Lo que pesa en Cusco

La plata de las entrañas del Perú se ve en las pequeñas caravanas, collares y anillos que cuelgan prolijamente en un exhibidor de cartón. El calendario inca, la cruz inca, el cuis, las líneas de Nasca y otros símbolos peruanos pretenden conquistar el interés de las turistas. Es rápida la conversión de soles a dólares, y viceversa. Es plata verdadera, no lata, dicen las vendedoras.
La misma plata, pienso, que atrajo a Pizarro y sus amigos hasta aquí, y que viajó a España dejando atrás tanta sangre derramada.
“Señorita, señorita, cómpreme”, dice la muchacha con insistencia. Cada vez que alguien decide una compra, el proceso recién empieza. Es imprescindible, parece creer la vendedora, que la “señorita” acepte comprar algo más. Doce dólares el conjunto de collar y caravanas es el precio final, luego de una larga resistencia.
El sol cae con fuerza sobre Cusco. El abrigo necesario en la mañana está demás al mediodía. La falta de aire pesa en las piernas y la cabeza. La capital del Tahuantinsuyo, diseñada por Pachacutec, luce latinoamericana. Sus edificios antiguos son españoles, y bajo ellos se esconden las poderosas piedras talladas por los incas. En las esquinas, acurrucadas junto a un cajón con cigarrillos y golosinas para los paseantes, las ancianas vendedoras se adormecen, envueltas en sus mantas coloridas.
El paisaje de las montañas alrededor de la ciudad ofrece una razón adicional para que Cusco fuese el centro del universo hace 600 años.
Nos sentamos a descansar en los escalones de la Plaza Mayor, y la vendedora de plata decide proseguir su tarea, sentada también.
Un poco fastidiada, le digo.
– Somos pobres, de Uruguay. Tienes que venderles a los europeos, que tienen dinero.
– Ellos no compran nada, señorita, nada. Ni una medallita pequeñita siquiera. Nos compran los argentinos, uruguayos, chilenos y un poco los brasileros.
Altos y rubios como extraterrestres entre la multitud de piel oscura y estatura baja, los turistas europeos caminan en hilera por las callecitas coloniales. Sus consejos para el viaje deben incluir, además del protector solar y la masticación de hojas de coca, no intimar con los locales, y comprar solamente en las tiendas oficiales, donde la alpaca reina y todo cuesta más de cien dólares.
Para los demás, incontables mercados donde se exhiben multicolores versiones de los textiles indígenas, hechos a máquina con fibra de acrílico. Los diseños incaicos están en los manteles, bolsos, bufandas, ponchos, sombreros, abrigos. Todos iguales, en todas partes. Un ajedrez donde las blancas son los españoles y las negras los incas incluye un pegotín que dice Made in China. En una tienda explican cómo distinguir la plata verdadera de la falsa, y en otra dicen que la lana de llama pica, y la de alpaca no. Lo más auténtico parecen ser los choclos hervidos, de color muy claro y granos enormes. Y el sonido dulce e incomprensible del quechua, que ellos usan para hablar entre sí, como un privilegio que los enorgullece y les da cierto poder sobre los demás.
Hoy como ayer, las peruanas cargan grandes bultos sobre sus espaldas: mercaderías, leña, alimentos, bebés, y hasta cabras para fotografiarse con quienes les den una moneda.
Los que hacen el camino a pie hasta Machu Picchu incluyen entre sus pertenencias la comida, la carpa y el abrigo para cuatro largos días. Todo eso, sin embargo, lo cargan los indígenas, como han hecho por milenios, hacia arriba y hacia abajo de la montaña. Bajo el imperio de los incas y de los españoles, y en el capitalismo, los nativos de estas tierras han llevado sobre sus espaldas toneladas de objetos día tras día, año tras año. La ley dice que no pueden cargar más de veinte quilos, pero es sabido que son muchos más. De todas formas, 20 kilos por día, durante 335 días (porque en febrero el camino está cerrado) son casi siete toneladas al año. El salario diario de los porteadores, que así los llaman, anda por los 12 dólares.
Si una momia tiene todo el esqueleto sano, sin duda era de la nobleza, explica el guía. No cargaba nada sobre sus espaldas…
La joven vendedora de muñecas está cansada y triste. Senorita, señorita, apenas murmura antes de sentarse en el muro del que fuera Koricancha, el mayor templo inca, que desde la conquista es un convento católico. Su canasta aún está llena y la apoya sobre la falda tradicional que usa como disfraz. Su novio, que vende guantes entre la multitud, se acerca a ella, le da la mano y le dice algo que no escucho, pero parece una frase de aliento. Ella continúa con la mirada baja, detenida sobre la muñeca de lana que pretende vender. Tiene su mismo vestido y sus mismas trenzas pero, a diferencia de ella, no debe recorrer la calle todo el día para ganarse el pan.

