Mexico DF 2013

DSC01569 2013-06-09 15.26.27Volver a ver el Zócalo, recordar las iglesias que hay por todas partes, sentir el calor seco y el sabor de las tortillas de maíz, los mangos, aguacates…todo es un gran disfrute. Quizás porque las veces anteriores que estuve aquí, deslumbrada y sorprendida por la arquitectura, la inmensidad de las autopistas, los colores y sabores, no lo había apreciado completamente, es que esta vez me ha conmovido el paisaje humano. En las calles hay carteles con rubias que invitan a comprar un automóvil o un champú, muchachos atléticos promoviendo desodorantes y celulares, y abajo sudan los mexicanos verdaderos, oscuros, diferentes, alegres, milenarios.
Los que lustran zapatos, venden comida en las calles, barren la basura, son siempre los originarios del lugar. Claro está que son la enorme mayoría, pero jamás ves a un blanco en una ocupación de servicios. Las perfumerías venden productos para aclarar la piel. Ser indígena parece vergonzoso, pero las bellezas del país son las que provienen de sus antepasados; templos, pirámides, leyendas, sabores. De todas formas la mezcla con los españoles también dejó algunas bellezas, casas que aún se conservan e iglesias barrocas, más latinoamericanas que ibéricas.
Mi contacto más directo ha sido con los taxistas. El que me trajo del aeropuerto se lamentaba del tiempo que pierde en el tránsito. Su camioneta enorme y moderna, con un tablero propio de una nave espacial, se descompuso un par de veces justo en medio de la avenida. Los automóviles zumbaban a nuestro costado, y el hombre se escabulló sabiamente en los dos segundos en que el tráfico lo permitió, para abrir la tapa y manipular cables en el motor. Su magia funcionó intermitentemente, pero llegamos a destino con media hora de retraso.
Entre una parada y otra hablaba por teléfono con alguien de su familia: “que me dio la lata la camioneta” decía compungido, con ese dulce acento del país. El siguiente me llevó, aun atontada por el largo viaje, hasta el centro. Llevaba el diario doblado en cuatro apoyado en sus rodillas, y en cada semáforo o atolladero leía algunas líneas. El tercero, al volante de un destartalado vehículo, era muy joven y comía snacks sin parar. A todo volumen, cumbias con aire rioplatense nos aturdían con su ritmo que parecía encantar al conductor. Advertí que las letras decían cosas con algún sentido: un hombre que pedía a otro no ser llamado “negro”, una chica que se lamentaba de lo rápido que pasaba la noche y del lunes que volvía con su dura carga de trabajo.  Este chico conducía locamente, cambiando sin cesar de senda, atravesándose por delante de camiones, motos, haciendo maniobras que la sensatez no aconsejaría, mientras devoraba maníes y coca cola. Yo venía atrás con el niño, asustada sobre todo por él, soportando el calor que me hacía sudar…pensando en la responsabilidad de llevarlo ante su madre…y, una vez más, llegamos.
Otro taxista me cobró el doble de la tarifa porque era domingo y porque lo tomé en un barrio rico. Otro miraba una telenovela en el GPS, como hacen también en Rio de Janeiro.
Vivezas que da la calle: horas y horas cercados por ómnibus, motos y autos, que, como en todo el mundo, llevan grandes automóviles que conducen a una sola persona, mientras en las paradas se amontonan los miles que usan el transporte público. Ana, la niñera, me dijo que en el metro hay vagones exclusivos para mujeres, de modo de evitar que en el apretujamiento alguno meta mano sin autorización. Pero esos están siempre llenos y no hay más remedio que subirse en los otros y soportar el toqueteo indeseado.
Las mujeres sufren más que los hombres en este país, dice Anahí, mi amiga periodista, que está escribiendo un artículo sobre el tema. Son las maltratadas por los maltratados, al punto que, según ella, las expresiones que contienen la palabra “MADRE” se emplean para designar cosas malas :“chinga tu madre” “un barullo de la madre” y en cambio “PADRE” significa algo bueno, como “este libro está padrísimo”.
Los museos son tan hermosos que es un placer recorrerlos, aún sin mirar los cuadros y esculturas que hay adentro. Pero éstos también atraen por su variedad y colorido, hay una creación plástica enorme que fascina, hay pintores y pintoras desconocidos para nosotros que han hecho cosas increíblemente lindas y con una identidad incuestionable.
Todo es intenso y agota; una semana me dejó exhausta.

