Palabras en el museo -2

 

BOLEADORAS
En la vereda de enfrente, los vidrios opacos dejan ver lámparas oxidadas, vasos recubiertos de láminas brillantes, destinadas a desaparecer con el primer lavado, que luego de varias décadas de espera, aún no ha llegado.
Copas que jamás salieron de la vitrina de la abuela, grandes tenedores de alpaca, jarras con dibujos de damas en miriñaque y caballeros con trenzas de fantasía: todos ostentan la tristeza de haber sido abandonados por sus dueños, que murieron sin haberlos usado.
Venta económica, dice el cartel escrito con pincel fino sobre los restos de una estantería.
A la vuelta de la esquina, armados en columnas, esbeltos frascos de plástico rellenos de líquido azul, rojo y verde invitan a la compra, prometen un futuro de limpieza absoluta y se ofrecen a un precio seductor.
¿Podrá aquel trozo de boleadora, piedra cilíndrica donde ojos expertos hallaron un leve tallado, quebrar la vitrina de los objetos descartados, franquear la puerta que custodia los jabones que dan brillo, y dar a la mano que la aferra el consuelo de una hamburguesa o el deleite de la droga?
Forradas de cuero desnudo, las parientas elegantes de la piedra original descansan en su nido de trenzas prolijísimas, curtidas por el sudor de palmas que no se rasgaron al soltarlas.
Se enredaron en patas de ñandúes, vacas salvajes y caballos fugitivos cuya sangre calmó la sed, cuyas vísceras dieron aliento a quien desenredó los tientos. El que vino detrás, a pie y descalzo, aplacó su hambre peleando con las moscas sobre los huesos descarnados.
Quizás, cuero y piedra, su abrazo fatal detuvo la huída del desesperado, fracturó el cráneo de quien su dueño llamaba enemigo, rival, o forastero. ¿Amenazaron al amante, la hermana, el niño, la india, el esclavo? ¿Velaron el sueño del que cruzó el alambrado, se apropió del ganado, desafió al poder? ¿Fueron regalo de casamiento, botín de asalto, herencia de artesano?
Rutas de sangre y dinero las trajeron hasta aquí, número en una lista, código asignado, pacto de precio. La mano curvada que las resguardó en su origen merodea, quizás, en otras manos detrás de la puerta, del cerrojo y la alarma encendida.

Palabras en el museo

MÁSCARAS

No quiero llorar. Fue fácil resistir el llanto cuando, él, ya vestido para la fiesta, detuvo mi mano que buscaba la máscara sobre el ropero.  Fue su voz la que me paralizó, no su fuerza:

  • La usaré yo. Te la voy a cuidar, dijo
  • Pero es mía….
  • Te la devolveré después de la fiesta. ¿Vamos?

Mi vestido y mis enaguas estaban prontos desde la mañana. Mis zapatos, pagados en cuotas, esperaban mis pies para estrenarse, mis pies restregados y sin huellas de la tierra que siempre los rodea, como un calcetín oscuro. Mi pelo, lavado con agua de lluvia y jugo de limón, flotaba a mi espalda, sin el cotidiano sostén de las trenzas.

Miré el lápiz labial, los polvos rosáceos y el frasco de perfume sobre la mesa de luz.

  • No, contesté. Miro desde acá.
  • Mejor, dijo él. Se ve más claro, y yo me quedo más tranquilo.

El chasquido de la llave en la cerradura abrió las puertas de mi llanto. Sin testigos, podría librarme de las lágrimas, que me oprimían como un canasto demasiado pesado sobre mi cabeza.

Pero no quiero llorar.

Mi máscara de China Supay, que tanta alegría me dio cuando me la trajo, envuelta en una bolsa de plástico blanca, a través de la cual se marcaban sus cuernitos y sus pestañas, ya no era mía.

A su regreso, en la madrugada, tendrá las huellas de su sudor y no las mías, las marcas de sus dedos sobre las cejas, los ojos chuecos, la boca desgarrada y las mejillas chamuscadas por los fuegos artificiales. Tendrá el olor del pisco, del cilantro, del humo.

No quiero llorar.

  • ¿Por qué le has pedido esa, precisamente esa? Preguntaron mis hermanas y primas. Tú eres buena, mujer de un solo hombre, dijeron, no como ella, que provoca, seduce y abandona.  Hubieses elegido otra máscara, más parecida a ti.
  • Tú eres linda sin necesidad de la boca roja, dijo él.

Por una noche, por la mitad de una sola noche, hubiese querido tener los ojos redondos, no rasgados, celestes, no oscuros, el pelo enrulado y rojo, no lacio, para poder buscar y no ser buscada, para provocar y no ser provocada.

Soñé con eso durante noches y días. Ni siquiera pude probármela, porque para ello esperé este momento que no es.