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Del hotel al aeropuerto de Lima

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– Qué le pareció Machu Picchu, además de hermoso?
La pregunta me sorprendió en medio del acomodo de bolso, campera, guantes, papeles.
Encontré rápidamente la respuesta adecuada: sorprendente.
– Y qué más? Retrucó él.
– Grandioso, dije.
– ¿Y qué más? ¿No le parece raro que la hayan construido precisamente en ese lugar? ¿Si las piedras de que está hecha se encuentran en la montaña de enfrente? Es increíble.
– Sí, es admirable, una cultura con recursos que hoy no podemos imaginar.
– Extraterrestres -concluyó él. -Sólo ellos pudieron transportar esas enormes piedras.
No me atreví a contradecirlo. Me esperaba un viaje de cuarenta y cinco minutos, y deseaba que fuese tranquilo y placentero. Los adoradores de E.T, por otra parte, son difíciles de convencer.
– Es raro que hicieran esas obras de ingeniería sin conocer la escritura, dije.
– Eso dicen todos, pero ¡pobres incas! ¿por qué pensar que la escritura es todo? Se comunicaban telepáticamente. Todo el mundo les achaca no saber escribir.
Lamenté estar en ese grupo, y creí haber ofendido a sus ancestros, aun buscando ser amable con ellos. Afuera, las luces de la ciudad dominaban todo el espacio, anuncios comerciales, restaurantes, academias.
– No lo digo como una carencia, sino como algo raro para nosotros. Por otra parte, hoy visité las ruinas de Huaca Pucllana, acá en Lima. Otra civilización admirable.
– Nunca fui- confesó- Las he visto al pasar. ¿Y qué dijo el guía de ella? Porque la mayor parte de las cosas que dicen los guías son inventadas. ¿Sabían escribir?
– No, pero sus construcciones son antisísmicas. Hicieron pequeños ladrillos de adobe que ubicaron vertical, y no horizontalmente, en las paredes. El guía nos dijo que cada 300 años hay un terremoto con epicentro en Lima. Y que este año tendría que haber uno.
– ¿No me diga? Yo no sabía nada. ¿Cómo es posible? No nos informan. No puede ser que un turista sepa y nosotros que vivimos acá no. Es increíble!
– ¿No vio esos cartelitos en verde con la letra S? ¿Y en las plazas donde dice Zona de encuentro? Son por si sucede el terremoto.
– Espere, espere, no fue en 1715 el terremoto, sino en 1746. Así que falta todavía para los 300 años. ¿No le dije que todos los guías mienten? Es increíble!

