Luz de Bella Unión

Tengo mesa: me han traído una circular, de lata, plegable. Pero me parece hermosa: es grande, cómoda, y no sólo cabe en el espacio entre ambas camas, sino que deja lugar para la banqueta. Después de tres horas sentada en el piso con la computadora en la falda, una mesa es un lujo.
Entreabrí la ventana, que es de vidrios traslúcidos, para que una franja de cielo me quite la sensación de agobio de los lugares cerrados. Entra frío, pues hoy es uno de los días más fríos del año; cuando no lo resista más la cerraré, y tendré su recuerdo.
Caminé un par de horas por el pueblo. Mucho cielo. No hay casas de dos plantas, y los árboles no son altos. Cuánta luz, y qué bueno es vivir con ella y con la paz del silencio. Esta mañana leí los titulares y sentí que todo sucedía a miles de kilómetros de acá. Los grandes acontecimientos del mundo parecen más cercanos en Montevideo, con su ruido incorporado.
Acá el viento mueve las ramas de los árboles, sale el sol, crece el río: pasa eso.
Dos o tres cuadras separan el río del centro del pueblo. En realidad, es la confluencia de dos ríos, y ahora que hay “crecida” el paisaje es más hermoso todavía. La corriente se ve poderosa, marrón; ha invadido las zonas que los hombres habían domesticado para su uso: los senderos, parrilleros, las canchas de fútbol, los predios para el camping.
Después se retira, como siempre, y las conquistas se recuperan. Una y otra vez, la crecida vuelve, y nadie pretende que deje de hacerlo. La gente sabe que podrá disfrutar de sus espacios cuando llegue el verano, o al menos durante parte de éste.
Del otro lado hay casas, embarcaderos, ¿ será otro pueblo?¿ cómo se llega allí, si no vi ningún puente?
Cuando llegué a la plaza me extrañó no ver la iglesia, y me dije que éste era el único pueblo en cuya plaza no hay iglesia, pero me equivoqué. Ella está, pero es tan pequeña y humilde que no se la ve a primera vista. Estaba cerrada, por lo que es probable que no sean muy píos por acá.
Me senté a esperar el mediodía en un banco de cemento, pintado de anaranjado. En una esquina de la plaza hay un semáforo. Por lo que vi, la frecuencia de vehículos por minuto debe ser muy baja (no sólo autos, hay también muchas motos) y vaya a saber qué circunstancia hizo que se instalara ese semáforo. Quizás a la hora de entrar a la escuela pasan camiones, quizás los chicos bien usaran esa calle para correr picadas, quién sabe. Luce anacrónico en el paisaje vacío de la calle.
Una pareja hablaba en portugués en la mesa de al lado en el bar, y un hombre de bombachas, boina vasca y botas ruidosas comía silencioso más atrás.
Al llegar, la dueña del hotel me preguntó si había estado acá, y le dije que era la primera vez.
Sin embargo, estuve una vez en Bella Unión, y tal vez dormí en este hotel, pero no lo recuerdo.
¿Podría ella recordarme? Pasaron seis años, y estoy segura de no ser inolvidable.
Las pocas personas con las que me crucé en mi caminata, me miraron con la inequívoca actitud de quien no me reconoce. Seis mil personas viven acá, y no creo que todos se conozcan entre sí, pero todos lo que me vieron sabían que no me conocían.
Mi ropa, mi manera de caminar ( no mi pelo pues lo tenía tapado con el gorro…)
Sentada en en la plaza pensé que podría vestirme de una forma que no llamase la atención, pobremente, y estar allí, anónimamente, porque las mujeres de mi edad quizás son las más invisibles. Las jóvenes pobres tienen la belleza de la juventud, las muy viejas la peculiaridad de las arrugas, pero las que son como yo no llaman en absoluto la atención. Y así me gustaría poder sentarme en la plaza, sin ser notada, para poder observar con más atención y menos disimulo todas las cosas.
Sábado 2
Teresita es profesora de música desde hace 41 años. Fue a buscarme al hotel a las seis de la tarde, de regreso de una actuación de su coro en la vecina ciudad brasileña de La Barra. En el asiento trasero llevaba el contrabajo de un músico que viene a dar clases los sábados, que debía despachar en el ómnibus de la noche. Como encargada de cultura del pueblo, Teresita atiende a todos los que, como yo, venimos de vez en cuando por acá.
Me contó que da clases de música todas las mañanas, a un total de 250 alumnos entre trece y catorce años. Eso, y todo lo demás, me parece heroico.
Por la noche, cuando fuimos a cenar, vislumbré al menos uno de los orígenes de su energía. Su cena consistió en una milanesa napolitana que abarcaba todo el plato. Los escasos centímetros libres estaban cubiertos por gruesas papas fritas.
Lentamente, mientras me contaba que Bella Unión es más culta que Artigas, que no hay suficientes puestos de trabajo, que una de sus hijas es peluquera y la otra profesora, y que le teme al río cuando crece por las noches, Teresita se comió la milanesa.
Mientras tanto yo luché con un omelette de champignons y una ensalada de tomate y lechuga. Vencieron ambos.
De regreso en el hotel, me dispuse a resolver el problema de la caja.
Por suerte, se trataba de una caja de cartón.
Al final de la clase, una señora muy dulce y tímida se acercó a pedirme, con mucho cariño en los ojos, si podía hacerle un gran favor. ¿Cómo no complacer a una persona tan agradable?
¿Y qué gran favor podría pedirme una mujer desconocida? Por un segundo pensé que sería leer sus manuscritos. Dijo “podrías llevarle una torta a Malí” e instintivamente dije sí, pero sin entender de qué se trataba. Es más, pensé que había entendido mal la palabra torta, y que se trataba de otra cosa, un libro por ejemplo. Me dijo que la tenía en la camioneta y que me la traía inmediatamente. Entonces vi que no había entendido mal: era una torta. Una verdadera y bien embalada torta de cumpleaños. Cuando vi la caja estuve a punto de echarme a reír.
Tenía pegado un papel que decía MUY FRAGIL y medía cincuenta centímetros de largo por lo menos.
Durante toda la cena, entre bocado y bocado, venían a mi mente diversas alternativas para resolver el problema de la torta. Podía olvidarla. Podía partirla y meterla en una bolsa.
Podía despacharla por correo. De lo que estaba segura es de que no podía transportar, así como estaba, esa caja.
Tampoco podía privar a Malí de su torta, ni estropear el regalo tan generoso de esta señora.
Resolví abrirla. Era una hermosa torta decorada con flores amarillas. Decidí probar un pedacito. Después de todo, yo había estado en el cumpleaños y merecía un pedacito.
Le saqué fotos antes de cortarla, para enviárselas a Malí.
Era deliciosa. Tierna y rellena de dulce de leche. Disfruté de ese pedacito, que, además, achicaba la porción a transportar….
Vi que la caja era mucho más grande que la torta, y decidí achicarla a la medida de ésta.
No fue fácil sin herramientas. Intenté con un cuchillo de plástico, y también con la bombilla.
El cartón resistía, pero al final cedió, y obtuve un envoltorio adecuado al tamaño de la torta, que acomodé en la valija.