Por el resto de mi vida, al ver una igual, en el mercado o el museo, pensaré que es como la mía, jamás tocada, impecable, ajena al placer que no viví.

Texto leído en el Museo de Arte Precolombino e Indígena, el 20 de mayo del 2017

Músicos, caramelos y otros indicadores

Las estadísticas son escudriñadas con ansiedad por opositores y oficialistas: complejos cálculos intentan demostrar que lo que parece bien, está mal, o lo que parece mal, es positivo. En ese universo de datos que pocos verifican y analizan,  el estado de la economía ocupa un lugar relevante. Se habla de crisis desde hace varios meses, a veces en voz alta, otras tenuemente. De las ventas al por menor, las importaciones, el ahorro, la relación con los países vecinos y otras variables macro, que significa en gran escala.

Para el pasajero habitual del transporte público hay otro termómetro tan certero como el más aceptado de los indicadores de desempleo: la cantidad de músicos ambulantes. Y también la calidad de los mismos, ya que muchos, sin dotes para la música, intentan ganar su jornal a costas de ésta. En la mañana del viernes, el 191 recibió la visita de un cantor y guitarrista con una armónica colgada al cuello, de modo que entre una estrofa y otra soplaba por ella haciéndola emitir sonidos tan lejanos a la armonía tonal que podrían ser parte de un experimento de ruptura académica. Al hombre le faltaban algunos dientes, lo que dificultaba su dicción, y lo que sorprendió fue que su repertorio fuesen canciones de Darnauchans, esteta decadente como lo nombra un graffiti.

Luego subió una chica de hermosa voz que cantó un tema de Frozen, un joven guitarrista se atrevió con Zitarroza, dos adolescentes hicieron hip hop con palabras de los viajeros, y un serio cantor de lentes oscuros, en su cincuentena, recreó una canción del primer disco de León Gieco, Si ves a mi padre, con tanto Dylan adentro.

En total, cinco músicos en un solo viaje.

A la noche, y como todas las noches, el regreso desde el Cerro o el Paso de la Arena es pródigo en vendedores de golosinas, con voces roncas por la repetición de su cantilena a través de la ciudad. Por algún motivo quizás relacionado con las importaciones, los productos se ofrecen por rachas: algunas semanas hay chocolates, otras pastillas de goma. Una noche conté siete vendedores en el trayecto entre Portugal y Tajes.  Los precios son tan bajos que es difícil resistirse, siempre es mejor tener una pastillita para ocasiones de hambre inesperada o tos rebelde. A estos mercaderes debe agregarse el que ofrecía, con tono suplicante, medias en grupos de a tres y guantes de mujer,  extraídos del mismo bolso colorido que tienen todos los demás vendedores ambulantes del ramo. Fundas para tarjeta de transporte, rompecabezas infantiles, aromatizadores de bolsillo y completan la oferta de este universo mercantil informal y trashumante. Su crecimiento es alimentado por la desocupación, me inclino a pensar, aunque las últimas estadísticas indican una disminución de la misma en el 0, 4% en el último mes. Quizás sea posible traducir esto al número de músicos y carameleros rodantes…..

Si reaparecen los niños, vendiendo o pidiendo, será que la crisis se ha instalado, me digo con algo de cinismo y mucha desolación.

Me reaniman los afiches caseros pegados en las paradas. Entre los que ofrecen fletes a cualquier lugar del universo, trabajos maravillosos con sueldos gerenciales, cuotas de terrenos al precio de un par de zapatos, aparecen los que más me sorprenden: las soluciones mágicas a los problemas emocionales. Un pai promete trabajos para el “retorno de la persona amada” sin especificar si es desde el desamor, un país extranjero o el reino de los muertos; un sticker dice que el Tarot es la mejor opción para salir de dudas, aclarando en letras más pequeñas: asuntos laborales, familiares, de pareja. Esta disciplina tiene buenos creadores de slogans, otro cartelito, en un intento de atrapar escépticos, dice Tarot, ¿por qué no?

El mayor puntaje se lo lleva un gran afiche pegado en los alrededores del Shopping: Dominadora del amor Es el título, y más abajo dice que solamente se debe pagar después de obtener el resultado, sin aclarar si éste debe ser positivo o uno negativo justifica también el cobro. Con pretensiones de mayor seriedad, aparecen terapeutas florales, sanadoras, y filósofos, utilizando el mecanismo de promoción económico que los árboles y paradas ofrecen. Habría que conocer el porcentaje de los que se lanzan tras estas opciones, y si el objeto principal de las consultas es la falta de trabajo o de amor, para intuir, casi con la precisión de otros indicadores, en qué etapa del ciclo económico nos encontramos.