El cómodo automóvil avanzaba por las avenidas limeñas a la velocidad de una góndola por Venecia. El mismo ritmo de los demás automóviles, combis, ómnibus, y por supuesto, como en otras ciudades de Latinoamérica, las ostentosas 4*4 ocupando más espacio y llevando menos personas que los demás vehículos. Faltaban las motos para que fuese una visión futurista de Montevideo.
El paisaje no era el de antiguos edificios manchados por el agua de milenios, sino las paredes de cemento de las autopistas, sobre las que los carteles de neón marcaban hitos geográficos de la ciudad. Ya en la periferia, las calles más angostas no tenían menos tráfico, pero se veían pequeños negocios, supermercados de barrio, restaurantes, talleres.
– Es muy rica la comida peruana-dije.
– ¿Qué comió?
– Ceviche, maíz hervido, papas a la huancaína, seco de carne con cilantro, escabeche de pollo, quinoa. Todo muy rico.
– Muy rico, salvo el cilantro. Odio el cilantro, y lamentablemente está en más de la mitad de las comidas peruanas. Es increíble!
Me incliné por los aspectos menos gustativos de la culinaria.
– Escuché en la radio que un restaurante peruano tiene el puesto segundo o tercero a nivel mundial, y es considerado el mejor en América Latina.
– Eso son payasadas. ¿Cómo puede saberse cuál es el mejor restaurante del mundo? No se puede medir. Son cosas de la publicidad.
– Es cierto, pero al Perú le sirve, internacionalmente, tener un título así.
– Solo sirve para que suban los precios para los pobres peruanos. Mire lo que pasó con la quinua, ahora los indios no la pueden comer. Increíble!
– Es una pena, realmente.
El viaje iba por el minuto cincuenta y tres. Ni rastros del aeropuerto. Ningún cartel indicador. Entre la maraña de vehículos, ninguno parecía llevar valijas de turista.
– Lo único que no probé fue chicha.
– ¿Cóoomo? ¿No probó la chicha? Increíble! No puede pasar por Perú y no probar la chicha.
– No encontré, no tuve tiempo de buscar, dije.
El auto viró a la derecha en la siguiente bocacalle, apartándose del camino por el que íbamos. Recorrió velozmente tres cuadras de calles oscuras hasta desembocar en una estación de servicio. Bajó y conversó brevemente con la chica a cargo de poner el combustible.
Volvió con una sonrisa y una botella de un líquido oscuro que presentó como chicha. La bebí con sed y entusiasmo, y elogié su sabor dulzón. No había tenido tiempo de cenar, y la chicha me calmó el hambre.
Volvimos al camino. Después de diez minutos de silencio, aparecieron los carteles del aeropuerto y me sentí aliviada, a pesar de que el viaje llevaba ya más del doble del tiempo estimado. El tránsito era igualmente lento, la calle estaba llena de camionetas con gente apretujada, regresando del trabajo, y de automóviles particulares con pasajeros como yo.
-¿Usted fuma?
– No, dije.
– Y su esposo?
– Tampoco. Fumaba, pero dejó hace años, por suerte.
También en Lima suena más elegante preguntar algún detalle que directamente interesarse por si tenía o no marido.
Entonces él encendió la radio. Durante quince minutos escuchamos el parte meteorológico, los informes sobre zonas de embotellamiento de tráfico, y la parte final de un programa de asistencia legal. Luego él apagó la radio y puso un CD.
-Dígame qué le parece, dijo.
Sobre el fondo de una orquesta tropical a todo volumen, con ritmo de salsa caribeña, se puso a cantar a viva voz. Anacaona, decía la letra. India de raza cautiva…..Jamás la había escuchado pero resultaba familiar. Su voz era linda y entonaba muy bien.
El volumen era tan alto que los ocupantes de vehículos vecinos, y hasta los policías de tránsito parados en el borde de la calle, nos miraban. Una mujer que iba en una de las camionetas le envió un beso con los dedos. Yo temía que tanta entrega artística no le permitiese detectar los mínimos instantes en que podía acelerar, pero demostró que era capaz de hacer ambas cosas a la vez.
Al terminar, lo felicité y le pregunté si cantaba profesionalmente.
– Ya no. Lo hice durante décadas. Perdí dos matrimonios, a mis hijos no los vi crecer, viajaba mucho, estaba todo el día borracho. Ahora tengo tanto miedo de que mi mujer me deje, que no canto más. Además, tengo dos hijos chiquitos, que son mi alegría.
Finalmente llegamos. El viaje duró dos horas. En nuestra época veloz, las conversaciones duran menos que eso. Me pregunté si todos sus viajes incluían la música y la confesión final. Quizás dependiese del número y nacionalidad de los pasajeros.
Los latinoamericanos somos comunicativos, y dos horas de tranquila charla son un privilegio en cualquier lugar del mundo. Quizás una medida para reducir el stress del tránsito sea conversar, simplemente.CAM01163

Noche fría sobre la autopista

Faltan veinte minutos para las diez, contesta la vecina al adolescente que espera, como ella, que pase algún ómnibus hacia el centro.
El viento se siente frío en las alturas del Paso de la Arena, a pocos metros de la ruta que cruza allá abajo, atravesada por un puente en uno de cuyos extremos está la parada de ómnibus.
Se oye el rumor de los grandes camiones, de los ómnibus interdepartamentales y los automóviles que pasan por la autopista como testimonio de un tiempo veloz.
A la vista el panorama es diferente. El tráfico por Luis Battle Berres es escaso. Del otro lado de la calle, algunos esperan para irse aún más lejos: Delta del Tigre, Ruta 1 Km 26, coordenadas sin nombre aún. Un bar con rejas, al estilo de las antiguas pulperías, ofrece su ventanita a los que pasan.
Del otro lado del puente hay un asentamiento. A esa hora se lo ve oscuro, parece una aldea medieval: bultos desordenados agrupándose sobre el terraplén que da a la ruta.
No hay luces en sus sendas interiores y los hogares se iluminan con velas, quizás.
El que preguntó la hora y dos de sus amigos comienzan a golpear con sus manos la estructura de hierro endeble de la parada, en la parte que incluye un mapa de la zona y el recorrido de los tres ómnibus que pasan por allí. Sus golpes, tímidos al principio, se vuelven entusiasta batucada cinco minutos después, y hay quien amaga unos pasos de baile.
Tiembla el techo sobre los demás, que se mueven inquietos. Por hoy no hay riesgo de caída, pues en cinco minutos pasa el L 14 para llevarse a todos, músicos incluidos. Ese ritmo, sin embargo, anuncia el cercano fin de aquellas latas, porque no hay otra cosa que hacer sonar cuando cae el sol y el ómnibus no pasa.
Luego de cruzar el puente, el panorama desde la ventanilla incluye depósitos de chatarra, casas a medio hacer, basura a lo largo de las cunetas, carteles inusuales como “acepto escombro”, “arreglo vaqueros” junto a otros vulgares: “se hacen fletes” “mecánico” o, también pintado a mano, “almacén”.
En una esquina, tres muchachos están sentados frente a un pequeño fuego encerrado en una rejilla de hierro. Están en silencio y lo miran, única señal cálida en la noche fría.
Quizás escuchen una música que sólo ellos oyen. Quizás esperan a alguien, o que pase algo.2014-12-15 18.57.57