El Río Uruguay por la mañana

Parque Rivera de Bella Unión

 

Granada en otoño

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1) Cerca de la catedral, una joven gitana toma mi mano e intanta leer mi futuro. Las frases usuales para una mujer de mi edad, viajando sola: lágrimas en el pasado, pero felicidad en el futuro; un viaje, alguien que desde el cielo reza por mí.
Ella no sabe que nadie  ha muerto aún para velar por mí, que viajo cuatro veces al año, y que siempre fui bastante feliz. Le sonrío y le pregunto si nació acá.
Cinco dólares cada mano, contestó. Pero yo no pedí esto, querida, toma tres, y déjame en paz, le dije. Si me hubiese dicho algo interesante, podría haberle dado más.
2) Caminé bajo la lluvia. Calles vacías y negocios vacíos, el silencio triste que el otoño trae luego del bullicio veraniego. Hay muchos árboles gingko por aquí, y en estos días están intensamente amarillos. Detrás de una gran vidriera, un hombre de unos sesenta años corta la madera para una guitarra. Cae sobre la mesa, y permanece recostado allí por un instante. Luego vuelve a su tarea. Cansancio, tristeza, quién sabe! Quizás solamente un momento íntimo cuando nadie mira.
3) Las empleadas de la librería, dos chicas muy amables, hablan acerca del acento latinoamericano, antes de que yo les dirija la palabra. El idioma español nació en España, dice una. Por lo tanto la forma en que se habla acá es la correcta. Los demás hablan mal el español.
Es eso xenofobia, racismo o solamente un uso equivocado del silogismo?

