos soutiens de colores estridentes, tangas sugerentes e incómodas, que anticipan noches de pasión. Jóvenes de locos peinados se ríen con la inocencia de su edad, aferrados a sus bicicletas de reparto. Un cuidacoches se da una vuelta para conversar, mientras revolea su palito de plástico rojo. Algunos liceales estudian con atención los agujeros en las piernas de los vaqueros colgados en una percha, en los que el blanco que rodea cada rotura contrasta con el azul nuevo del resto de las prendas. Quizás no adviertan que sus pantalones comprados sin uso hace un par de años lucen hoy más auténticos que los que pretenden comprar ahora, bajo protestas de progenitores más cuidadosos en el arte de cuidar la plata.
Tres amplios carros de chorizos, hamburguesas y panchos se reparten dos de las cuatro esquinas, y ofrecen un paraíso de pickles, salsas, hongos en escabeche, lechuga y tomate. Los consumidores de la zona no parecen sensibles a la nueva corriente de la comida sana, y disfrutan del chorizo cyber con todo y la hamburguesa power doble completa, lo que indica cierta actualización de las ofertas, o quizás apenas del lenguaje empleado.
Un vendedor de figuritas del mundial, un mes después de terminado el campeonato, ofrece aún su mercadería y lo que es más curioso, tiene varios clientes.
Una muchacha a cargo de un puesto de ropa para niños se queja de que las cosas no son como antes, pero me quedo sin saber si habla de economía, de moda o cambio climático.
Las líneas de ómnibus no han cambiado su recorrido, pero la zona es aún un centro comercial, y son muchos los pasajeros que bajan y suben en los alrededores. Una gran torre de apartamentos, aún sin terminar, promete nuevos clientes para los sufridos comerciantes de la humilde galería a cielo abierto.
Quizás la plaza quede chica, y alguien decida que no habrá espacio para el estacionamiento.

Palabras en el museo -2

BOLEADORAS
Venta económica, dice el cartel escrito con pincel fino sobre los restos de una estantería. Los vidrios opacos dejan ver lámparas oxidadas, vasos recubiertos de láminas brillantes, destinadas a desaparecer con el primer lavado, que luego de varias décadas de espera, aún no ha llegado.
Copas que jamás salieron de la vitrina de la abuela, grandes tenedores de alpaca, jarras con dibujos de damas en miriñaque y caballeros con trenzas de fantasía: todos ostentan la tristeza de haber sido abandonados por sus dueños, que murieron sin haberlos usado.

A la vuelta de la esquina, armados en columnas, esbeltos frascos de plástico rellenos de líquido azul, rojo y verde invitan a la compra, prometen un futuro de limpieza absoluta y se ofrecen a un precio seductor.
¿Podrá aquel trozo de boleadora, piedra cilíndrica donde ojos expertos hallaron un leve tallado, quebrar la vitrina de los objetos descartados, franquear la puerta que custodia los jabones que dan brillo, y dar a la mano que la aferra el consuelo de una hamburguesa o el deleite de la droga?
Forradas de cuero desnudo, las parientas elegantes de la piedra original descansan en su nido de trenzas prolijísimas, curtidas por el sudor de palmas que no se rasgaron al soltarlas.
Se enredaron en patas de ñandúes, vacas salvajes y caballos fugitivos cuya sangre calmó la sed, cuyas vísceras dieron aliento a quien desenredó los tientos. El que vino detrás, a pie y descalzo, aplacó su hambre peleando con las moscas sobre los huesos descarnados.
Quizás, cuero y piedra, su abrazo fatal detuvo la huída del desesperado, fracturó el cráneo de quien su dueño llamaba enemigo, rival, o forastero. ¿Amenazaron al amante, la hermana, el niño, la india, el esclavo? ¿Velaron el sueño del que cruzó el alambrado, se apropió del ganado, desafió al poder? ¿Fueron regalo de casamiento, botín de asalto, herencia de artesano?
Rutas de sangre y dinero las trajeron hasta aquí, número en una lista, código asignado, pacto de precio. La mano curvada que las resguardó en su origen merodea, quizás, en otras manos detrás de la puerta, del cerrojo y la alarma encendida.

Palabras en el museo

MÁSCARAS ( texto inspirado en una máscara peruana)

No quiero llorar. Fue fácil resistir el llanto cuando, él, ya vestido para la fiesta, detuvo mi mano que buscaba la máscara sobre el ropero.  Fue su voz la que me paralizó, no su fuerza:

  • La usaré yo. Te la voy a cuidar, dijo
  • Pero es mía….
  • Te la devolveré después de la fiesta. ¿Vamos?