Días y noches en Colonia Benítez, Chaco

El día comienza con el aullido de los monos, que se saludan entre sí desde los distintos bosquecitos donde se alojan. Parece que se reportaran por lista como en la escuela, porque el sonido recorre todo el alrededor de la casa. El saludo, que se prolonga durante diez o quince minutos, suena amedrentador, y tan fuerte que nada lo interrumpe, ni los pájaros abundantes, ni las ovejas acaloradas, ni los sapos clamando por agua. Se termina así la refrescante noche, que permitió el sueño recién sobre la madrugada, luego de largas charlas junto al fuego, bajo la luna, a resguardo de los mosquitos y otros insectos igualmente agresivos. Pequeñas ranas de varios colores se esconden bajo las sartenes, y saltan de vaso en vaso.
Calles de tierra clara conducen a los pocos negocios que se extienden en una de las aceras de la única avenida. Una panadería artesanal, una farmacia, dos o tres almacenes, una frutería. La carnicería comparte local con el estar de una vivienda familiar. A la izquierda, la máquina de cortar, el exhibidor y un freezer. A la derecha, tres sillones de mimbre, un televisor, una repisa con adornos. Si no hay nadie a la vista, hay que llamar con palmas. Al rato alguien aparece, sin demasiada urgencia.
El tono de las conversaciones suena dulce en nuestros oídos rioplatenses. Todos preguntan cómo fue que llegamos allí, y parecen alegrarse de la visita.
Encontramos un altar en forma de rancho pequeño y rojo en homenaje al Gauchito Gil, deidad de aquellas tierras. No falta la rivalidad política en carteles enfrentados de candidatos hiper maquillados y publicidad rodante que anuncia actos, reuniones, encuentros.
Participamos de la lotería chaqueña, que nos prometía una fortuna que no ganamos. La lluvia convierte todo en un lodazal: sólo hay posibilidad de tránsito por las angostas veredas, y los vehículos corren riesgo de quedar atrapados. Es imposible evadir el barro que ataca zapatillas, pantalones, piernas y por ende ingresa en las habitaciones, sube por las escaleras, ataca en toda esquina. Al secarse deja pinceladas casi imposibles de remover, para que disfrutemos de la breve sequía antes de que vuelva la lluvia.
A cada lado de la avenida principal se extienden largas calles bordeadas de selva. Algunas parecen no tener casas en sus márgenes, en otras se ven dos o tres, todas con su jardín delantero, flores y árboles y elegantes portones. Hay tanto verde que parece que el aire también terminará verde, y el pulmón agradece tanto oxígeno disponible. Un olor a flores acompaña las caminatas. Con un poco de atención se distinguen los distintos colores, diseños y aromas de las flores silvestres, que van desde la diminuta yerba del mosquito hasta los ceibos, flores de sapo y otras que se abren solamente de noche. Entonces rivalizan con las estrellas, que brillan junto a la luna para iluminar el camino de los que trasnochan.
Un camino sinuoso que pasa por quintas abandonadas y misteriosas nos lleva hasta el puente, desde donde vemos el río invadido por plantas acuáticas que esconden gran parte de su cauce.
Detrás, sobre la selva, el sol de otoño baja lentamente.
Los perros de allí son tan amables como las personas, nos salen al paso y nos escoltan durante todo el trayecto, como si quisieran asegurarse de que sabremos volver.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA2015-03-31 18.20.36 2015-03-31 18.37.00 2015-03-31 18.38.40Gracias a María Rita, Leonor y Max!