 

entretenimientos de pasajera

La mudanza me ha traído los viajes diarios en ómnibus hasta y desde la oficina; y con ellos, la posibilidad de asistir a variados espectáculos de pretendidos artistas o simples limosneros.
Los que más abundan son los cantantes, y tal vez por esto, los que presentan un rango mayor de habilidad y calidad. Es curioso el comportamiento crítico de los espectadores.
Los mejores, en general, son recompensados con aplausos y monedas. En cambio, quienes desafinan o eligen mal su repertorio, son fríamente ignorados en el reconocimiento y en el desprendimiento monetario.
Los que cantan en inglés, en general, son desdeñados; y los que cantan rock, a menos que compensen su adicción musical con muy buenas interpretaciones o un aspecto agradable, también.
El repertorio folclórico o nacional es el que más adhesiones despierta. Canciones del repertorio contestatario latinoamericano son también muy bienvenidas.
De todas formas, con eso no alcanza. Hay que cantar bien y en lo posible, tocar la guitarra o cantar a dúo, opción elegida por varios de los músicos del transporte.
Hay algunos cuya pobreza interpretativa se vislumbra desde el primer momento. Empiezan con timidez, tal vez preguntándose si quienes los precedieron se sentían igualmente incómodos, y se extienden en canciones interminables esperando que el exceso de música compense la escasa virtud con que la ejecutan.
Algunos se disgustan si la gente no los escucha y sigue conversando; incapaces de la autocrítica, adjudican a la mala educación y no a su mediocridad la indiferencia o el rechazo.
Parecen olvidar que nadie le pidió escucharlos…y que la gente demuestra gran amabilidad al no molestarlos.
Los hay que interpretan pequeñas obras cómicas, con estilo dispar: algunos son muy graciosos y otros se desbarrancan en el grotesco. Una pareja de gordos hombres jóvenes interpreta a un marido y su mujer a punto de parir. En el momento cúlmine de la actuación, el que hace de mujer se tira al piso del ómnibus y finge los dolores del parto…..Una señora mayor, muy pintada y sin dientes, hace una intervención picaresca con una enorme bombacha floreada y un chorizo de goma sospechosamente similar a un pene.
Es realmente muy graciosa, su humor es auténticamente arrabalero y pienso en cuántos artistas populares se han perdido en los barrios, en la vida gris de la falta de oportunidades….esta mujer podría haber sido una gran actriz, en otras circunstancias.
Entre los que directamente piden, están los que pertenecen a organizaciones de rehabilitación de las drogas, en general vinculadas a alguna iglesia.
Ellos se extienden en la narración de sus vidas pasadas, dominadas por la droga, y confiesan sin pruritos todos los pecados a que la adicción los condujo: mentir, robar, amenazar, dormir en la calle, todo salpicado de detalles inculpatorios e íntimos.
En general, increpan a los que miran por la ventana: eh,tú que miras para afuera, esto puede pasarte a ti, o a tu hijo, o a tu hermano! Lo mismo hacía un payaso que vendía galletitas, decía que no había que mirar para afuera porque allí seguía estando el mismo paisaje de ayer.
Y terminan vendiendo alguna bolsa de nylon, un marcalibros o un pegotín de horrible diseño.
También están lo que directamente piden, quienes por lo general relatan alguna desgracia sufrida, por la cual perdieron el trabajo, la casa o la salud….y piden para alimentar a sus hijos o para pagar la pieza de pensión.
Algunos reparten papelitos relatando su desgracia: tengo ocho hijos, se quemó mi casa, mi marido tiene cáncer….
Otros son más combativos. Uno de ellos levantó la mano a la altura de su pecho, con el índice hacia los pasajeros, como si fuese un revólver, que movía de un lado a otro.
Si, decía con pasión, esto podría ser un revólver de verdad y yo estarles diciendo: Dénme todo lo que tienen! Pero no, he elegido el camino más difícil….pedir!
Una mujer pide para alimentar a sus hijos y se enoja con quienes le dan poco dinero ( pero no con los que no le dan….) Les pregunta, gritando, si con una moneda de dos pesos ellos podrían comprar un pan o un litro de leche.