Corderos y paraíso

Sarandí del Yi, Paraíso del mundo, dice ostentosamente la chapa de una camioneta 4X4 estacionada en una calle del pueblo. Parece una idea bastante modesta del paraíso, pienso mientras miro las casas bajas, humildes, muchas de ellas con jardines llenos de flores. O quizás sí, el paraíso sea eso, un pueblo tranquilo lejos de las carreteras, de las metrópolis.
El pueblo tiene casi 8.000 habitantes según las estadísticas. Se ubica en una zona netamente ganadera, y por el camino se ven muchas vacas y ovejas. También hay construcciones con forma de corredores de madera que suben hasta la altura del camión que se lleva el ganado hacia los mataderos. Pocas señales de vida más allá de la animal: ni pueblos ni caseríos, sólo alguna casa solitaria emerge en el paisaje verde y vacío.
La fiesta del cordero pesado consiste en un concurso de asado de, precisamente, un tipo de animal llamado así, cuando llega a cierto grado de madurez. Se inscriben competidores por grupo y un jurado los califica otorgando puntajes a varios aspectos, algunos directamente vinculados a lo gastronómico (tiempo de cocción, et) y otros aledaños como cantidad de involucrados, decoración del campamento, etc. Estos criterios se mantienen secretos para el público, aunque quizás sean murmurados al oído de los concursantes.
El sábado comienzan los preparativos de instalación de las parrillas, mientras alrededor se monta una feria con unos pocos puestos artesanales y muchísimos de mercadería china. Zapatillas hechas en el Paso Molino y chalecos tejidos en el pueblo compiten con bicicletas rosadas de plástico que giran interminablemente sobre un disco del tamaño de un plato. Monturas de caballo y rebenques se mezclan con repasadores, jarras transparentes, fundas de celular. Muchos puestos de venta de ropa, zapatos, juguetes, artículos para el hogar, bolsos, destornilladores.
Un gran escenario prometía un desfile de diversos estilos musicales, pero solamente un grupo de cumbia y otro de canciones melódicas intentaron sin demasiado éxito atrapar la atención de los concurrentes. Algunos puestos tienen discos de folkore sonando alto, pero no hay cantores con sus guitarras y acordeones ni coros espontáneos alrededor de los fogones, como cualquier desprevenido podría esperar.
Los turistas se distinguían de los locales por sacarse fotos frente al monumento al mate, única escultura que adorna el parque, y por lucir atuendos que los identificaban con los grupos participantes del concurso. El acceso al río está alambrado, probablemente por seguridad, ya que la ingesta de alcohol puede provocar que alguien trastabille y termine en el agua.
La oferta gastronómica es bastante más tradicional: pasteles fritos, churros, quesos y vinos. Las tortas fritas exigen su lugar junto a los chivitos de cordero, los chorizos de cordero, y las milanesas de cordero.
Ni un solo puesto de café, pero sí cerveza sin alcohol.
El sábado por la noche hubo un desfile de prendas de lana muy bonitas y elegantes. Sin embargo, las chicas del lugar lucían la ropa que se usa también en los suburbios montevideanos, que consiste en calzas ajustadas, casi siempre negras, y camisetas en distintas variaciones del animal print. Los hombres, en general, camisa a cuadros y jeans o versiones actualizadas de la tradicional bombacha de campo.
Hubo una competencia entre niños con corderitos que dio lugar a murmullos de protesta porque los premios se entregaron en función de los apellidos y no de las destrezas mostradas.
En el medio del predio había un corral lleno de corderos hacinados, esperando la muerte. Ellos fueron testigos del lento asar de sus congéneres, y de vez en cuando alguien piadoso les daba de beber. A pocos metros de allí se dio una misa criolla, que incluyó algunas canciones de Ariel Ramírez y otras desconocidas, interpretadas con cierta disonancia por un pequeño grupo de seminaristas y fieles.
Una carrera de carretillas fue una de las pocas atracciones de la jornada del sábado, en un fin de semana con mucho humo y pocas atracciones más allá del paseo alrededor de las parrillas.

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Amsterdam diurna, cuadros y bicicletas.