Ruiditos recurrentes

1)
Hice un trámite en el edificio central de la IMM. Mi irrupción de neófita en el submundo de la burocracia ciudadana me obligó a subir y bajar varias veces, desde el subsuelo al noveno piso. Viví  varias veces la angustia de estar parada en una habitación rodeada de ascensores a la espera de que uno de ellos se detuviera allí. Vi que otras personas, algunas con aspecto de funcionarios, estaban en la misma actitud expectante. Es decir, movían sin cesar sus cabezas en todas direcciones. Una vez en el ascensor, luego que cada usuario apretase el botón de su correspondiente piso, una voz de mujer, neutra y monótona, decía a cada momento: SUBIENDO o BAJANDO, según fuese el caso. Al aproximarse a cada piso, decía, en el mismo tono, PISO CUATRO, PISO DOS, PISO SIETE, etc. La primera vez resultó interesante. La segunda, un poco reiterativo. La tercera vez que usé el ascensor me dieron ganas de bajar por la escalera solo para no oir esa voz. Pero no se sabe a dónde van a parar las escaleras, en la IMM creo que llevan a lugares diferentes que los ascensores, y yo había aprendido el camino usando éstos. Entonces me resigné a escuchar pacíficamente aquella voz informativa. Quizás fuese un poco más divertido tener una voz para cada piso, o diversas voces según el día: una para los martes, otra para los jueves, o una voz alegre para los días tristes y una monocorde para los soleados. Tal vez llegue el día en que las empresas de ascensores ofrezcan este servicio a sus usuarios, además de incluir el espejo, que como es sabido, resulta útil en los viajes de más de dos pisos.
2)
En la oficina de aspiraciones docentes de UTU hay cuatro puestos para la atención del público. En enero, a causa de las licencias, solo una muchacha ocupaba el suyo, y se esmeraba en ser amable con la larga fila de interesados que esperábamos turno. El teléfono sonaba implacable, a un volumen alto, a su lado. Su sonido exasperaba a ambos lados del mostrador. En un momento pensé ofrecerme a atenderlo, o descolgarlo nomás, pero pensé que sería una intromisión. Creo que la chica que atendía era la más perjudicada, pues estaba trabajando desde hacía varias horas. Quizás lo mejor en esos casos sea eliminar el teléfono de la oficina. Atención personalizada, y basta.

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Calles y Destinos

Calles y Destinos
Las calles montevideanas han sufrido una pérdida de identidad en los últimos años. No ha sido a causa de cambios significativos en su aspecto propio ni el de sus veredas o casas aledañas, sino porque han perdido sus nombres. Bellas palabras como Caridad, Médanos, La Fe, Cuñapirú, Olimar, han sido sustituidos por nombres propios, a los que de vez en cuando se le antepone un Doctor, General u otro título casi siempre masculino.
Dar una dirección se ha convertido en algo tedioso y extenso, ya que muchas de las calles tienen apellidos dobles o nombres compuestos. Decir que se vive en Francisco Hermenegildo Varela Indarte entre Jacinto B. Pérez González y Honorio Feliciano Rodríguez Fernández es mucho más complicado y aburrido que si fuese en Membrillar entre Sauce y Vacas Verdes, por ejemplo.
Y también mucho más difícil de recordar. Si se diera el caso de que uno buscase la dirección de un médico o un abogado, no sería improbable confundirse entre el nombre del profesional y la calle que alberga su estudio o consultorio. Me pregunto quién sabe que, además de una calle, Carlos Vaz Ferreira fue un importante filósofo. Y también, si todos los que efectivamente saben eso, y algún otro detalle de su vida como que conversó con Einstein, fue hermano de una poeta o usaba bigote, lo traen a su mente cada vez que circulan por la calle que lo recuerda. Dudo mucho que al levantar la vista en su diario trajinar, quien lea una chapa sobre la pared con el nombre de Salvador Ferrer Serra sepa que fue político y dirigente de fútbol. El que por algún motivo visite la calle Doctor Juan José Carbajal Victorica probablemente nunca sepa que fue un ministro de relaciones exteriores y los que crucen Profesor Doctor Julio A Bauzá no reverenciarán su memoria de médico pediatra. Los que decidan tomarse una pausa en el Espacio Libre Profesor Doctor Juan José Crotoggini ocuparán el mismo tiempo en leer el nombre de dicho espacio que en cruzarlo de punta a punta.
Seguirán existiendo turistas que confundan Joaquín con Gregorio Suárez, sin que para los nativos que los citan en “’Suárez’’ a secas haya diferencia alguna más que la dada por el nombre de pila. Bautizar calles con nombres propios no está mal, pero pretender que toda la ciudad esté surcada de largos nombres de personas ilustres es un sinsentido y un error cívico. No está probado que este procedimiento alimente la cultura de los montevideanos ni su interés por la historia.
Como tibio consuelo ante tanta aridez nomenclatora, siguen existiendo destinos de ómnibus que mantienen su encanto. Tres Ombúes, Los bulevares, Verdisol, Bella Italia, La Boyada, Puntas de Macadam, Carlomagno, Camino del Andaluz, Portones y algún otro.
Es probable que cuando todas las calles tengan nombres propios, también el afán rebautizador llegue a estos lugares. Entonces veremos que el 121, en vez de unir la Ciudad Vieja con Pocitos, irá desde Contador General Emiliano Faustino Ferreira Domínguez hasta Sicoanalista Lacaniano Alejandro Sebastián Rodríguez Pereira. Preparémonos.

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New York poor experience

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERADía 1 en New York.