Un viaje diferente

El 409 llega a la parada 3564 de Agraciada y Entre Ríos proveniente de no se sabe dónde, con pocas personas a bordo. Sigue hasta Garzón con pocos pasajeros, toma por Islas Canarias y después entra en una serie de calles con nombres desconocidos, donde todo se vuelve más interesante. El paisaje deja de ser principalmente urbano para incluir grandes espacios deshabitados,  cubiertos de altos pastos que en esta época ya están verdes, algunos árboles y muchos arbustos que forman pequeños montes al costado del camino. Acá y allá aparecen complejos de viviendas populares, en general cooperativas que ostentan en su entrada carteles con acrónimos incomprensibles, su año de origen, y modificaciones en fachadas y jardines que indican las necesidades o deseos de sus dueños.
Algunas son muy bonitas y cuidadas, en general, las que se basan en casitas individuales de una o dos plantas. Parece ser que la forma de edificio colectivo, al contrario de lo esperable, promueve un mayor descuido, como si la propiedad estrictamente privada impulsara mejor a mantener limpios, en buen estado y bellos los lugares donde se habita.
Por muchas partes hay basura, acumulada y muchas veces quemada, que como buen producto de la era del plástico y el papel, vuela con el viento fresco de la primavera y alcanza lugares que podrían estar limpios. El 409 hace un recorrido serpenteante de idas y vueltas que une todos estos complejos de vivienda y pasa ta por la planta de Ancap y la cárcel de menores de La Tablada.
De alguna forma ambos lugares, tan cercanos, lucen antagónicos.
La planta es enorme, limpia, como recién pintada; se destacan en su predio grandes tanques que contienen no se sabe qué, gas tal vez, o nafta. Estos tanques están unidos entre sí por una intrincada red de tubos, caños y cables, interrumpidos acá y allá por llaves de color y tamaño diverso. La estructura resulta incomprensible para el espectador común, pero trasmite una sensación de progreso, organización, capacidad del ser humano para modificar la naturaleza en función de intereses que afectan a muchos. Desde el bus no se ven funcionarios en el interior del campo cercado que contiene la planta, tal vez estén en los edificios o en los propios tanques. Quizás no haya muchos empleados allí, o tal vez la planta los fagocite, como un monstruo cuyo alimento son las ocho horas de existencia diarias al cabo de las cuales los devuelve al mundo, un poco más débiles. Tal vez ellos entren en una dimensión desconocida para los de afuera, y por eso no son visibles durante las horas que permanecen allí.
Tampoco se ve a nadie en la cárcel (le llaman de otra forma, pero viéndola no hay otra palabra para definirla).
Al pasar junto a ella parece que se está dentro de una película en blanco y negro. Los tonos de gris del cemento se imponen al paisaje y le dan un contenido lúgubre, que atemoriza a quienes no sabemos qué es ese lugar Los bloques macizos, las garitas de la guardia, el perímetro desprolijamente marcado por vallas metálicas electrizadas, arma el escenario donde se vislumbran tanques rotos, muebles destartalados, cables dejados a merced del óxido, como si aquello fuese una gran fábrica abandonada.
Junto a la pulcritud de la planta de ANCAP, esta construcción contrasta visual y simbólicamente. Allí está lo que no puede integrarse a la normalidad dominante, lo que no puede exhibirse en un mundo ordenado por criterios inflexibles.
El bus recorre las prolijas calles de lo que fuera el pueblo Lezica, hoy un barrio más de Montevideo. Se ven limpias, cuidadas, y alguien comenta que están haciendo veredas, lo que hará más fácil el tránsito de los peatones que hasta hoy se arriesgan junto a las cunetas. Muchos árboles y jardines; un remanso ante la aridez montevideana, cuyo símbolo más cercano es hoy el corredor Garzón.
Al final del trayecto está el hospital. Un parque arbolado que fue creado para los convalecientes de otros hospitales, algo que ahora no se estila. Allí se instaló el Hospital de Ojos, donde atienden los oftalmólogos cubanos que tanta resistencia levantaron entre algunos profesionales nativos. Un hermoso edificio que no parece “hecho para pobres” aunque sin duda ésa es su misión fundamental. Más que la arquitectura, me impresiona el público presente, que es numeroso y variado.
Para ojos acostumbrados al paisaje humano que se encuentra entre el Prado, el Buceo y la Ciudad Vieja, el panorama es absolutamente deslumbrante. Las mujeres jóvenes tienen la cara surcada por marcas que tantas otras hemos aprendido a borrar con crema. Decepciones, sacrificios, angustia, emociones que en nosotras están cuidadosamente ocultas bajo pieles tersas, en ellas se visualizan sin disimulo, en líneas que atraviesan la frente, rodean la boca o se extienden desde los párpados. La piel tostada por el sol sin protector es también señal de trabajo al aire libre, en madrugadas frías, en mediodías ardientes.
Los cuerpos también exhiben otras señales: mala alimentación, falta de ejercicio, y una libertad de movimientos que no se ve en las calles del centro. En casi todas las mujeres reina el desparpajo en el vestir: calzas y vaqueros muy ajustados, panzas afuera, y las que tienen tetas las muestran sin pudor. Nadie usa pollera, ni zapatos, siempre championes, incluso las señoras de más edad. Casi todas con niños, y muchas acompañando a sus propias madres y abuelas.
Regresamos por el mismo camino, y los que suben conmigo en el Hospital se bajan aquí y allá, dando lugar a los que, como yo, siguen hacia el centro.