Amsterdam es tan ordenada, elegante, limpia, luce tan rica y feliz que duele un poco. Me recuerda a Dorotea, la ciudad invisible de Italo Calvino a la que llega Marco Polo, como a un remanso, luego de haber pasado toda una vida en el desierto. No cedo a la tentación de imaginar sus debilidades, que en alguna parte están ( En la estación de trenes vi un mendigo rubio y borracho, hurgando en la basura…)
La gente se trata con respeto, cortesía y naturalidad. El riesgo de una tormenta enorme que derribe el dique e inunde la ciudad no parece alterar a sus habitantes. Quizás tengan demasiada confianza en la capacidad humana de superar esas amenazas.
Las bicicletas y los tranvías llenan el espacio público, y obligan a estar atentos a sus distintas sendas y frecuencias para no ser atropellado. Hay bicicletas para dos y tres personas, otras que tienen un cajón adelante para llevar hasta dos niños, algunas eléctricas, para personas mayores, casi todas con alforjas a ambos lados de la rueda trasera. Vi una especie de bar que se movía con el pedaleo de sus ocho parroquianos. La variedad es grande, salvo en el color que es casi siempre negro. Para la sufrida habitante de una ciudad colonizada por los automóviles individuales, ver la maraña de bicicletas encadenadas en la entrada de la Estación Central y en todos los puentes y parques es emocionante. Es como descubrir que hay esperanzas de una mejor vida en las ciudades. Amsterdam es plana y bastante fresca, por lo que el sudor no representa un inconveniente como sucede en Montevideo.
Son pocos los automóviles y muchos los caminantes. Hay barcos que son casas, con plantas y antenas parabólicas. El laberinto de canales y calles que los bordean, unas curvas y otras rectas, atenta contra nuestra habitual cuadrícula hispánica, y nos confunde a cada momento. Por suerte están los tranvías ( limpios, cómodos, silenciosos) que nos llevan a algunas estaciones donde podemos ubicar nuestro lugar en el mapa.
Los edificios son invariablemente grises, marrones y bordó, con listones blancos bordeando las ventanas. Estas tienen un diseño que respeta una única proporción entre el ancho y el largo, lo que hace la visión bastante monótona. Los holandeses destacan la variedad de los frontones que coronan los delgados edificios, pero no resultan muy convincentes.
Todos los carteles están escritos sólo en su incomprensible idioma, lleno de k, j y t; pero la gente habla en inglés con los turistas.
En los canales nadan patos y cisnes. Se ven algunos gatos y pocos perros. Grandes parques refrescan del cemento y recuerdan que las ciudades permiten disfrutar del césped y los árboles.
Las distintas etnias parecen convivir pacífica e integradamente, lo cual refuerza la idea de que en este mundo no son tantas las barreras culturales como las económicas.
Hay tiendas elegantes, que este año ofrecen ropas oscuras para enfrentar el invierno, con precios de tres dígitos. En los mercados abiertos, a pocas cuadras, los precios no superan un dígito. Los productos chinos que invaden el mundo también se encuentran aquí: los pequeños coliseos en Roma, las pirámides aztecas en Mexico, los incas en Perú, acá son zuecos de todos los tamaños y con los mismos colores.
El museo Rikjs tiene una colección de cuadros hermosos que representan escenas de la vida cotidiana en la ciudad desde la Edad Media. Hay muchos paisajes campestres y navales, los últimos en general de guerra, porque no parece avergonzarles su pasado conquistador. Hay escenas con músicos, familiares y grupales, en fiestas o en almuerzos, que lucen divertidos y serenos. Me sorprende que los comentarios de estos cuadros incluyan siempre una advertencia moral, como si la felicidad sensual que da la música fuese el preámbulo de la decadencia y la disipación.
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Lo que pesa en Cusco