A través de la ventana, la ciudad nocturna es más linda que de día, porque sus miles de ventanas iluminadas dicen que adentro hay personas, pasan cosas…..Durante gran parte del día, mirando esas mismas torres de vidrio, dudé.
Como alguien me decía, caminar por New York es como estar adentro de una película, así que hice como mi tocaya de La rosa púrpura del Cairo, me metí en ella. Todo parece de plástico, calle tras calle rascacielos oscuros tapando el sol, luces de neón que giran, pantallas con imágenes enormes, y carteles que van cambiando de color y de palabras. Estoy a dos cuadras de Times Square ( de la que dicen es la esquina más iluminada del mundo) y apenas llegué fui hasta allí y luego seguí por Broadway, y sin darme cuenta seguí caminando por distintas avenidas hasta llegar al Central Park. En realidad pensaba que era más lejos, llegué casi sin darme cuenta. Busqué el Chelsea Hotel y pasé por el Metropolitan, donde me dijeron que no podía ver la ola de Hokusai pues no estaba en exhibición en ese momento, pero vi muchos cuadros hermosos. El otoño favorece la variedad de colores de los árboles. Pude escuchar cantantes de jazz, de blues, guitarristas franceses, acordeonistas eslavos, bolivianos con erkes, vi bailarines de hip hop, magos, caballitos de feria, estatuas vivientes y otras muchas cosas en las tres horas que estuve allí. Salvo este parque, que es hermoso, lo que vi no me pareció hermoso. Nueva York me impresiona, me sorprende, pero no me parece linda. Como compensación ante tanta frialdad lineal de las avenidas (que tienen número y no nombre como las nuestras) la gente, a ras del suelo, es muy variada. Y mirarla es parte del espectáculo que es la ciudad. Gente vestida de la manera más insólita y con el atuendo más estrafalario, junto a muchos que usan sus trajes típicos, desde los judíos ortodoxos hasta las hindúes envueltas en telas de colores maravillosos. Las tiendas están abiertas aun los domingos, es como si no se pudiese hacer otra cosa que comprar y comprar. Es que comprar es lo natural acá. Hay tiendas muy elegantes pero lo kitsch asoma a cada paso. Para empezar, el aeropuerto lucía muy sobrio, equilibrado, con espacios amplios y limpios, algunos carteles con hermosas fotos y de pronto, en uno de los corredores finales…una pared celeste, que tenía adheridas unas formas de yeso blanco simulando cortinas movidas por el viento…..con volumen y todo, a lo largo de 200 metros! Parecían decir: Welcome toYankiland.
Así es que junto a Armani o algún otro diseñador famoso encontramos reproducciones de Marilyn en camisetas ( Marilyn acá es como el Che en Montevideo) y muchas, muchas Betty Boop….Elvis Presley adorna carteras, y ahora hay prendedores de Obama ( con muchas banderitas yankis y escudos y demás) por todas partes, y papanoeles adentro de botellitas de plástico.Me parece divertido que en todas partes, a toda hora, se trasmita la idea de que todo tiene al menos una solución, y que esa solución puede comprarse. Desde la caída del pelo, hasta la pérdida de un gato; desde el amor de tu vida hasta el agujero de la oreja, desde la autoestima hasta un escarbadientes: todo tiene solución, hay que ver quién la vende, simplemente.
También los edificios tienen esculturas horribles, doradas, que no se sabe quién las hizo. Todas las mañanas, una multitud de personas que llevan en sus manos un vaso de café con leche y una bolsita de papel con donuts se apuran rumbo al trabajo. Es inevitable pensar a dónde irá a parar tanta basura.