 

 

 

helsinski meeting

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Como antiguos generales de caballería, que desde la colina ven ordenarse en el valle sus tropas antes de la batalla, dos de los panelistas observan la concurrencia, que se acerca lentamente a las incómodas sillas de este enorme salón diseñado por un amante del estilo imperio, en su versión finlandesa: oscuro, simétrico, inhóspito y levemente kitsch. Ambos señores lucen tranquilos y seguros, pero quizás en lo profundo sientan el temor de que, a un momento dado, la turba decida dar marcha atrás y perderse en las calles frías de Helsinski.
Nuestra anfitriona, etérea y sonriente, da vueltas por el salón con su sonrisa hippie y su vestido floreado. Una banda de hombres de traje oscuro invade la primera fila. Algunas mujeres, del gobierno finlandés tal vez, aportan un poco de color, pero no demasiado. Los jóvenes se sientan en las últimas filas. Son rubios, bien vestidos, bellos y silenciosos.
El estrado es demasiado alto, demasiado lejano. El presentador intenta disipar la nube helada con su simpatía, pero creo que apenas logra elevar la temperatura un par de grados, sin derretirla.
Habla la representante del gobierno, una mujer de aspecto honesto y serio, algo inusual en estos cargos. La sigue un tambaleante anciano delgadísimo, parecido William Macy dentro de algunos años, y tiene una suave y hermosa voz.
El jefe presenta a un alto funcionario que nos visita, con emoción y alegría, y su tono me recuerda el de Marilyn cantando Happy Birthday Mr President. Luego este Mr President lee, con cierta dificultad, un discurso deslavado que destaca las bondades de la emigración y la vulnerabilidad de los emigrantes. Todo muy helsinskiniano.
Cuando termina, la banda de hombres de negro se levanta de la primera fila y lo rodea, y parten todos en silencio y velozmente.
Un español, Federico, rompe con su cálido y elocuente discurso esa frialdad elegante, apela a la necesidad de aprender a “ vivir juntos” y consigue aplausos un poco más entusiastas. ( Es porque su discurso fue breve, diría alguien después).
Estoy elegantemente ataviada pero las manos se me han manchado de tinta negra. Mi simpático inconsciente me recuerda que no seré nunca la mujer perfecta y sin contradicciones.
Habla una rubia artificial ( quizás real hace algunos años) locuaz y desenvuelta. Se preocupa de aclarar que se referirá solamente a los trabajadores inmigrantes. Habla un poco de más, pero es señal de humanidad.
La coordinadora quizás descolle por su simpatía en Finlandia, porque es mucho más expresiva que la media: en América Latina sería considerada una mujer fría y antipática.
Aparece un joven delgado con entradas en las sienes: es hijo de un inmigrante y una nativa finlandesa.
Creo que dice algo interesante, pero ya no lo recuerdo. El aburrimiento se instaló en mí de forma definitiva, y mis oídos ya no trasmitieron al cerebro las ondas recibidas.
En la pausa del café nos saludamos con los demás. Todos estamos elegantes y parecemos serios. Mi colega indio, sabio y discreto, dice que es bueno estar en la corte, de vez en cuando.
La joven asistente tailandesa, leve libélula, envía tweets con el update de participantes. Una periodista, a mi lado, complementa la visión para nuestra lejana audiencia. Me pregunto si alguien en el mundo espera con ansiedad el contenido de los discursos. Quizás alguna amante o admiradora, o algún adversario político.
Me quedo sin café: la ceremonia de la cola me desanima.
La concurrencia tiene 20 minutos para hacer preguntas, dice la moderadora. Nada interesante. Un señor de cara rosada toma el micrófono, sueña que es Frank Sinatra y da la espalda al panel, iniciando un discurso incoherente.
La moderadora lo despierta rápidamente del sueño, y sin terminar de hilvanar sus ideas debe entregar el micrófono y sentarse resignadamente.
Una distracción y todo termina: el jefe expresa sus conclusiones en frases breves. Los finlandeses se escurren silenciosamente de la sala y los que quedamos pasamos al salón, con la esperanza de engullir un sabroso y cálido bocado: un salmón nos espera, con ensalada verde. Menú veraniego, dirían en mi tierra.