La plata de las entrañas del Perú se ve en las pequeñas caravanas, collares y anillos que cuelgan prolijamente en un exhibidor de cartón. El calendario inca, la cruz inca, el cuis, las líneas de Nasca y otros símbolos peruanos pretenden conquistar el interés de las turistas. Es rápida la conversión de soles a dólares, y viceversa. Es plata verdadera, no lata, dicen las vendedoras.
La misma plata, pienso, que atrajo a Pizarro y sus amigos hasta aquí, y que viajó a España dejando atrás tanta sangre derramada.
“Señorita, señorita, cómpreme”, dice la muchacha con insistencia. Cada vez que alguien decide una compra, el proceso recién empieza. Es imprescindible, parece creer la vendedora, que la “señorita” acepte comprar algo más. Doce dólares el conjunto de collar y caravanas es el precio final, luego de una larga resistencia.
El sol cae con fuerza sobre Cusco. El abrigo necesario en la mañana está demás al mediodía. La falta de aire pesa en las piernas y la cabeza. La capital del Tahuantinsuyo, diseñada por Pachacutec, luce latinoamericana. Sus edificios antiguos son españoles, y bajo ellos se esconden las poderosas piedras talladas por los incas. En las esquinas, acurrucadas junto a un cajón con cigarrillos y golosinas para los paseantes, las ancianas vendedoras se adormecen, envueltas en sus mantas coloridas.
El paisaje de las montañas alrededor de la ciudad ofrece una razón adicional para que Cusco fuese el centro del universo hace 600 años.
Nos sentamos a descansar en los escalones de la Plaza Mayor, y la vendedora de plata decide proseguir su tarea, sentada también.
Un poco fastidiada, le digo.
– Somos pobres, de Uruguay. Tienes que venderles a los europeos, que tienen dinero.
– Ellos no compran nada, señorita, nada. Ni una medallita pequeñita siquiera. Nos compran los argentinos, uruguayos, chilenos y un poco los brasileros.
Altos y rubios como extraterrestres entre la multitud de piel oscura y estatura baja, los turistas europeos caminan en hilera por las callecitas coloniales. Sus consejos para el viaje deben incluir, además del protector solar y la masticación de hojas de coca, no intimar con los locales, y comprar solamente en las tiendas oficiales, donde la alpaca reina y todo cuesta más de cien dólares.
Para los demás, incontables mercados donde se exhiben multicolores versiones de los textiles indígenas, hechos a máquina con fibra de acrílico. Los diseños incaicos están en los manteles, bolsos, bufandas, ponchos, sombreros, abrigos. Todos iguales, en todas partes. Un ajedrez donde las blancas son los españoles y las negras los incas incluye un pegotín que dice Made in China. En una tienda explican cómo distinguir la plata verdadera de la falsa, y en otra dicen que la lana de llama pica, y la de alpaca no. Lo más auténtico parecen ser los choclos hervidos, de color muy claro y granos enormes. Y el sonido dulce e incomprensible del quechua, que ellos usan para hablar entre sí, como un privilegio que los enorgullece y les da cierto poder sobre los demás.
Hoy como ayer, las peruanas cargan grandes bultos sobre sus espaldas: mercaderías, leña, alimentos, bebés, y hasta cabras para fotografiarse con quienes les den una moneda.
Los que hacen el camino a pie hasta Machu Picchu incluyen entre sus pertenencias la comida, la carpa y el abrigo para cuatro largos días. Todo eso, sin embargo, lo cargan los indígenas, como han hecho por milenios, hacia arriba y hacia abajo de la montaña. Bajo el imperio de los incas y de los españoles, y en el capitalismo, los nativos de estas tierras han llevado sobre sus espaldas toneladas de objetos día tras día, año tras año. La ley dice que no pueden cargar más de veinte quilos, pero es sabido que son muchos más. De todas formas, 20 kilos por día, durante 335 días (porque en febrero el camino está cerrado) son casi siete toneladas al año. El salario diario de los porteadores, que así los llaman, anda por los 12 dólares.
Si una momia tiene todo el esqueleto sano, sin duda era de la nobleza, explica el guía. No cargaba nada sobre sus espaldas…
La joven vendedora de muñecas está cansada y triste. Senorita, señorita, apenas murmura antes de sentarse en el muro del que fuera Koricancha, el mayor templo inca, que desde la conquista es un convento católico. Su canasta aún está llena y la apoya sobre la falda tradicional que usa como disfraz. Su novio, que vende guantes entre la multitud, se acerca a ella, le da la mano y le dice algo que no escucho, pero parece una frase de aliento. Ella continúa con la mirada baja, detenida sobre la muñeca de lana que pretende vender. Tiene su mismo vestido y sus mismas trenzas pero, a diferencia de ella, no debe recorrer la calle todo el día para ganarse el pan.

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Del hotel al aeropuerto de Lima

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– Qué le pareció Machu Picchu, además de hermoso?
La pregunta me sorprendió en medio del acomodo de bolso, campera, guantes, papeles.
Encontré rápidamente la respuesta adecuada: sorprendente.
– Y qué más? Retrucó él.
– Grandioso, dije.
– ¿Y qué más? ¿No le parece raro que la hayan construido precisamente en ese lugar? ¿Si las piedras de que está hecha se encuentran en la montaña de enfrente? Es increíble.
– Sí, es admirable, una cultura con recursos que hoy no podemos imaginar.
– Extraterrestres -concluyó él. -Sólo ellos pudieron transportar esas enormes piedras.
No me atreví a contradecirlo. Me esperaba un viaje de cuarenta y cinco minutos, y deseaba que fuese tranquilo y placentero. Los adoradores de E.T, por otra parte, son difíciles de convencer.
– Es raro que hicieran esas obras de ingeniería sin conocer la escritura, dije.
– Eso dicen todos, pero ¡pobres incas! ¿por qué pensar que la escritura es todo? Se comunicaban telepáticamente. Todo el mundo les achaca no saber escribir.
Lamenté estar en ese grupo, y creí haber ofendido a sus ancestros, aun buscando ser amable con ellos. Afuera, las luces de la ciudad dominaban todo el espacio, anuncios comerciales, restaurantes, academias.
– No lo digo como una carencia, sino como algo raro para nosotros. Por otra parte, hoy visité las ruinas de Huaca Pucllana, acá en Lima. Otra civilización admirable.
– Nunca fui- confesó- Las he visto al pasar. ¿Y qué dijo el guía de ella? Porque la mayor parte de las cosas que dicen los guías son inventadas. ¿Sabían escribir?
– No, pero sus construcciones son antisísmicas. Hicieron pequeños ladrillos de adobe que ubicaron vertical, y no horizontalmente, en las paredes. El guía nos dijo que cada 300 años hay un terremoto con epicentro en Lima. Y que este año tendría que haber uno.
– ¿No me diga? Yo no sabía nada. ¿Cómo es posible? No nos informan. No puede ser que un turista sepa y nosotros que vivimos acá no. Es increíble!
– ¿No vio esos cartelitos en verde con la letra S? ¿Y en las plazas donde dice Zona de encuentro? Son por si sucede el terremoto.
– Espere, espere, no fue en 1715 el terremoto, sino en 1746. Así que falta todavía para los 300 años. ¿No le dije que todos los guías mienten? Es increíble!