Ciudad Vieja al noreste, 2007

Mi padre era meteorólogo y desde niña, adquirí el hábito de mirar por la ventana para saber qué pasaría con el tiempo cada mañana: si había anuncio de días hermosos, si las nubes estaban a punto de reventar en una lluvia tenaz o permanecerían pacíficamente quietas allá arriba, si el viento agitaba los árboles y las polleras, si la humedad amenazaba ser intolerable, o el calor, agobiante.
Cuando vivía en la Ciudad Vieja, lo hacía también por otra cosa: saber cuántos mendigos, prostitutas, borrachos o adictos a la pasta base se interponían entre la puerta de calle y la barrera salvadora de la calle 25 de mayo.
Hoy pasé por allí y vi que, en el baldío que entonces era  un estacionamiento privado, están construyendo un gran edificio. Enfrente, sobre la fachada decorada con pececitos de cemento, hay carteles indicando futuros cambios. La casa de al lado, aún en pie, está tapiada. A sus pies solía formarse un basurero, porque allí vivía un reciclador de basura. Este basurero era prolijamente levantado dos veces al día por el camión de la empresa recolectora. Del piso superior siempre goteaba agua, que se mezclaba con la basura y corría calle abajo desparramando la mugre y el olor.
La casa tenía dos plantas y tres puertas. En una de ellas vivía un hombre de unos sesenta años, pelo blanco, con una gran nariz que muchas veces exhibía heridas sangrantes. Durante un tiempo fue el cuidacoches de la cuadra, luego dejó el oficio y se limitaba a sentarse en la vereda, en una sillita que sacaba de su casa, a tomar mate y conversar. Era amable y respetuoso. En la siguiente puerta estaba la escalera hacia el primer piso, donde vivía la familia del reciclador. Éste era un hombre pequeño, en cuya cara estropeada por el alcohol aún era posible atisbar cierto atractivo. Muchas veces lo veíamos, tambaleante, ir hacia el almacén con una botella de plástico en la mano, a comprar vino suelto. Una vez alguien dijo que sólo así era posible resistir la ingrata tarea que le tocó en la vida. Su mujer también trabajaba en el reciclaje de la basura que él traía, y nunca estaba borracha. Era joven, se la veía siempre seria, y trataba con ternura a sus cuatro hijos, que parecían felices. Un día al pasar vi que la escalera daba a un rellano sin techo, y estaba totalmente cubierta de bolsas de basura negras, que dejaban un pequeño hueco a un costado, para pasar. A veces la mujer limpiaba la vereda, pero era tanta la basura que se depositaba allí que era imposible eliminar el olor y la grasa.
Ellos también descartaban deshechos (no todo lo que recolectaban era aprovechable) que terminaban en el basural de la esquina. Como ellos dejaban allí esa mugre, el resto de los vecinos los imitaba, depositando en el mismo lugar sus bolsas de basura.
Muchas veces no era posible transitar por la vereda, era necesario bajar a la calle, pero como ésta era muy transitada, había que esperar un buen rato antes de poder cruzar. Cuando Zabala visitó Montevideo, cuatro años después de la fundación, encontró también mucha basura y desidia en sus habitantes, que estaban asentados precisamente en ese lugar.
Algunas noches de verano me asomaba por ventana y veía entrar y salir gente por la tercera puerta. En dos horas de insomnio, conté treinta y dos.
Un tráfico incesante de dealers, drogadictos y ladrones buscando el “aguante”, el refugio. De vez en cuando venía la policía y cargaba dos camionetas con diez o quince de los que habían pernoctado allí…todos hombres, la mayoría jóvenes y con señales de gran deterioro. No puedo evitar preguntarme dónde estarán ellos ahora….Mi barrio 2 mi barrio 6 mi barrio 5 Mi barrio 3Mi barrio 1

Paraguay y Santa Fe

IMG-20140715-WA0001 IMG-20140715-WA0002 (1)Una de las seis colinas de Montevideo brinda su declive a la avenida Agraciada, desde la Plaza Suárez hasta Entre Ríos.
El tránsito baja como un tropel de organizadas bestias, y se divide en dos cuando nace la calle Paraguay.
A pocos metros de allí, en la esquina de Santa Fe, hay una parada de ómnibus.
No son muchos los que esperan, a esa altura del trayecto los que bajan son más que los que suben.
Un cartel de cemento, en el cual se exhiben promociones de productos de belleza, automóviles, celulares o viajes, alternativamente, se encuentra justo en la línea de visión entre la parada y la avenida Agraciada.
Los que esperan tienen dos opciones: pararse en el cordón de la vereda o arrimarse a la pared.
En el primer caso, sus vidas corren peligro pues, en caso de perder el equilibrio, es probable que sean atropellados por los vehículos que, a causa de la velocidad con que ingresan a Paraguay, no puedan frenar a tiempo. Si se acercan a la pared, es probable que no les alcance el tiempo para hacer señas al ómnibus, ya que deben correr hacia la calle con el brazo extendido, y llegar hasta ella en fracciones de segundo.
Todo esto podría considerarse un esfuerzo de la comuna para aportar emoción a la vida de los usuarios del transporte colectivo. Esa esquina podría ser adecuada, pues se encuentra rodeada de edificios grises y descuidados. Sin embargo, en general se lo vive como una molestia.
¿Dónde está la inteligencia colectiva cuya conclusión se ha materializado en ese cartel de propaganda? Tal obra no es ni puede ser atribuida a una sola persona. Los proyectos, en particular los públicos, pasan por varias manos y son leídos por muchos ojos. Al parecer, ninguna de esas mentes activas de personas responsables tuvo en consideración al usuario del transporte público. Por otra parte, es dudoso que el interés comercial haya sido considerado. ¿Puede algún conductor desviar su mirada hacia la propaganda expuesta cuando debe cuidarse de los múltiples vehículos que lo acompañan en su camino?
Quizás, desde la ventanilla del ómnibus o del acompañante en un automóvil, o desde el asiento trasero de una moto, alguien se interese por el desodorante infalible o la loción maravillosa. Cosas que podrían suceder, también, en caso de que el cartel mencionado estuviese ubicado en cualquier otra parte ( por ejemplo, detrás de la parada).
Este cartel, sin embargo, no es la única peculiaridad de Paraguay y Santa Fe.
Un fenómeno observable es que los ómnibus rumbo a la Ciudad Vieja pasan en tandas. Así es que, al aproximarse a la parada, es posible que se pueda vislumbrar la procesión de 124, 125, 126, 127, 524, 538, 133 y G. En ese momento se tiene la convicción de que será necesario esperar diez minutos hasta la próxima tanda.
Esto también podría considerarse un intento del departamento de tránsito de la comuna ( otra entidad formada por mentes activas de personas con responsabilidad) por otorgar diez minutos de introspección a los usuarios del transporte público. Sin embargo, se vive como una molestia, especialmente en una tarde lluviosa y fría de invierno. Es que los montevideanos somos quejosos, dicen.