Mi vestido y mis enaguas estaban prontos desde la mañana. Mis zapatos, pagados en cuotas, esperaban mis pies para estrenarse, mis pies restregados y sin huellas de la tierra que siempre los rodea, como un calcetín oscuro. Mi pelo, lavado con agua de lluvia y jugo de limón, flotaba a mi espalda, sin el cotidiano sostén de las trenzas.

Miré el lápiz labial, los polvos rosáceos y el frasco de perfume sobre la mesa de luz.

  • No, contesté. Miro desde acá.
  • Mejor, dijo él. Se ve más claro, y yo me quedo más tranquilo.

El chasquido de la llave en la cerradura abrió las puertas de mi llanto. Sin testigos, podría librarme de las lágrimas, que me oprimían como un canasto demasiado pesado sobre mi cabeza.

Pero no quiero llorar.

Mi máscara de China Supay, que tanta alegría me dio cuando me la trajo, envuelta en una bolsa de plástico blanca, a través de la cual se marcaban sus cuernitos y sus pestañas, ya no era mía.

A su regreso, en la madrugada, tendrá las huellas de su sudor y no las mías, las marcas de sus dedos sobre las cejas, los ojos chuecos, la boca desgarrada y las mejillas chamuscadas por los fuegos artificiales. Tendrá el olor del pisco, del cilantro, del humo.

No quiero llorar.

  • ¿Por qué le has pedido esa, precisamente esa? Preguntaron mis hermanas y primas. Tú eres buena, mujer de un solo hombre, dijeron, no como ella, que provoca, seduce y abandona.  Hubieses elegido otra máscara, más parecida a ti.
  • Tú eres linda sin necesidad de la boca roja, dijo él.

Por una noche, por la mitad de una sola noche, hubiese querido tener los ojos redondos, no rasgados, celestes, no oscuros, el pelo enrulado y rojo, no lacio, para poder buscar y no ser buscada, para provocar y no ser provocada.

Soñé con eso durante noches y días. Ni siquiera pude probármela, porque para ello esperé este momento que no es.

Por el resto de mi vida, al ver una igual, en el mercado o el museo, pensaré que es como la mía, jamás tocada, impecable, ajena al placer que no viví.

Texto leído en el Museo de Arte Precolombino e Indígena, el 20 de mayo del 2017

Músicos, caramelos y otros indicadores

Las estadísticas son escudriñadas con ansiedad por opositores y oficialistas: complejos cálculos intentan demostrar que lo que parece bien, está mal, o lo que parece mal, es positivo. En ese universo de datos que pocos verifican y analizan,  el estado de la economía ocupa un lugar relevante. Se habla de crisis desde hace varios meses, a veces en voz alta, otras tenuemente. De las ventas al por menor, las importaciones, el ahorro, la relación con los países vecinos y otras variables macro, que significa en gran escala.

Para el pasajero habitual del transporte público hay otro termómetro tan certero como el más aceptado de los indicadores de desempleo: la cantidad de músicos ambulantes. Y también la calidad de los mismos, ya que muchos, sin dotes para la música, intentan ganar su jornal a costas de ésta. En la mañana del viernes, el 191 recibió la visita de un cantor y guitarrista con una armónica colgada al cuello, de modo que entre una estrofa y otra soplaba por ella haciéndola emitir sonidos tan lejanos a la armonía tonal que podrían ser parte de un experimento de ruptura académica. Al hombre le faltaban algunos dientes, lo que dificultaba su dicción, y lo que sorprendió fue que su repertorio fuesen canciones de Darnauchans, esteta decadente como lo nombra un graffiti.

Luego subió una chica de hermosa voz que cantó un tema de Frozen, un joven guitarrista se atrevió con Zitarroza, dos adolescentes hicieron hip hop con palabras de los viajeros, y un serio cantor de lentes oscuros, en su cincuentena, recreó una canción del primer disco de León Gieco, Si ves a mi padre, con tanto Dylan adentro.

En total, cinco músicos en un solo viaje.

A la noche, y como todas las noches, el regreso desde el Cerro o el Paso de la Arena es pródigo en vendedores de golosinas, con voces roncas por la repetición de su cantilena a través de la ciudad. Por algún motivo quizás relacionado con las importaciones, los productos se ofrecen por rachas: algunas semanas hay chocolates, otras pastillas de goma. Una noche conté siete vendedores en el trayecto entre Portugal y Tajes.  Los precios son tan bajos que es difícil resistirse, siempre es mejor tener una pastillita para ocasiones de hambre inesperada o tos rebelde. A estos mercaderes debe agregarse el que ofrecía, con tono suplicante, medias en grupos de a tres y guantes de mujer,  extraídos del mismo bolso colorido que tienen todos los demás vendedores ambulantes del ramo. Fundas para tarjeta de transporte, rompecabezas infantiles y aromatizadores de bolsillo completan la oferta de este universo mercantil informal y trashumante. Su crecimiento es alimentado por la desocupación, me inclino a pensar, aunque las últimas estadísticas indican una disminución de la misma en el 0, 4% en el último mes. Quizás sea posible traducir esto al número de músicos y carameleros rodantes…..