El cómodo automóvil avanzaba por las avenidas limeñas a la velocidad de una góndola por Venecia. El mismo ritmo de los demás automóviles, combis, ómnibus, y por supuesto, como en otras ciudades de Latinoamérica, las ostentosas 4*4 ocupando más espacio y llevando menos personas que los demás vehículos. Faltaban las motos para que fuese una visión futurista de Montevideo.
El paisaje no era el de antiguos edificios manchados por el agua de milenios, sino las paredes de cemento de las autopistas, sobre las que los carteles de neón marcaban hitos geográficos de la ciudad. Ya en la periferia, las calles más angostas no tenían menos tráfico, pero se veían pequeños negocios, supermercados de barrio, restaurantes, talleres.
– Es muy rica la comida peruana-dije.
– ¿Qué comió?
– Ceviche, maíz hervido, papas a la huancaína, seco de carne con cilantro, escabeche de pollo, quinoa. Todo muy rico.
– Muy rico, salvo el cilantro. Odio el cilantro, y lamentablemente está en más de la mitad de las comidas peruanas. Es increíble!
Me incliné por los aspectos menos gustativos de la culinaria.
– Escuché en la radio que un restaurante peruano tiene el puesto segundo o tercero a nivel mundial, y es considerado el mejor en América Latina.
– Eso son payasadas. ¿Cómo puede saberse cuál es el mejor restaurante del mundo? No se puede medir. Son cosas de la publicidad.
– Es cierto, pero al Perú le sirve, internacionalmente, tener un título así.
– Solo sirve para que suban los precios para los pobres peruanos. Mire lo que pasó con la quinua, ahora los indios no la pueden comer. Increíble!
– Es una pena, realmente.
El viaje iba por el minuto cincuenta y tres. Ni rastros del aeropuerto. Ningún cartel indicador. Entre la maraña de vehículos, ninguno parecía llevar valijas de turista.
– Lo único que no probé fue chicha.
– ¿Cóoomo? ¿No probó la chicha? Increíble! No puede pasar por Perú y no probar la chicha.
– No encontré, no tuve tiempo de buscar, dije.
El auto viró a la derecha en la siguiente bocacalle, apartándose del camino por el que íbamos. Recorrió velozmente tres cuadras de calles oscuras hasta desembocar en una estación de servicio. Bajó y conversó brevemente con la chica a cargo de poner el combustible.
Volvió con una sonrisa y una botella de un líquido oscuro que presentó como chicha. La bebí con sed y entusiasmo, y elogié su sabor dulzón. No había tenido tiempo de cenar, y la chicha me calmó el hambre.
Volvimos al camino. Después de diez minutos de silencio, aparecieron los carteles del aeropuerto y me sentí aliviada, a pesar de que el viaje llevaba ya más del doble del tiempo estimado. El tránsito era igualmente lento, la calle estaba llena de camionetas con gente apretujada, regresando del trabajo, y de automóviles particulares con pasajeros como yo.
-¿Usted fuma?
– No, dije.
– Y su esposo?
– Tampoco. Fumaba, pero dejó hace años, por suerte.
También en Lima suena más elegante preguntar algún detalle que directamente interesarse por si tenía o no marido.
Entonces él encendió la radio. Durante quince minutos escuchamos el parte meteorológico, los informes sobre zonas de embotellamiento de tráfico, y la parte final de un programa de asistencia legal. Luego él apagó la radio y puso un CD.
-Dígame qué le parece, dijo.
Sobre el fondo de una orquesta tropical a todo volumen, con ritmo de salsa caribeña, se puso a cantar a viva voz. Anacaona, decía la letra. India de raza cautiva…..Jamás la había escuchado pero resultaba familiar. Su voz era linda y entonaba muy bien.
El volumen era tan alto que los ocupantes de vehículos vecinos, y hasta los policías de tránsito parados en el borde de la calle, nos miraban. Una mujer que iba en una de las camionetas le envió un beso con los dedos. Yo temía que tanta entrega artística no le permitiese detectar los mínimos instantes en que podía acelerar, pero demostró que era capaz de hacer ambas cosas a la vez.
Al terminar, lo felicité y le pregunté si cantaba profesionalmente.
– Ya no. Lo hice durante décadas. Perdí dos matrimonios, a mis hijos no los vi crecer, viajaba mucho, estaba todo el día borracho. Ahora tengo tanto miedo de que mi mujer me deje, que no canto más. Además, tengo dos hijos chiquitos, que son mi alegría.
Finalmente llegamos. El viaje duró dos horas. En nuestra época veloz, las conversaciones duran menos que eso. Me pregunté si todos sus viajes incluían la música y la confesión final. Quizás dependiese del número y nacionalidad de los pasajeros.
Los latinoamericanos somos comunicativos, y dos horas de tranquila charla son un privilegio en cualquier lugar del mundo. Quizás una medida para reducir el stress del tránsito sea conversar, simplemente.CAM01163