En Vojvodina

Sentada en una mesa redonda , comiendo todo lo que me ofrecían para no ser descortés, me acordé de Porca Tierra , de John Berger. Lo desagradable que fue leer la primera página, que describía tanta crueldad y salvajismo . Y cómo me conmovió después de superar la tercer página… El manjar del pueblo es la rosca rellena de dulce rojo, acompañada de una grappa de frutas, la pàlinka.
Las inundaciones son una tragedia , el trigo se debilita, el maíz se pudre. Eso dicen en todas las casas que visitamos. Los animales sufren. Ellos saben que nada pueden hacer para detener este castigo injusto de la naturaleza , y miran hacia arriba , buscando el signo de apertura en el cielo gris. Se quejan un poco del frío.
Frío para ellos significa 20º C bajo cero. Calor quiere decir 40º .
Cuando Serbia ingrese en la Unión Europa, podrían perder el derecho de matar a sus cerdos y de hacer su aguardiente, dicen. Pero habrá más cultura, más educación, creen.
Sus dientes están dañados, y sus manos también. La mayoría de ellos tiene ojos de color azul brillante. Sus casas tienen cien o más años. Algunos símbolos de confort occidental se acomodan en las habitaciones de ventanas estrechas. El televisor estuvo encendido todo el tiempo de nuestra visita, pero ellos jamás lo miraron.
Por no conocer ni los rudimentos de su lenguaje, sólo pude leer sus rostros. Cada 20 minutos recibía una breve traducción . Los más viejos extrañan el comunismo. Los pobres vivían mejor que ahora , y no había una brecha tan grande entre la gente . Por supuesto, no podían adorar a sus santos ortodoxos , como hacen ahora, cuando también pueden tener una fiesta en Navidad.
Les pregunté por la guerra . Era una tontería, la gente no quería la guerra , contestan. Una bomba destruyó una de sus máquinas, y veían cotidianamente aviones pasar, pero estaban muy lejos del verdadero escenario bélico.
Se abrió la puerta, el olor de los establos llegó pero ellos no lo advirtieron .
Viven en la casa construida por su bisabuelo, que fue cochero del castillo hace 150 años. El pueblo carece de edificios de más de un piso.
Muchas casas están vacías . Aquí los jóvenes abandonan el país para vivir en las ciudades , como en el resto del mundo .
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Svetlana trabaja en el antiguo castillo . Cuando digo “gracias” , dice “de nada ” . Me dice que le encanta el sonido de las palabras en español , que conoce por las telenovelas latinoamericanas que ve en la televisión serbia. Me comprometo a escribirle para que aprenda un poco más el idioma.
El castillo fue utilizado como fábrica de productos químicos durante el comunismo. Ahora un grupo inversionista internacional lo ha comprado para construir un balneario en el parque. Si volvemos en tres años , Svetlana dice que recibiremos un tratamiento para lucir más jovenes y hermosos sin costo alguno en el futuro spa del balneario anunciado.
Sonja es licenciada en literatura española. La conocimos en el autobús de Kikinda a Belgrado. Se mostró sorprendida y feliz de encontrar hablantes de español, aun con el -para ella extraño- acento rioplatense.
Ella ama a Cervantes. Le hablé de Onetti, Felisberto, Borges y Bolaño . No hay escritores serbios traducidos al español , o tal vez sólo uno . Y solo unos pocos al inglés. Los principios de la globalización se aplican también a la literatura.
Dice que Belgrado es feo  y Novi Sad es bello.
Yo vengo de un país pobre, le digo. Para mis ojos, Belgrado no es feo, aunque está sucio. Sin duda una restauración de sus edificios lo haría lucir mejor. Las pequeñas ciudades desconocidas, como Kikinda, donde pasamos una noche, son limpias y llenas de árboles, y se respira un aire antiguo, lejos del bullicio y el vértigo de este siglo.