Si reaparecen los niños, vendiendo o pidiendo, será que la crisis se ha instalado, me digo con algo de cinismo y mucha desolación.

Me reaniman los afiches caseros pegados en las paradas. Entre los que ofrecen fletes a cualquier lugar del universo, trabajos maravillosos con sueldos gerenciales, cuotas de terrenos al precio de un par de zapatos, aparecen los que más me sorprenden: las soluciones mágicas a los problemas emocionales. Un pai promete trabajos para el “retorno de la persona amada” sin especificar si es desde el desamor, un país extranjero o el reino de los muertos; un sticker dice que el Tarot es la mejor opción para salir de dudas, aclarando en letras más pequeñas: asuntos laborales, familiares, de pareja. Esta disciplina tiene buenos creadores de slogans, otro cartelito, en un intento de atrapar escépticos, dice Tarot, ¿por qué no?

El mayor puntaje se lo lleva un gran afiche pegado en los alrededores del Shopping: Dominadora del amor Es el título, y más abajo dice que solamente se debe pagar después de obtener el resultado, sin aclarar si éste debe ser positivo o uno negativo justifica también el cobro. Con pretensiones de mayor seriedad, aparecen terapeutas florales, sanadoras, y filósofos, utilizando el mecanismo de promoción económico que los árboles y paradas ofrecen. Habría que conocer el porcentaje de los que se lanzan tras estas opciones, y si el objeto principal de las consultas es la falta de trabajo o de amor, para intuir, casi con la precisión de otros indicadores, en qué etapa del ciclo económico nos encontramos.

Corderos y paraíso

Sarandí del Yi, Paraíso del mundo, dice ostentosamente la chapa de una camioneta 4X4 estacionada en una calle del pueblo. Parece una idea bastante modesta del paraíso, pienso mientras miro las casas bajas, humildes, muchas de ellas con jardines llenos de flores. O quizás sí, el paraíso sea eso, un pueblo tranquilo lejos de las carreteras, de las metrópolis.
El pueblo tiene casi 8.000 habitantes según las estadísticas. Se ubica en una zona netamente ganadera, y por el camino se ven muchas vacas y ovejas. También hay construcciones con forma de corredores de madera que suben hasta la altura del camión que se lleva el ganado hacia los mataderos. Pocas señales de vida más allá de la animal: ni pueblos ni caseríos, sólo alguna casa solitaria emerge en el paisaje verde y vacío.
La fiesta del cordero pesado consiste en un concurso de asado de, precisamente, un tipo de animal llamado así, cuando llega a cierto grado de madurez. Se inscriben competidores por grupo y un jurado los califica otorgando puntajes a varios aspectos, algunos directamente vinculados a lo gastronómico (tiempo de cocción, et) y otros aledaños como cantidad de involucrados, decoración del campamento, etc. Estos criterios se mantienen secretos para el público, aunque quizás sean murmurados al oído de los concursantes.
El sábado comienzan los preparativos de instalación de las parrillas, mientras alrededor se monta una feria con unos pocos puestos artesanales y muchísimos de mercadería china. Zapatillas hechas en el Paso Molino y chalecos tejidos en el pueblo compiten con bicicletas rosadas de plástico que giran interminablemente sobre un disco del tamaño de un plato. Monturas de caballo y rebenques se mezclan con repasadores, jarras transparentes, fundas de celular. Muchos puestos de venta de ropa, zapatos, juguetes, artículos para el hogar, bolsos, destornilladores.
Un gran escenario prometía un desfile de diversos estilos musicales, pero solamente un grupo de cumbia y otro de canciones melódicas intentaron sin demasiado éxito atrapar la atención de los concurrentes. Algunos puestos tienen discos de folkore sonando alto, pero no hay cantores con sus guitarras y acordeones ni coros espontáneos alrededor de los fogones, como cualquier desprevenido podría esperar.
Los turistas se distinguen de los locales por sacarse fotos frente al monumento al mate, única escultura que adorna el parque, y por lucir atuendos que los identifican con los grupos participantes del concurso. El acceso al río está alambrado, probablemente por seguridad, ya que la ingesta de alcohol puede provocar que alguien trastabille y termine en el agua.
La oferta gastronómica es bastante más tradicional: pasteles fritos, churros, quesos y vinos. Las tortas fritas exigen su lugar junto a los chivitos de cordero, los chorizos de cordero, y las milanesas de cordero.
Ni un solo puesto de café, pero sí de cerveza sin alcohol.
El sábado por la noche hubo un desfile de prendas de lana muy bonitas y elegantes. Sin embargo, las chicas del lugar lucían la ropa que se usa también en los suburbios montevideanos, que consiste en calzas ajustadas, casi siempre negras, y camisetas en distintas variaciones del animal print. Los hombres, en general, camisa a cuadros y jeans o versiones actualizadas de la tradicional bombacha de campo.
Hubo una competencia entre niños con corderitos que dio lugar a murmullos de protesta porque los premios se entregaron en función de los apellidos y no de las destrezas mostradas.
En el medio del predio había un corral lleno de corderos hacinados, esperando la muerte. Ellos fueron testigos del lento asar de sus congéneres, y de vez en cuando alguien piadoso les daba de beber. Me pregunto qué espero para hacerme vegetariana. A pocos metros de allí se dio una misa criolla, que incluyó algunas canciones de Ariel Ramírez y otras desconocidas, interpretadas con cierta disonancia por un pequeño grupo de seminaristas y fieles.
Una carrera de carretillas fue una de las pocas atracciones de la jornada del sábado, en un fin de semana con mucho humo y pocas atracciones más allá del paseo alrededor de las parrillas.