Noche fría sobre la autopista

Faltan veinte minutos para las diez, contesta la vecina al adolescente que espera, como ella, que pase algún ómnibus hacia el centro.
El viento se siente frío en las alturas del Paso de la Arena, a pocos metros de la ruta que cruza allá abajo, atravesada por un puente en uno de cuyos extremos está la parada de ómnibus.
Se oye el rumor de los grandes camiones, de los ómnibus interdepartamentales y los automóviles que pasan por la autopista como testimonio de un tiempo veloz.
A la vista el panorama es diferente. El tráfico por Luis Battle Berres es escaso. Del otro lado de la calle, algunos esperan para irse aún más lejos: Delta del Tigre, Ruta 1 Km 26, coordenadas sin nombre aún. Un bar con rejas, al estilo de las antiguas pulperías, ofrece su ventanita a los que pasan.
Del otro lado del puente hay un asentamiento. A esa hora se lo ve oscuro, parece una aldea medieval: bultos desordenados agrupándose sobre el terraplén que da a la ruta.
No hay luces en sus sendas interiores y los hogares se iluminan con velas, quizás.
El que preguntó la hora y dos de sus amigos comienzan a golpear con sus manos la estructura de hierro endeble de la parada, en la parte que incluye un mapa de la zona y el recorrido de los tres ómnibus que pasan por allí. Sus golpes, tímidos al principio, se vuelven entusiasta batucada cinco minutos después, y hay quien amaga unos pasos de baile.
Tiembla el techo sobre los demás, que se mueven inquietos. Por hoy no hay riesgo de caída, pues en cinco minutos pasa el L 14 para llevarse a todos, músicos incluidos. Ese ritmo, sin embargo, anuncia el cercano fin de aquellas latas, porque no hay otra cosa que hacer sonar cuando cae el sol y el ómnibus no pasa.
Luego de cruzar el puente, el panorama desde la ventanilla incluye depósitos de chatarra, casas a medio hacer, basura a lo largo de las cunetas, carteles inusuales como “acepto escombro”, “arreglo vaqueros” junto a otros vulgares: “se hacen fletes” “mecánico” o, también pintado a mano, “almacén”.
En una esquina, tres muchachos están sentados frente a un pequeño fuego encerrado en una rejilla de hierro. Están en silencio y lo miran, única señal cálida en la noche fría.
Quizás escuchen una música que sólo ellos oyen. Quizás esperan a alguien, o que pase algo.2014-12-15 18.57.57