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Las mozas en el restaurante hicieron su trabajo con precisión y gracia,  estirando sus delgados brazos entre las cabezas de los comensales, sin una sola gota equivocada.

Luego caminé por las prolijas calles de Helsinski. Nada fuera de lugar, sin mendigos, sin basura, sin negocios cerrados ni edificios abandonados. Quizás haya todo eso en otros barrios, pero en éste es como si aliens perfectos, sin miserias interiores, fueran los dueños de la ciudad.

Las veredas son anchas, para dejar pasar el escaso sol, todo un diseño para escapar del frío y la oscuridad. Los nativos son extremadamente claros, hermosos, elegantes; parecen anoréxicos y vulnerables. Mientras caminaba pensé en la canción Black is beautiful, y estuve de acuerdo.  Me pregunto cómo serán las pasiones entre ellos: serán suficientes para pelear contra los cortos días y las heladas noches?

Carteles ordenados, no demasiados, pero visibles en todas partes, en todos los muros. Ventanas coloridas de negocios que también son austeros y rígidos, ofrecen ropa, utensilios de cocina y zapatos.

Vi gente con aspecto feliz comiendo papas fritas en mesas de madera clara.  Todos esperan que llegue la luz verde, aunque no pase ningún vehículo. Todos parecen disfrutar de los últimos días antes del largo invierno.

No hay mucho ruido en el centro. Tranvías limpios  perfectamente pintados atraviesan las calles, se ven pocos autos, y la gente habla bajo. Es como si todo se volviera marròn, no gris, sino marrón, como un bosque petrificado. No me alejé demasiado por miedo a perderme Si bien disfruto cuando estoy perdida, Helskinski no me pareció un lugar adecuado para hacerlo.

 