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Amsterdam diurna, cuadros y bicicletas.

Amsterdam es tan ordenada, elegante, limpia, luce tan rica y feliz que duele un poco. Me recuerda a Dorotea, la ciudad invisible de Italo Calvino a la que llega Marco Polo, como a un remanso, luego de haber pasado toda una vida en el desierto. No cedo a la tentación de imaginar sus debilidades, que en alguna parte están ( En la estación de trenes vi un mendigo rubio y borracho, hurgando en la basura…)
La gente se trata con respeto, cortesía y naturalidad. El riesgo de una tormenta enorme que derribe el dique e inunde la ciudad no parece alterar a sus habitantes. Quizás tengan demasiada confianza en la capacidad humana de superar esas amenazas.
Las bicicletas y los tranvías llenan el espacio público, y obligan a estar atentos a sus distintas sendas y frecuencias para no ser atropellado. Hay bicicletas para dos y tres personas, otras que tienen un cajón adelante para llevar hasta dos niños, algunas eléctricas, para personas mayores, casi todas con alforjas a ambos lados de la rueda trasera. Vi una especie de bar que se movía con el pedaleo de sus ocho parroquianos. La variedad es grande, salvo en el color que es casi siempre negro. Para la sufrida habitante de una ciudad colonizada por los automóviles individuales, ver la maraña de bicicletas encadenadas en la entrada de la Estación Central y en todos los puentes y parques es emocionante. Es como descubrir que hay esperanzas de una mejor vida en las ciudades. Amsterdam es plana y bastante fresca, por lo que el sudor no representa un inconveniente como sucede en Montevideo.
Son pocos los automóviles y muchos los caminantes. Hay barcos que son casas, con plantas y antenas parabólicas. El laberinto de canales y calles que los bordean, unas curvas y otras rectas, atenta contra nuestra habitual cuadrícula hispánica, y nos confunde a cada momento. Por suerte están los tranvías ( limpios, cómodos, silenciosos) que nos llevan a algunas estaciones donde podemos ubicar nuestro lugar en el mapa.
Los edificios son invariablemente grises, marrones y bordó, con listones blancos bordeando las ventanas. Estas tienen un diseño que respeta una única proporción entre el ancho y el largo, lo que hace la visión bastante monótona. Los holandeses destacan la variedad de los frontones que coronan los delgados edificios, pero no resultan muy convincentes.
Todos los carteles están escritos sólo en su incomprensible idioma, lleno de k, j y t; pero la gente habla en inglés con los turistas.
En los canales nadan patos y cisnes. Se ven algunos gatos y pocos perros. Grandes parques refrescan del cemento y recuerdan que las ciudades permiten disfrutar del césped y los árboles.
Las distintas etnias parecen convivir pacífica e integradamente, lo cual refuerza la idea de que en este mundo no son tantas las barreras culturales como las económicas.
Hay tiendas elegantes, que este año ofrecen ropas oscuras para enfrentar el invierno, con precios de tres dígitos. En los mercados abiertos, a pocas cuadras, los precios no superan un dígito. Los productos chinos que invaden el mundo también se encuentran aquí: los pequeños coliseos en Roma, las pirámides aztecas en Mexico, los incas en Perú, acá son zuecos de todos los tamaños y con los mismos colores.
El museo Rikjs tiene una colección de cuadros hermosos que representan escenas de la vida cotidiana en la ciudad desde la Edad Media. Hay muchos paisajes campestres y navales, los últimos en general de guerra, porque no parece avergonzarles su pasado conquistador. Hay escenas con músicos, familiares y grupales, en fiestas o en almuerzos, que lucen divertidos y serenos. Me sorprende que los comentarios de estos cuadros incluyan siempre una advertencia moral, como si la felicidad sensual que da la música fuese el preámbulo de la decadencia y la disipación.
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