Días y noches en Colonia Benítez, Chaco

El día comienza con el aullido de los monos, que se saludan entre sí desde los distintos bosquecitos donde se alojan. Parece que se reportaran por lista como en la escuela, porque el sonido recorre todo el alrededor de la casa. El saludo, que se prolonga durante diez o quince minutos, suena amedrentador, y tan fuerte que nada lo interrumpe, ni los pájaros abundantes, ni las ovejas acaloradas, ni los sapos clamando por agua. Se termina así la refrescante noche, que permitió el sueño recién sobre la madrugada, luego de largas charlas junto al fuego, bajo la luna, a resguardo de los mosquitos y otros insectos igualmente agresivos. Pequeñas ranas de varios colores se esconden bajo las sartenes, y saltan de vaso en vaso.
Calles de tierra clara conducen a los pocos negocios que se extienden en una de las aceras de la única avenida. Una panadería artesanal, una farmacia, dos o tres almacenes, una frutería. La carnicería comparte local con el estar de una vivienda familiar. A la izquierda, la máquina de cortar, el exhibidor y un freezer. A la derecha, tres sillones de mimbre, un televisor, una repisa con adornos. Si no hay nadie a la vista, hay que llamar con palmas. Al rato alguien aparece, sin demasiada urgencia.
El tono de las conversaciones suena dulce en nuestros oídos rioplatenses. Todos preguntan cómo fue que llegamos allí, y parecen alegrarse de la visita.
Encontramos un altar en forma de rancho pequeño y rojo en homenaje al Gauchito Gil, deidad de aquellas tierras. No falta la rivalidad política en carteles enfrentados de candidatos hiper maquillados y publicidad rodante que anuncia actos, reuniones, encuentros.
Participamos de la lotería chaqueña, que nos prometía una fortuna que no ganamos. La lluvia convierte todo en un lodazal: sólo hay posibilidad de tránsito por las angostas veredas, y los vehículos corren riesgo de quedar atrapados. Es imposible evadir el barro que ataca zapatillas, pantalones, piernas y por ende ingresa en las habitaciones, sube por las escaleras, ataca en toda esquina. Al secarse deja pinceladas casi imposibles de remover, para que disfrutemos de la breve sequía antes de que vuelva la lluvia.
A cada lado de la avenida principal se extienden largas calles bordeadas de selva. Algunas parecen no tener casas en sus márgenes, en otras se ven dos o tres, todas con su jardín delantero, flores y árboles y elegantes portones. Hay tanto verde que parece que el aire también terminará verde, y el pulmón agradece tanto oxígeno disponible. Un olor a flores acompaña las caminatas. Con un poco de atención se distinguen los distintos colores, diseños y aromas de las flores silvestres, que van desde la diminuta yerba del mosquito hasta los ceibos, flores de sapo y otras que se abren solamente de noche. Entonces rivalizan con las estrellas, que brillan junto a la luna para iluminar el camino de los que trasnochan.
Un camino sinuoso que pasa por quintas abandonadas y misteriosas nos lleva hasta el puente, desde donde vemos el río invadido por plantas acuáticas que esconden gran parte de su cauce.
Detrás, sobre la selva, el sol de otoño baja lentamente.
Los perros de allí son tan amables como las personas, nos salen al paso y nos escoltan durante todo el trayecto, como si quisieran asegurarse de que sabremos volver.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA2015-03-31 18.20.36 2015-03-31 18.37.00 2015-03-31 18.38.40Gracias a María Rita, Leonor y Max!

Ruiditos recurrentes

1)
Hice un trámite en el edificio central de la IMM. Mi irrupción de neófita en el submundo de la burocracia ciudadana me obligó a subir y bajar varias veces, desde el subsuelo al noveno piso. Viví en varias veces la angustia de estar parada en una habitación rodeada de ascensores a la espera de que uno de ellos se detuviera allí. Vi que otras personas, algunas con aspecto de funcionarios, estaban en la misma actitud expectante. Es decir, movían sin cesar sus cabezas en todas direcciones. Una vez en el ascensor, luego que cada usuario apretase el botón de su correspondiente piso, una voz de mujer, neutra y monótona, decía a cada momento: SUBIENDO o BAJANDO, según fuese el caso. Al aproximarse a cada piso, decía, en el mismo tono, PISO CUATRO, PISO DOS, PISO SIETE, etc. La primera vez resultó interesante. La segunda, un poco reiterativo. La tercera vez que usé el ascensor me dieron ganas de bajar por la escalera solamente para no oir aquella voz. Lamentablemente no se sabe a dónde van a parar las escaleras, en la IMM creo que llevan a lugares diferentes que los ascensores, y yo había aprendido el camino usando éstos. Entonces me resigné a escuchar pacíficamente aquella voz informativa. Quizás fuese un poco más divertido tener una voz para cada piso, o diversas voces según el día: una para los martes, otra para los jueves, o una voz alegre para los días tristes y una monocorde para los soleados. Tal vez llegue el día en que las empresas de ascensores ofrezcan este servicio a sus usuarios, además de incluir el espejo, que como es sabido, resulta útil en los viajes de más de dos pisos.
2)
En la oficina de aspiraciones docentes de UTU hay cuatro puestos para la atención del público. En enero, a causa de las licencias, solamente una muchacha ocupaba el suyo, y se esmeraba en ser amable con la larga fila de interesados que esperábamos turno. El teléfono sonaba implacable, a un volumen alto, a su lado. Su sonido exasperaba a ambos lados del mostrador. En un momento pensé ofrecerme a atenderlo, o descolgarlo simplemente, pero pensé que sería una intromisión. Creo que la chica que atendía era la más perjudicada, pues estaba trabajando desde hacía varias horas. Quizás lo mejor en esos casos sea simplemente eliminar el teléfono de la oficina. Atención personalizada, y basta.

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