Mexico DF 2013

DSC01569 2013-06-09 15.26.27Volver a ver el Zócalo, recordar las iglesias que hay por todas partes, sentir el calor seco y el sabor de las tortillas de maíz, los mangos, aguacates…todo es un gran disfrute. Quizás porque las veces anteriores que estuve aquí, deslumbrada y sorprendida por la arquitectura, la inmensidad de las autopistas, los colores y sabores, no lo había apreciado completamente, es que esta vez me ha conmovido el paisaje humano. En las calles hay carteles con rubias que invitan a comprar un automóvil o un champú, muchachos atléticos promoviendo desodorantes y celulares, y abajo sudan los mexicanos verdaderos, oscuros, diferentes, alegres, milenarios.
Los que lustran zapatos, venden comida en las calles, barren la basura, son siempre los originarios del lugar. Claro está que son la enorme mayoría, pero jamás ves a un blanco en una ocupación de servicios. Las perfumerías venden productos para aclarar la piel. Ser indígena parece vergonzoso, pero las bellezas del país son las que provienen de sus antepasados; templos, pirámides, leyendas, sabores. De todas formas la mezcla con los españoles también dejó algunas bellezas, casas que aún se conservan e iglesias barrocas, más latinoamericanas que ibéricas.
Mi contacto más directo ha sido con los taxistas. El que me trajo del aeropuerto se lamentaba del tiempo que pierde en el tránsito. Su camioneta enorme y moderna, con un tablero propio de una nave espacial, se descompuso un par de veces justo en medio de la avenida. Los automóviles zumbaban a nuestro costado, y el hombre se escabulló sabiamente en los dos segundos en que el tráfico lo permitió, para abrir la tapa y manipular cables en el motor. Su magia funcionó intermitentemente, pero llegamos felizmente a destino con media hora de retraso.
Entre una parada y otra hablaba por teléfono con alguien de su familia: “que me dio la lata la camioneta” decía compungido, con ese dulce acento del país. El siguiente me llevó, aun atontada por el largo viaje, hasta el centro. Llevaba el diario doblado en cuatro apoyado en sus rodillas, y en cada semáforo o atolladero leía algunas líneas. El tercero, al volante de un destartalado vehículo, era muy joven y comía snacks sin parar. A todo volumen, cumbias con aire rioplatense nos aturdían con su ritmo que parecía encantar al conductor. A pesar del desagrado, advertí que las letras decían cosas con algún sentido: un hombre que pedía a otro no ser llamado “negro”, una chica que se lamentaba de lo rápido que pasaba la noche y del lunes que volvía con su dura carga de trabajo. Digamos, un nivel bastante superior al de las letras de nuestra música tropical.
Este chico conducía locamente, cambiando sin cesar de senda, atravesándose por delante de camiones, motos, haciendo maniobras que la sensatez no aconsejaría, mientras devoraba maníes y coca cola. Yo venía atrás con el niño, asustada sobre todo por él, soportando el calor que me hacía sudar…y finalmente, una vez más, llegamos.
Otro me cobró el doble de la tarifa porque era domingo y porque lo tomé en un barrio rico. Otro miraba una telenovela en el GPS, como hacen también en Rio de Janeiro.
Vivezas que da la calle: horas y horas cercados por ómnibus, motos y autos, que, como en todo el mundo, llevan grandes automóviles que conducen a una sola persona, mientras en las paradas se amontonan los miles que usan el transporte público. Ana, la niñera, me dijo que en el metro hay vagones exclusivos para mujeres, de modo de evitar que en el apretujamiento alguno meta mano sin autorización. Pero que están siempre llenos y no hay más remedio que subirse en los otros….
Las mujeres sufren más que los hombres en este país, dice Anahí, mi amiga periodista, que está escribiendo un artículo sobre el tema. Son las maltratadas por los maltratados, al punto que, según ella, las expresiones que contienen la palabra “MADRE” se emplean para designar cosas malas :“chinga tu madre” “un barullo de la madre” y en cambio “PADRE” significa algo bueno, como “este libro está padrísimo”.
Los museos son tan hermosos que es un placer recorrerlos, aún sin mirar los cuadros y esculturas que hay adentro. Pero éstos también atraen por su variedad y colorido, hay una creación plástica enorme que fascina, hay pintores y pintoras desconocidos para nosotros que han hecho cosas increíblemente lindas y con una identidad incuestionable.
Todo es intenso y agota; una semana me dejó exhausta.

Un viaje diferente

El 409 llega a la parada 3564 de Agraciada y Entre Ríos proveniente de no se sabe dónde, con pocas personas a bordo. Sigue hasta Garzón sin muchos pasajeros, toma por Islas Canarias y después entra en una serie de calles con nombres desconocidos, donde todo se vuelve más interesante. El paisaje deja de ser principalmente urbano para incluir grandes espacios deshabitados, casi todos cubiertos de altos pastos que en esta época ya están verdes, algunos árboles y muchos arbustos que forman pequeños montes al costado del camino. Acá y allá aparecen complejos de viviendas populares, en general cooperativas que ostentan en su entrada carteles con acrónimos incomprensibles y según sea su año de origen, modificaciones en fachadas y jardines que indican las necesidades o deseos de sus dueños.
Algunas son muy bonitas y cuidadas, casi siempre las que se basan en casitas individuales de una o dos plantas. Pareciera que la forma de edificio colectivo, al contrario de lo esperable, promueve un mayor descuido, como si la propiedad estrictamente privada impulsara mejor a mantener limpios, en buen estado y bellos los lugares donde se habita.
Por muchas partes hay basura, acumulada y muchas veces quemada, que como buen producto de la era del plástico y el papel, vuela con el viento fresco de la primavera y alcanza lugares que podrían estar limpios. El 409 hace un recorrido serpenteante de idas y vueltas que une todos estos complejos de vivienda y pasa también por la planta de Ancap y la cárcel de menores de La Tablada.
De alguna forma ambos lugares, tan cercanos, lucen antagónicos.
La planta es enorme, limpia, como recién pintada; se destacan en su predio grandes tanques que contienen no se sabe qué, gas tal vez, o nafta. Estos tanques están unidos entre sí por una intrincada red de tubos, caños y cables, interrumpidos acá y allá por llaves de color y tamaño diverso. La estructura resulta incomprensible para el espectador común, pero trasmite una sensación de progreso, organización, capacidad del ser humano para modificar la naturaleza en función de intereses que afectan a muchos. Desde el bus no se ven funcionarios en el interior del campo cercado que contiene la planta, tal vez estén en los edificios o en los propios tanques. Quizás no haya muchos empleados allí, o tal vez la planta los fagocite, como un monstruo cuyo alimento son las ocho horas de existencia diarias al cabo de las cuales los devuelve al mundo, un poco más débiles. O tal vez ellos entren en una dimensión desconocida para los de afuera, y por eso no son visibles durante las horas que permanecen allí.
Tampoco se ve a nadie en la cárcel (le llaman de otra forma, pero viéndola no hay otra palabra para definirla).
Al pasar junto a ella parece que se está dentro de una película en blanco y negro. Los tonos de gris del cemento se imponen al paisaje y le dan un contenido lúgubre, que atemoriza a quienes no sabemos qué es ese lugar ….Los bloques macizos, las garitas de la guardia, el perímetro desprolijamente marcado por vallas metálicas electrizadas, arma el escenario donde se vislumbran tanques rotos, muebles destartalados, cables dejados a merced del óxido, como si aquello fuese una gran fábrica abandonada.
Junto a la pulcritud de la planta de ANCAP, esta construcción contrasta visual y simbólicamente. Allí está lo que no puede integrarse a la normalidad dominante, lo que no puede exhibirse en un mundo ordenado por criterios inflexibles.
El bus recorre las prolijas calles de lo que fuera el pueblo Lezica, hoy un barrio más de Montevideo. Se ven limpias, cuidadas, y alguien comenta que están haciendo veredas, lo que hará más fácil el tránsito de los peatones que hasta hoy se arriesgan junto a las cunetas.
Muchos árboles y jardines; un remanso ante la aridez montevideana, cuyo símbolo más cercano es hoy el corredor Garzón.
Al final del trayecto está el hospital. Un parque arbolado que fue creado para los convalecientes de otros hospitales, algo que ahora no se estila. Allí se instaló el Hospital de Ojos, donde atienden los oftalmólogos cubanos que tanta resistencia levantaron entre algunos profesionales nativos. Un hermoso edificio que no parece “hecho para pobres” aunque sin duda ésa es su misión fundamental.
Más que la arquitectura, me impresiona el público presente, que es numeroso y variado.
Para ojos acostumbrados al paisaje humano que se encuentra entre el Prado, el Buceo y la Ciudad Vieja, el panorama es absolutamente deslumbrante.
Las mujeres jóvenes tienen la cara surcada por marcas que tantas otras hemos aprendido a borrar con crema. Decepciones, sacrificios, angustia, emociones que en nosotras están cuidadosamente ocultas bajo pieles tersas, en ellas se visualizan sin disimulo, en líneas que atraviesan la frente, rodean la boca o se extienden desde los párpados. La piel tostada por el sol sin protector es también señal de trabajo al aire libre, en madrugadas frías, en mediodías ardientes.
Los cuerpos también exhiben otras señales: mala alimentación, falta de ejercicio, y una libertad de movimientos que no se ve en las calles del centro. En casi todas las mujeres reina el desparpajo en el vestir: calzas y vaqueros muy ajustados, panzas afuera, y las que tienen tetas, las muestran sin pudor. Nadie usa pollera, ni zapatos, siempre de championes, incluso las señoras de más edad. Casi todas con niños, y muchas acompañando a sus propias madres y abuelas.
Regresamos por el mismo camino, y los que suben conmigo en el Hospital se bajan aquí y allá, dando lugar a los que, como yo, siguen hacia el centro.